Las anomalías victorianas también en la Navidad

Molly Hanson escribe un artículo para Big Think en el que comenta ciertos aspectos inquietantes que rodeaban las fiestas navideñas durante la época victoriana en Inglaterra:

Reunirse alrededor de un fuego para compartir historias de fantasmas era una tradición navideña muy querida a fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

Los victorianos también solían enviar extrañas tarjetas de Navidad con diseños morbosamente humorísticos que representaban ranas asesinas e insectos antropomórficos.

Históricamente, el 25 de diciembre tiene un estrecho vínculo con los festivales del solsticio precristianos que veían la llegada del invierno como un momento en el que la luz muere y el velo entre el mundo de los vivos y el de los muertos es más fino.

La Navidad se convertía, por arte de magia negra, en una celebración chamánica en la que reavivar los elementos más tenebrosos de la psiquis humana.

Esta antigua tradición se ofrece como contexto para algunas de las extrañas tarjetas navideñas victorianas. Entre los diseños oscuros y extravagantes se incluían imágenes macabras como una rana asesina apuñalando y saqueando a su compañero anfibio; San Nicolás asomando por las ventanas y metiendo a los niños en su saco de regalos, insectos gigantes y petirrojos muertos. Muy lejos de las festivas y endulzadas tarjetas navideñas de hoy.

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Podemos preguntarnos ahora, ¿de dónde ha surgido toda esta imaginería, entre macabra y grotesca, y se ha asociado a una festividad religiosa que celebra el nacimiento de Dios, del Hijo de Dios, lo que representa la piedra angular del credo cristiano? ¿De dónde provienen, exactamente, estos elementos sobrenaturales?

Históricamente, el 25 de diciembre ha tenido un vínculo más cercano con los festivales precristianos, que honraban el solsticio de invierno, que con el cristianismo. El muérdago, las bayas de acebo, las coronas y los troncos de yule, por ejemplo, son todos símbolos paganos. (Los líderes puritanos incluso intentaron abolir la Navidad en un momento dado porque no había una base bíblica para celebrar ese día). Son, en realidad, ocasiones para celebrar, simbólicamente, la “muerte” de la luz y la noche más larga del año. Por esta razón, la fecha se consideraba la más embrujada, ya que el velo entre los reinos de los vivos y de los muertos era casi inexistente.

Por lo tanto, la historia de los fantasmas de Navidad, sus orígenes, tienen poco que ver con el tipo de Navidad comercial que venimos celebrando desde la época victoriana. Se trata de cosas más oscuras, más viejas y más fundamentales: invierno, muerte, renacimiento y la arrebatadora conexión entre el narrador y su audiencia.

La Navidad, en cuanto que fiesta, es un cóctel de elementos que invitan a los fantasmas, escribe Colin Fleming para The Paris Review.

Estos son los días más cortos del año, y se obtiene una extraña mezcla de hábitos paganos junto a una gran religiosidad.

Cuando Charles Dickens llegó junto con su Carol (1863), la tradición de Navidad se estaba desvaneciendo. De hecho, para la mayoría de la gente todavía era un día de trabajo. La Revolución Industrial significó, entre otros males, una drástica reducción de los días libres, y la Navidad se consideraba tan poco importante en aquel tiempo que nadie se quejó.

Por su parte, Clemency Burton-Hill escribe para The Guardian:

El declive de las vacaciones fue cortesía de Oliver Cromwell. Cromwell, el Señor y Protector de Inglaterra en el siglo XVII y puritano, se había encomendado la misión de limpiar la nación de sus excesos más decadentes. En la parte superior de la lista estaba la Navidad y todos sus adornos festivos. Antes de esto, la Navidad se celebró de la misma manera que una Navidad moderna: mucha comida y bebida, decoraciones y cantos (Cromwell prohibió los villancicos).

El resurgimiento de la Navidad tampoco estuvo ligado a un fenómeno religioso, sino al comercio, a los negocios, a la posibilidad de hacer de esta celebración una oportunidad para gastar en regalos y generar un buen empujón a varias industrias.

Hasta aquí, sin embargo, todo es anecdótico –fiestas paganas que se entremezclan con celebraciones religiosas. Mas de todo este embrollo podemos sacar dos apuntes de una gran transcendencia para nuestras vidas.

El primero, el chamanismo siempre convive con el relato profético. Caminan tan juntos que en numerosas ocasiones resulta difícil distinguirlos, a menos que se tenga una clara imagen de la profecía. Los elementos chamánicos se deslizan en la configuración religiosa de las celebraciones hasta poseerla y hacernos creer que son parte de ella –la letra de muchos villancicos es irrespetuosa con el significado de la Navidad e incluso, en algunos casos, blasfema. Sin embargo, los villancicos pasan por ser cantos espirituales.

El segundo, más irrespetuoso que contar historias de fantasmas en Navidad, es celebrar una fiesta así, una fiesta que conmemora el nacimiento de Dios en formato Dios-hijo. Esta aberración ontológica, este escándalo a la razón, es la causa de que la Navidad no cese de pasar por fases altamente controvertidas y siempre con el proyecto secular y chamánico de convertirla en una festividad pagana en la que se honre a los muertos, al invierno, al fin de año… y sea, al mismo tiempo, una excusa para revolcarnos en los placeres elementales del hombre –la comida, la bebida y el sexo.

En cuanto a los que desean que la Navidad sea algo más que una tradición, que una mera ocasión para comer y beber en familia o entre amigos, tendrán que enfrentarse con una falta absoluta de referencias bíblicas a tal acontecimiento, y a una revisión bien argumentada que nos permita dilucidar claramente qué es lo que estamos celebrando, qué nacimiento, quién es el que ha nacido, cuál es su naturaleza.

No podemos arrastrar una incongruencia indefinidamente, pues se nos pudrirá y, en su descomposición, nos infectará e intoxicará, impidiéndonos ver la realidad.

La prensa, la red… nos presentan el asunto de forma cultural, con un cierto toque folclórico para que nadie se asuste. Pero lo cierto es que no nos vendría mal asustarnos un poco y pasar a la reflexión y, tras esta, adquirir una concepción existencial más coherente.

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