Todos los caminos llevan a… ninguna parte

En 1973 se estrenaba en París la película “La Montaña Sagrada” de Alejandro Jodorowsky, escritor y cineasta chileno de origen judío. Se trataba de ratificar la idea esotérica de que todos los caminos llevan a Dios. Una idea que venía trasportándose en los poemas de Rumi, en la literatura de Blavatsky y Gurdieff, en la filosofía de Guenon y Julius Evola. A veces se la ha denominado “la religión perenne”, y también se ha utilizado como un comodín ideológico la expresión “cada uno tiene su Dios”.

Este concepto, que empezaba a tomar formas diferentes y a adaptarse a todas las propuestas “espirituales”, interesó al deep state, pero no en el formato satánico de Jodorowsky. Su película no tuvo éxito, aunque ofrecía el ejemplo de la montaña, cuyas laderas, todas ellas, siempre llevan a la cima, donde se supone que está la verdad absoluta, Dios, el Conocimiento.

La idea servía, pero había que eliminar el esoterismo oriental y centrarse en las tres corrientes religiosas –judaísmo, cristianismo e Islam– eufemísticamente llamadas monoteístas. En el AT el concepto de Dios, salvo en algunos versículos del Génesis en los que es calificado de Creador, carece de verdadera transcendencia, ni siquiera se menciona la vida post-mortem ni el Más Allá. En el cristianismo hay tres, aunque ahora intenten presentar a la Trinidad como si fuera una metáfora. La sola corriente verdaderamente monoteísta es el Islam, que es, a su vez, la más desacreditada, precisamente, por ser la única que puede presentar las auténticas credenciales del Tawhid (La Unicidad absoluta de Allah). Advertidos de este fraude teológico, decidieron cambiar el término “monoteístas” por el de “religiones abrahámicas”, lo que no hizo, sino poner en evidencia que, en el AT, Abraham, a veces Abraha, no hace referencia a un profeta, sino a un patriarca, a un líder político o religioso. Esta misma confusión es la que encontramos en el NT, a veces se habla de él como profeta y a veces como patriarca, como padre de pueblos. De nuevo es Islam el que ratifica a Ibrahim como profeta y padre de profetas, el que vocaliza correctamente su nombre (las consonantes son las mismas brhm, pero las vocales están cambiadas, se han substituido las iai por aaa) y nos da detalles importantes de su vida, de su misión y de su geografía.

No obstante, y dada la ignorancia general de unos y otros, el proyecto siguió adelante. En los años 90, Fethullah Gülen, afincado en los Estados Unidos, Pennsylvania, desde 1999 y coautor del fallido golpe de estado contra Erdogan, comienza a organizar encuentros con figuras relevantes de diferentes confesiones religiosas –incluido el papa Juan Pablo II, el patriarca ecuménico Bartolomé I de Constantinopla y el rabino principal sefardí israelí, Eliyahu Bakshi-Doron. Entre sus mayores partidarios y colaboradores durante años podemos citar al turcólogo ortodoxo griego y profesor de la Universidad de Ottawa, Dimitri Kitsikis.

De esta forma nacían…los “Diálogos Interreligiosos”

De esta forma nacían, como una actividad institucional y aprobada tácitamente por todos los gobiernos de Occidente, los “Diálogos Interreligiosos”. Sus dos objetivos finales forman parte fundamental de la agenda del deep state –aprobación religiosa de la política global estadounidense, y producción de una plantilla que demarque la religiosidad aceptable.

En el primer caso, se trataba de establecer una clara aprobación por parte de las castas sacerdotales de la democracia como único posible sistema de gobierno, y de los derechos humanos como el canon por encima de cualquier legislación religiosa (todas habrían quedado obsoletas, inservibles, para el siglo XXI).

Fethullah Gülen no podía hacerse con el poder en Turquía directamente, pero sí indirectamente, colocando a sus hombres en el gobierno de Erdogan. El ambicioso y egotista ex alcalde de Estambul carecía, por su parte, de expertos que pudieran lidiar con el tema europeo, la política y la economía internacionales. La simbiosis no ha funcionado como era de esperar –dos grandes árboles no pueden crecer juntos. Una lucha de egos, pero también, una clara muestra de que Erdogan es demasiado regionalista con delirios de grandeza otomana, algo que ni Estados Unidos ni Europa están dispuestos a tolerar. Por el contrario, F. Gülen entendía perfectamente el nuevo orden mundial –un sistema de gobierno laico universal basado en una religión unificada sin Dios.

Todas las corrientes espirituales, todos los individuos u organizaciones religiosas que no encajasen en estos diálogos serían tachados, a partir de ahora, de terroristas…

En el segundo caso, la plantilla demarcadora no podía ser otra que la de los diálogos interreligiosos. Todas las corrientes espirituales, todos los individuos u organizaciones religiosas que no encajasen en estos diálogos serían tachados, a partir de ahora, de terroristas, radicales, fundamentalistas, atrasados, mojigatos o, simplemente, perversos y psicópatas. La propuesta Gülen había triunfado y Erdogan no terminaba de entender el juego diabólico en el que participaba la flor y nata de los “sabios” musulmanes. Se preparó el golpe contra Erdogan, pero Rusia le alertó y logró salvar la vida y contrarrestar a las fuerzas golpistas. No obstante, el mensaje estaba claro. A pesar de las presiones constantes sobre la administración Trump, Estados Unidos no ha extraditado al sufí golpista, y Erdogan sigue atado a la OTAN, a Europa y a Israel. En ese huracán político-militar tuvo la gran oportunidad de cambiar su estrategia global 180 grados hacia el Este –salirse de la OTAN, entrar en el grupo de Shanghai y en BRICS y volver a reorganizar una coalición islámica. Hacerlo en solitario, mandar tropas a Libia y a Yemen, no va a resolver nada. Muy al contrario, esos movimientos desesperados podrían ser la prueba irrefutable para Occidente de que Erdogan necesita un segundo y definitivo golpe de estado, con los hombres de F.Gülen a la cabeza.

Falta, ahora, que la iglesia ortodoxa se acomode también a la plantilla y propague en sus territorios la consigna ecuménica de que todos los caminos llevan a Dios. Lo estamos viendo en numerosas películas en las que la jerarquía ortodoxa aparece como parte de la trama. El mensaje es claro para todos –el “Este” debe salir de su claustrofóbica reclusión comunista y unirse al proyecto global –una sociedad laica gobernada por la democracia y sustentada sobre una religión multicefálica sin Dios.

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Todo este montaje, sin embargo, nos lleva al desorden psicológico. Solamente hay dos caminos –el profético y el chamánico en todas sus formas. El primero lleva a la cima de la montaña y el segundo al abismo satánico. Mas todavía hay otra consideración a tener en cuenta. El judaísmo y el cristianismo de hoy son corrientes chamánicas como el budismo, el taoísmo y todas las formas en las que se ha ido encarnando el esoterismo. Todos sus libros están alterados, mutilados… y no tienen guía. El último eslabón del sistema profético es el Islam manifestado en el Qur-an, y sólo a través del Qur-an podemos recorrer, sin perdernos, la cadena profética, la que nos dice que sólo hay un camino que lleve a la cima y que “todos los demás caminos llevan a… ninguna parte.”

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