¿Por qué nos da miedo el Islam?

De alguna forma, todos intuimos que si abrazamos Islam se habrá acabado el juego –el juego de los buscadores de la verdad; el pasatiempo de los coleccionistas de ideologías; la emoción de una gimnasia nueva; el sabor que deja en la boca la demagogia del poder.

Nos resulta devastadoramente perceptible que Islam no puede ser un elemento decorativo más en nuestra vida; algo que se pueda suspender en un momento dado, o activar. Se trata, por el contrario, del motor y sostenedor de nuestra existencia; la estructura sobre la que va a ir montada nuestra cotidianidad, el sentido de la vida y su transcendencia.

Cuando resuena este nombre en nuestro cerebro y vibra en nuestro corazón, nos llega la certeza de que una nueva epistemología, un nuevo método, una nueva base interpretativa de la realidad se va a instalar en nuestro intelecto y en nuestra intuición. Nuestros deseos van a dejar de saltar de rama en rama, y la trompa del elefante se va a quedar inmóvil, pues ahora nuestra vida se va a regir por la objetividad divina, la que ha transportado el relato profético desde el momento en que empezó la historia del hombre.

Islam nos da miedo porque es estudio, ya desde la niñez, memorización, análisis, investigación, esfuerzo… lo que más detesta la nafs humana, la cual se inclina, más bien, por la diversión, los pasatiempos, la frivolidad, la imitación.

Islam nos obliga a detenernos y a observar el caos que dirige nuestra vida…

Islam nos obliga a detenernos y a observar el caos que dirige nuestra vida, zarandeada por mil vientos que nos hacen zozobrar y nos cubren de oscuridad. ¿A dónde vas? Nos pregunta. Es entonces cuando nos damos cuenta de que no seguimos ningún camino –deambulamos, como si acabáramos de salir de la tumba. El hombre no tiene un objetivo que alcanzar, un objetivo hacia el que dirigir su vida; tan sólo contar planetas y galaxias; observar aterrado como el tiempo le devora y no le deja, sino una boca desdentada y un puñado de recuerdos confusos, nostalgias que ni siquiera está seguro de que sean suyas.

“Si pudiera volver a empezar, estudiaría ingeniería, aprendería idiomas, haría masters en diferentes países y me codearía con la elite de la sociedad.” Ya hay millones de ingenieros en el mundo y ninguno es feliz. “O sería médico.” También hay millones de médicos, profesores, escritores galardonados y escritores incomprendidos, pintores, carpinteros, conductores, Don Juanes rodeados de hermosas mujeres, delincuentes… ¿Por qué quieres repetir el mismo fracaso? Hagas lo que hagas, el circuito es siempre el mismo. Al final, te espera la muerte. Un final que no podrás evitar. Un final que despoja de sentido cualquier proyecto, cualquier ilusión, cualquier sueño… ¿Qué sentido puede tener una carrera si no es el de llegar a la meta en la mejor posición posible? La vida es una carrera. Mas no escuches a los voceros que te llaman a que participes en la que no lleva a ningún sitio, o te conduce al abismo. El Islam te llama a la verdadera carrera; la que te clasifica para el Jardín y un continuo ascenso en el conocimiento.

Siéntate un instante en la tierra e imagina, con los ojos cerrados, que viene hacia ti un viento huracanado, se acerca, te atraviesa y se lleva todas tus pertenencias. Ese viento huracanado es el Islam, el que nos libera de falsos objetivos, de falsas metas.

¿Quieres vacunarte contra la gripe o seguir una dieta para adelgazar? ¿Por eso no quieres oír hablar del Islam? ¿Te da miedo perder esos grandes acontecimientos? ¿Te da miedo que te contradigan? Te da miedo perder el sentido de elección, rendirte ante las evidencias, renunciar a la rebeldía de los adolescentes, perder tu caótica libertad.

Los hay que se echan a correr cuando oyen que se está hablando del Altísimo, del Resurgimiento, de la Otra Vida… Otros, en cambio, se quedan hasta el final y arguyen que Islam promueve el terrorismo, no respeta los derechos humanos, esclaviza a la mujer… De esa forma justifican su miedo al compromiso. Preferimos a los que se echan a correr.

Cada día se organizan nuevas carreras. Algunas ya van por la quincuagésima edición. La primera semana se sientan a meditar a la salida del Sol o al final del crepúsculo. Al cabo de un mes, hablan de la meditación. Al cabo de un año, han vuelto a fumar, a beber y a experimentar nuevas sensaciones con el swinging u otras anomalías sexuales. No son las carreras del éxito.

Islam acaba con todas esas ilusiones del eterno retorno, de la reencarnación… Nos catapulta a un juicio, a una sentencia, a un Jardín y a un fuego que nunca se extingue. Nos atemoriza con esa perspectiva de futuro. Mas no a todos. Los hay que entienden que ese juicio es necesario para que puedan desarrollarse las otras fases del viaje existencial. Islam nos advierte que podemos prepararnos para ser campeones de los pesos pesados, escritores con un Nobel en nuestro haber, cantantes ganadores de los Grammy latinos… o podemos prepararnos para ese Juicio.

De elegir esta última opción, tantas cosas se acabarían en nuestras vidas. Islam nos despoja de lo superfluo, de las pesadas cargas que ponemos sobre nuestros hombros, y hace que nos concentremos en el Juicio.

Islam nos convierte en santos cotidianos, con familias, con trabajo, con negocios y, al mismo tiempo, con el recuerdo constante de Allah el Altísimo. He aquí el gran equilibrio, el que católicos, protestantes y budistas nunca han conseguido –santidad sin sacerdocio ni papados. Nos da miedo perder pie, alejarnos de esas comunidades en las que hemos crecido.

Fiestas y fiestas, juergas, celebraciones… En eso se nos va la vida. No tendremos ni un átomo de bien que poner en el platillo de la balanza. Es el final y nadie va a volver. Sólo tenemos el tiempo de vida en este mundo para preparar una buena sentencia.

Hacemos mal en temer al Islam, es al fuego a lo que deberíamos temer.

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