La tiranía

A partir de esta noche, de mañana, del trágico 2011, los desiertos de Bilad de Sham dejarán de ser un mar calmo de arena, y su horizonte ya no podrá reflejar las siluetas apacibles de las caravanas que se dirigen, ajenas a la historia, a algún oasis donde vender sus preciadas mercancías. La alta tecnología va a despedazar cuerpos, derribar casas, destruir ciudades, arrasar campos, envenenar el aire y el agua.

Ante este cuadro apocalíptico deberíamos preguntarnos por qué occidente no cesa de engendrar tiranos… tiranos sangrientos, tiranos locos, tiranos déspotas, tiranos que aniquilan pueblos, religiones y lenguas; tiranos que actúan como si el mundo les perteneciese, como si hubieran sido ellos quienes lo hubieran creado.

Cualquier escolar europeo o norteamericano podría en cinco minutos escribir una lista con los nombres de, al menos, cincuenta de esos tiranos. Pero no basta con escribir sus nombres, con estudiar la historia, la economía, la sociología, o hacer una película, o componer una sinfonía. Es necesario ir al fondo del asunto, buscar la causa de este continuo horror.

Un primer paso sería definir los términos tirano y tiranía, que siempre van, erróneamente, asociados a sistemas políticos –democracia, dictadura, socialismo, capitalismo… Sin embargo, la tiranía funciona de manera independiente, y se encarna en cualquier sistema de gobierno para establecer su dominación. Es una secuencia repetida una y otra vez.

El hombre no puede dominar al hombre sin caer en la tiranía. Toda ley, toda legislación que sale del hombre y se impone al hombre, se convierte en tiranía. No puede haber justicia ni coherencia en las leyes del hombre puesto que él desconoce el origen de la vida y el funcionamiento de la existencia, quedando, así, atrapado en la más tiránica subjetividad.

Hace algo más de cuarenta años, el gobierno francés ejecutó en la guillotina a un hombre acusado de asesinato. Nadie salió a la calle para protestar, ya que en el código penal francés estaba aceptada la pena de muerte para determinados delitos. Francia había cumplido con su deber y había impuesto a un hombre la ley de otro hombre. En 1981, otros hombres decidieron que la pena de muerte era ilegal, quedando abolida del código penal francés. Pero ninguno de los miles de ciudadanos ejecutados en Francia bajo la ley de los hombres logró resucitar.

El hombre jamás podrá legislar e imponer esa legislación a otros hombres sin caer en la tiranía, porque lo único que hace prevalecer la ley de unos sobre otros es la fuerza. Si los padres de aquel joven ajusticiado hubieran tratado de impedir que guillotinaran a su hijo, la policía les habría encarcelado. Sin embargo, dos años más tarde, esa misma policía habría impedido por la fuerza que el verdugo ejecutase a su hijo.

Si el padre de una hija violada y después asesinada reclamase la cabeza del asesino, le dirían que la ley prohíbe la pena de muerte. Pero el corazón de ese padre sabe que le han usurpado su derecho elemental, un derecho que sólo un tirano puede usurpar, alguien que se cree por encima del bien y del mal, por encima de los sentimientos, por encima de la justicia natural.

¿Quién, pues, debe legislar? ¿A quién se debe entregar este poder y por qué? En pura lógica la respuesta debería ser: sólo el Creador del Universo, el Creador del Cielo y de la Tierra puede legislar con justicia para todos, de forma que esas leyes no vayan ni contra la naturaleza humana, ni contra la armonía social que debe prevalecer entre los individuos. Sólo entonces el hombre dejaría de sentir la ley cono una tiranía, como una imposición arbitraria de unos sobre otros, apoyados, únicamente, en la fuerza bruta.

Sólo el Creador conoce la estructura intelectual y el corazón del hombre…

Sólo el Creador conoce la estructura intelectual y el corazón del hombre, sus defectos y sus virtudes, sus tendencias y sus pasiones, sus temores y sus talentos, y sólo quien conoce todos estos factores puede legislar de forma que cada individuo reciba sus derechos y la sociedad se beneficie de la coherencia que deriva de una legislación aceptada íntimamente por todos sus miembros. Más aún, sólo el Creador tiene un plan para el hombre, un guión y los medios para llevarlo a acabo. En este sentido, los legisladores humanos no hacen, sino dar palos de ciego a diestra y siniestra, pues viven en la más absoluta oscuridad en cuanto al objetivo de la existencia y la interacción de todas las causas y efectos necesarias para poder alcanzarlo.

