Yo soy vuestro Dios, adoradme

Carl Sagan, como Michio Kaku, como Bill Bryson… como Einstein y muchos otros, era un divulgador de lo que la agenda política de Occidente consideraba “ciencia” y representaba su cosmogonía materialista siempre en clara confrontación con cualquier imagen creacionista que se intentara proyectar.

Eran las décadas doradas de los 70 y de los 80 cuando Sagan, con un aterrizaje lunar a las espaldas, hablaba en nombre de la ciencia, del progreso, del fabuloso futuro que le esperaba a la humanidad. Se sentía Dios, entre otras cosas, porque no había quedado ningún otro que pudiera arrebatarle tal honor. Fuera del hombre, del divulgador científico, el que desciende al nivel humano demasiado humano para explicarle a esa diminuta entidad que es un mero producto de la casualidad, manufacturado a partir de polvo de estrellas, todas las demás opciones habían quedado desprestigiadas.

Occidente había logrado crear un Ámbito Objetivo de Conocimiento, AOC, basado en el método científico, que delimitaba lo correcto, lo verdadero o, simplemente, lo aceptable por la ciencia. Todo lo demás, todo lo que no estuviera incluido en ese AOC, pasaría a engrosar las filas de la superstición, la magia y la ignorancia.

El asunto les ha funcionado durante los últimos 100 años, pero la puerta de la sala en la que se decidió lanzar la consigna de la muerte de Dios, quedó entreabierta y se han infiltrado por ella millones de elementos que están a punto de dar al traste con la AOC y sus hipótesis, sus continuas rectificaciones y sus montajes tipo –efectos especiales.

Ahora que la AOC en su versión NASA se ha quedado muda y el único mensaje que transmite a través de artículos y videos es el de que los viajes espaciales no son rentables y además se ha observado cuán peligrosos podrían resultar para el hombre, se trata de volver al pasado, a los grandes divulgadores, a los efectos especiales semánticos.

Paul Ratner acaba de escribir un artículo reavivando una de las frases más famosas de Carl Sagan, concretamente: “Extraordinarias afirmaciones exigen extraordinarias evidencias.” Como una fórmula que nos puede ayudar a desenmascarar las falsas informaciones y noticias que sin cesar llegan a la red.

Si bien Sagan hizo popular esta máxima en sus programas de “Cosmos” en la década de los 80, no fue él quien primero la acuñó, como suele ser normal en estos casos. Los historiadores han detectado un pensamiento similar expresado en 1899 por el psicólogo suizo Théodore Flournoy, quien afirmó que “el peso de la evidencia de una afirmación extraordinaria debe ser proporcional a su extrañeza”. Flournoy, a su vez, basó su idea en un comentario de 1814 del científico y filósofo francés Pierre-Simon Laplace: “deberíamos examinar (fenómenos aparentemente inexplicables) con una atención aún más escrupulosa ya que son más difícil de ser aceptados”. Por su parte, también los escolásticos añadieron su granito de arena al montón especulativo al afirmar que: “Lo que mucho demuestra no demuestra nada.” Es decir, que una parte de la evidencia debe ser intuitiva.

No obstante, y a pesar de que las diatribas filosóficas siempre tienen su interés, nos preguntamos a qué viene el sacar a colación la máxima de Sagan en un momento histórico que incluye varios paseos lunares, el origen de la vida explicado por la evolución, proyectos “muy avanzados” de establecer asentamientos humanos en Marte y en otros planetas e, incluso, la construcción de hoteles interestelares. Parece que la máxima de Sagan exige prudencia y cautela. Hay que reorganizar el mapa científico y claramente diferenciar la realidad de las quimeras, monstruos mitológicos que jamás han existido.

¿Qué hacen, si no, los extraterrestres ocupando un espacio en la terminología científica? El que haya o no vida extraterrestre no es una cuestión de probabilidades, sino de la comprensión que tengamos de la existencia. Quienes afirman que existe o que puede existir vida en otros planetas del universo, no han entendido la razón de la existencia ni de cómo se han organizado sus elementos. La clave la encontramos, fundamentalmente, en dos aleyas coránicas:

(20) ¿Acaso no veis que Allah os ha subordinado todo cuanto hay en los Cielos y en la Tierra y os ha colmado de bendiciones manifiestas y ocultas?
Qur-an 31 – Luqman

 

(13) Os ha subordinado todo cuanto hay en los Cielos y en la Tierra. En eso hay signos para la gente que reflexiona.
Qur-an 45 – al Yaziyah

 

Es decir, todo en el universo está subordinado para nuestro beneficio. Nosotros, los habitantes de esta Tierra, somos la causa de que haya universo, de que haya creación. Sin nosotros, todos los elementos existenciales carecerían de sentido. ¿Para qué la Luna iría cambiando de casas y marcando los meses? ¿Qué razón tendría que el Sol marcases las estaciones y los años? ¿Para qué se habrían configurado las estrellas de forma que pudiéramos guiarnos en la noche? Sin el hombre, nada tiene sentido. Toda la creación ha sido un continuo prepararse para nuestra venida. Incluso los astrofísicos más ateos no tienen otro remedio que reconocer este hecho incuestionable:

Cuanto más examino el universo y estudio los detalles de su arquitectura, más pruebas hallo de que el universo debe haber sabido de algún modo que veníamos.

Así lo expresó el astrofísico norteamericano Freeman Dyson, y esta misma idea es la base, en realidad, del Anthropic Principle –sólo el hombre está capacitado para observar el universo, para estudiarlo, para entenderlo a nivel funcional.

Por lo tanto, hablar de vida extraterrestre es no entender este hecho, esta realidad que experimentamos cada día; cada vez que cogemos una fruta de un árbol; cada vez que surcamos los mares y les arrancamos su preciada carga; cada vez que segamos… cada vez que miramos al cielo.

Ahora, la máxima de Sagan parece decirle a la gente: “¿Acaso tenéis evidencia clara de eso que afirmáis de forma tan negligente? ¿Estáis seguros de que hay vida en otros lugares? ¿No será que vuestra interpretación de la existencia es errónea?” Sí, es una interpretación absurda de la existencia inyectada en la sociedad por los divulgadores científicos como Sagan. ¿A dónde nos lleva su interpretación? Al absurdo de un universo sin sentido, fruto de la casualidad, sin objetivos. Un universo perfectamente ordenado y afinado sin ninguna función especial que lo justifique.

Con esta máxima, la ciencia intenta ahora desmarcarse de las opiniones populares cuando han sido ellos, los científicos, los arqueólogos, los astrofísicos… los que han inoculado esta idea subrepticiamente para tratar de explicar ciertos fenómenos que les resultaban “extraordinarios”.

También la máxima de Sagan pide cautela cuando se trata de hablar de la evolución como una realidad irreductible y no como una teoría todavía no demostrada. La AOC amenaza con un ostracismo académico absoluto para los que osen poner en duda la evolución. No hay ninguna razón “objetiva” para seguir manteniendo el absurdo evolutivo. Se trata, simplemente, de llenar los huecos que “la muerte de Dios” ha dejado en el creacionismo. No hay huecos, no hay muerte de Dios, no hay evolución ni extraterrestre ni está formado el universo de cuatrillones de galaxias. La cosmogonía materialista se derrumba; cada día se tiene que echar mano de la máxima de Sagan o de cualquier otra que les permita echar marcha a tras a sus fantasías “científicas”.

(53) Les mostraremos Nuestros signos en el horizonte y en ellos mismos hasta que vean con claridad que es la verdad.
Qur-an 41 – Fussilat

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