Lo que aquí planteamos no es una mera hipótesis de trabajo, una idea interesante u original, sino una constatación a lo largo de la historia. El hombre ha probado todo tipo de combinaciones y de proyectos legislativos, pero el resultado siempre ha sido la tiranía, la dominación arbitraria de unos sobre otros.

Siempre que una subjetividad se imponga a otros por la fuerza o el engaño, habrá tiranía.

Si analizamos en base a esta definición los diferentes sistemas políticos que gobiernan hoy en el mundo, constataremos que todos ellos participan de este concepto de tiranía. Detrás de los discursos y de las resoluciones parlamentarias, detrás de los montajes propagandísticos que hábilmente han construido los medios de comunicación y los textos escolares, la historia, lejana y cercana, muestra en carne viva las atrocidades que gobiernos militares, monárquicos, republicanos o democráticos franceses han cometido en buena parte de África, Oriente Medio, Vietnam, Corea y China. Allí estuvo Francia a la hora de maquinar la guerra de Líbano, de Argelia o la desestabilización de gobiernos africanos que dejaban de ser de su interés; allí estaba, decimos, Francia, como estuvieron los Estados Unidos en la brutal dominación de toda Sudamérica, imponiéndole sus propios dictadores, o masacrando naciones en el Lejano Oriente. ¿Quién ha dictado la legislación británica? Poco importa lo que, en determinados momentos y para salvaguardar sus intereses, digan estos u otros gobiernos. La realidad es que estas naciones son tiránicas con ellas mismas, con sus ciudadanos, imponiéndoles por la fuerza una legislación fabricada por sus propios “representantes”. Hoy vemos la burla del Brexit y cómo el Parlamento británico zarandea a sus ciudadanos.

Esta es la base de la idolatría, pues idolatría y tiranía son, en definitiva, rostros de una misma realidad. Un hombre esculpe una estatua con sus propias manos y después le dice a los otros: “He ahí a vuestro dios. ¡Adoradle!”

El hombre no debe someterse a la voluntad de otro hombre. El hombre no debe obedecer las legislaciones de otros hombres. El hombre solo debe acatar la ley de su Creador, Allah el Altísimo, inscrita en Su última revelación –el Qur-an. Una ley que le libera de la subjetividad de los otros hombres y le guía hacía una vida digna y coherente.

El hombre de hoy, irreflexivo, adormecido e intranscendente, no entiende el juego democrático, la tiranía de partidos, y le parece bien que sean los parlamentarios quienes aprueben las legislaciones de los respectivos gobiernos.

Mas todos sabemos quiénes son los parlamentarios de cualquier nación del mundo –tipos sin escrúpulos, en su mayoría relacionados con negocios sucios. Muchos de ellos acusados de estafa y robo, vinculados al mundo de la droga, la homosexualidad, la prostitución y la pedofilia… al crimen organizado. ¿No es acaso de locos dejar en sus manos el poder de legislar y de imponer al resto de la gente esa legislación?

La mayoría de los ciudadanos que viven bajo la tiranía encubierta por sistemas democráticos se han acostumbrado a la inmoralidad de sus legisladores.

Aceptan la situación como algo inevitable y piensan que la cosa es así y que es natural que todo aquel que tiene poder económico y político sea corrupto. Pero lo natural es que personas así estén en la cárcel y no legislando.

Están convencidos de que la mayoría parlamentaria es suficiente para garantizar que las leyes que vayan a constituir la legislación, seas justas. Pero la realidad es muy diferente, pues un hombre es igual a otro hombre y el desconocimiento que ambos tienen del funcionamiento de la existencia es similar y tiránicamente subjetivo.

Es el Creador Quien ha diseñado la forma exacta en la que los seres humanos deben reproducirse y asociarse, creando de esta manera grupos naturales que protegen al individuo, a la familia y a la sociedad. Un hijo es aquel que surge de la unión de un hombre y una mujer dentro de un compromiso social que denominamos matrimonio. Esta unión, ratificada por un contrato escrito donde ambos, hombre y mujer, expresan sus voluntades, tendrá como resultado el que tras fecundar un espermatozoide del hombre a un óvulo de la mujer mediante un abrazo de amor y placer se engendre un hijo, un nuevo individuo. El Creador no ha permitido ninguna otra forma de que un ser humano se convierta en hijo o hija de otro ser humano. Sin embargo, y desatendiendo por ignorancia y soberbia esta ley divina que se corresponde al mismo tiempo con el derecho natural del hombre, muchos gobiernos de los llamados democráticos han ideado la ley de adopción, rebelándose así contra el mandato del Creador y generando nuevas relaciones sociales contra natura. Un ser humano no puede convertirse en el hijo de otro ser humano simplemente porque lo desee o porque otro hombre con poder de legislar lo permita. No se trata de lo que uno crea o sienta, de lo que a uno le parezca mejor, sino de lo que el Creador ha establecido teniendo en cuenta el plan general de la existencia.

Hoy, sin embargo, miles de europeos y norteamericanos adoptan niños africanos con la idea de mostrar al mundo su generosidad y su misericordia sin comprender, llevados por su hipocresía, que son precisamente sus países los que han obligado a África, un continente inmensamente rico, a caer en la miseria. El proceso de adopción es a veces tan costoso que, si reuniesen todas esas presuntuosas familias el dinero que les va a costar arrancar niños de su tierra, sin duda que podrían mejorar las condiciones de vida de miles de sus conciudadanos, pues occidente, regido como hemos visto por estados tiránicos, no solo engendra miseria en el exterior, sino también en su propia casa.

Una vez más, vemos cómo toda legislación que sale de los hombres se convierte en tiranía cuando se impone a otros hombres, generando leyes que empañan de injusticia las relaciones humanas. Si analizamos una a una las leyes penales o civiles de cualquier estado occidental, comprobaremos que todos ellas, en mayor o menor grado, atentan contra el derecho natural del hombre, imponiendo legislaciones que únicamente benefician a una minoría –la minoría que tiene la fuerza para imponerlas.

En este sentido, es interesante analizar las leyes que en todos los estados occidentales rigen el comercio. La primera relación que se establece de forma natural entre los hombres es la del intercambio de bienes, la compra y venta de mercancías. Toda ley que impida que se establezca esta relación de forma fluida y libre, atentará inevitablemente contra uno de los derechos fundamentales del ser humano. Ningún hombre puede impedirle a otro hombre vender o comprar lo que quiera, donde quiera y con la moneda que ambos hayan pactado. El Creador solamente legisla, en este caso, para asegurar que el acuerdo al que ambos hayan llegado libremente se cumpla. Por ejemplo, si se trata del intercambio de un kilo de naranjas por un dirham de plata, la ley deberá proteger ese acuerdo comprobando que la pesa utilizada sea de exactamente un kilo y de que el dirham de plata sea verdaderamente de plata. Ningún gobierno tiene el derecho de ir más allá de esta comprobación.

Hoy, sin embargo, vemos como las grandes corporaciones económicas controlan, a través de sus inmensos espacios de venta, el comercio mundial. Las tiendas medianas y pequeñas tienen que cerrar sus puertas ante unas leyes, creadas por el hombre para tiranizar a otros hombres, que favorecen a los grandes grupos económicos cuyas fortunas, en la mayoría de los casos, provienen del crimen o la estafa; y cuando estos tenderos arruinados, impotentes ante la ley humana, intentan vender sus productos en alguna plaza, la policía les arrebata su mercancía y los echa a patadas, quedando rota, de esta forma, la más elemental relación humana –la del comercio.

Otras de las relaciones humanas más elementales son la de la asociación y el préstamo. Estas relaciones no derivan de la voluntad del hombre, sino que se encuentran en la base misma de su naturaleza. Todo hombre siente la necesidad de asociarse con otro o con otros para hacer frente a proyectos que son imposibles para una sola persona o para una sola familia. Por eso los antiguos desarrollaron el sistema caravanero por tierra o el de barcos comerciales por mar. Pero esta asociación a veces no era suficiente y necesitaban que otras personas, basándose en la confianza y en el sentimiento natural del hombre de ayudar a otros hombres, prestaran dinero para que la empresa pudiera llevarse a cabo. Esto es lo que agrada al Creador, ver a sus criaturas asociarse para el bien, o ver como una mano estrecha a otra mano sin más intención que hacer juntos el camino. De la misma manera, cuando un hombre comparte algo de su riqueza con otros, se está comportando como un ser humano que sigue su fitrah, pues el préstamo y la asociación son necesarios para que los hombres puedan establecer sociedades en las que vivir con holgura. Por eso el Creador ha permitido el comercio, pero ha prohibido la usura. Esta ley se apoya en otra que anima al hombre a vivir de lo que produce o de la venta de lo que otros producen, siendo ilícito enriquecerse a costa del trabajo de otros, pues nada hay más vil que utilizar la necesidad de unos hombres para beneficio propio. No hace falta ser un experto para entender lo que estamos diciendo. Cada día el hombre de hoy vive este tipo de angustiosas situaciones.

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Hace poco más de un año fui al banco para pedir un préstamo con el que comenzar un pequeño negocio de restauración. No es fácil encontrar un trabajo hoy en día, y dada mi habilidad culinaria, tanto yo como mi familia pensamos que un restaurante de comida casera podía ser la solución a nuestra economía. El director del banco me invitó a su despacho y con una amplia sonrisa me dijo que era una buena idea y que hombres emprendedores como yo es lo que necesitaba el país. Me sentía muy feliz mientras hablábamos. Al final llegamos a un acuerdo. El banco me prestaba el 80% del valor del local con un crédito hipotecario, así como un crédito personal de una cierta cantidad que me permitía hace frente a la decoración y arranque del negocio. El amable director me explicó que este préstamo personal necesitaba un aval, como por ejemplo el piso en el que vivía con mi familia que era de mi propiedad. A mí me pareció que este espíritu mío emprendedor del que tan necesitado estaba el país, era suficiente para estrechar las manos y cerrar el trato, pero estaba claro que esa amplia sonrisa suya, el café con leche que me ofreció y el contrato que firmamos, venían de un mundo al que yo no tenía acceso. No obstante, regresé a casa con el sentimiento de haber triunfado. Compré el local con el préstamo hipotecario y un poco de dinero que tenía ahorrado. Con el crédito personal lo decoramos de forma sencilla pero elegante y compramos los utensilios necesarios. El primer año fue muy duro. No es fácil competir con las grandes multinacionales que ofrecen atractivos locales de comida rápida a buen precio, pero hemos luchado, yo, mi esposa y mis tres hijos. Desde las cinco de la mañana, hasta la doce de la noche, cada día. A la gente le gusta nuestra comida, nuestra limpieza y nuestra amabilidad. Pero hacer frente a los intereses no está siendo fácil. Ya hace dos meses que no podemos pagarlos. Hoy he recibido un ultimátum de aquel hombre de amplia sonrisa que tan amablemente me dio su bolígrafo para firmar un contrato que nos está dejando en la calle. Si dentro de veinte días no pago las cuotas atrasadas, el banco me quitará el local. Sin local no tendré la menor posibilidad de cumplir con las cuotas del crédito personal, y me quedaré sin casa. Por más que lo pienso, no logro entender qué es lo que ha fallado. Trabajamos diecinueve horas al día, el restaurante funciona y, sin embargo, tenemos que cerrar. Los intereses se han llevado todo nuestro sudor y ahora se van a llevar el restaurante y la casa. He pensado en el suicidio o en huir a otro país. Mi familia todavía no conoce nuestra situación real, y no encuentro el valor para decírselo.

Si este fuera un caso excepcional que escuchásemos por primera vez, sin duda que nos haría saltar las lágrimas, pero es tan corriente, tan de todos los días, que simplemente nos decimos, sin caer en la cuenta de lo que estamos diciendo: ¨Eso te pasa por gilipollas¨. Pero la realidad es que eso pasa cuando la tiranía nos obliga a obedecer las leyes del hombre y dar la espalda a la ley del Creador. Éste nos incita constantemente a dar y a prestar a nuestros semejantes, pero nos prohíbe cobrar intereses por ello. Los bancos son hoy las empresas más rentables que existen. No producen ni venden nada. Su riqueza proviene de la usura –un medio ilícito de ganarse la vida, protegido por la ley humana.

En las relaciones internacionales vemos que ocurre lo mismo que en las relaciones internas de los países. Hace unos cuantos decenios se creó una organización llamada “Las Naciones Unidas” para proteger los derechos de los pueblos y defenderlos en caso de una agresión injusta. Es cierto que si tomamos las palabras por la realidad nos encontraremos ante un hecho elogiable. Pero si analizamos los hechos y la propia constitución de este organismo internacional, veremos que se trata de otro engaño tiránico. Basta recordar que, aunque todas las naciones tienen el derecho de formar parte de esta organización, sólo cinco de ellas tienen poder real ejecutivo, lo que irónicamente se ha dado en llamar “veto”; es decir, que 180 naciones acuerdan algo, pero el veto de una sola de estas cinco, lo anula. ¿Cómo se ha podido aceptar un reglamento tan injusto y tan déspota? Por la sencilla razón de que el hombre jamás dará con una ley justa y beneficiosa fuera de la legislación del Creador. Ya hemos dicho, y es además de sentido común, que los hombres que crean leyes lo hacen con el sólo propósito de beneficiarse a sí mismos y de tiranizar a los otros. Irak sufrió un embargo económico muy duro por no respetar las resoluciones de las Naciones Unidas. Pero Estados Unidos ha comenzado la guerra contra Irak desobedeciendo las resoluciones de estas mismas Naciones Unidas, y no ha habido consecuencias por ello. Durante 12 años se ha obligado a Irak a vivir en condiciones infrahumanas, se le ha negado el derecho a desarrollarse económica y militarmente; después se le ha obligado a destruir el escaso armamento que aún tenía, para acabar haciéndole la guerra, y tampoco ha pasado nada, no hay embargo contra los Estados Unidos porque todo es un teatro de marionetas donde los legisladores ponen a sus muñecos las caras que más les conviene.

Todavía más insultante resulta la actitud de Israel, que lleva decenios desoyendo, una tras otra, las resoluciones de las Naciones Unidas, con el apoyo del veto estadounidense.

Ya sabemos que el argumento preferido de los tiranos es que la ley humana debe regir la vida de este mundo y la ley divina la del más allá. Nos gustaría preguntarles si ha sido entonces el hombre quien ha creado el mundo y la vida en él. Y si no es así, y no lo es, quién le ha otorgado al hombre el derecho de legislar e imponer su legislación a otros hombres. El Creador es el Creador del Cielo y de la Tierra, de lo Oculto y de lo Manifiesto, de lo Aparente y de lo Escondido. Es el Creador del hombre y de todo cuanto puebla el Universo, y por lo tanto sólo Él tiene el derecho y la sabiduría para legislar. ¿Quién, si no, ha creado el sistema que rigen nuestra vida en este mundo? Si el Creador no debe entrometerse en nuestros asuntos, ¿qué pensarían estos tiranos si junto con Su legislación el Creador se llevara Su sistema? ¿Podrían ellos sustituirlo? ¿Podrían ellos crear otro? ¿Podrían diseñar otro universo? Ellos saben que no. Pero también saben que, si permitieran que prevaleciese la ley del Creador, la humanidad entera los destronaría y erigiría a aquellos gobernantes que no tuviesen otro deseo que hacer cumplir la ley del Todopoderoso.

(45) … Quien no juzgue según lo que Allah ha hecho descargar será de los infames. (47) Ordenamos a la gente que recibió el Inyil que juzgase según lo que Allah había hecho descargar en él. Quien no juzgue según lo que Allah ha hecho descargar será de los rebeldes. (48) … juzga entre la gente según lo que Allah ha hecho descargar y no sigas sus deseos, apartándote de la verdad que se te revela. A cada uno de vosotros se le ha dado un código y un método propios. Si esa hubiera sido la voluntad de Allah, habríais sido una única ummah, pero no ha sido así para que viéramos cómo obrabais con lo que se os daba. Competid en las buenas obras. Al final, todos seréis devueltos a Allah y os clarificará aquello en lo que discrepabais. (49) Juzga entre ellos según lo que Allah ha hecho descargar y no sigas sus deseos.
Qur-an 5 al Maidah

Todos esos círculos políticos y económicos que corrompen la Tierra desaparecerían y todas esas fronteras nacionales impuestas por Occidente, a sí mismo y a terceros, no podrían contener al hombre libre, al hombre que sólo se ha sometido a su Creador.

Tampoco se debe aceptar como argumento de estos tiranos el que no exista un Creador ni haya más realidad que la que pueden ver y tocar. Y no aceptamos tal cosa por la sencilla razón de que no es cierta. Nada es más banal que las llamadas pruebas de la existencia del Creador. Sería como escribir un tratado sobre la existencia del agua y, sin embargo, tan evidente como que existe el agua es la existencia de Allah el Altísimo. No hay un solo corazón que no tenga grabado a fuego que Él es el Creador de cuanto existe y nosotros Sus criaturas.

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El concorde comienza sus vuelos comerciales en 1976 y lo retiraron del servicio en 2003. Por su parte, la Unión Soviética fabricaba el Tupolev Tu-144, que inició sus vuelos comerciales en 1969 y se retiró del servicio en 1983. En el 2000, el concorde de Air France sufrió un accidente en el que murieron todos los pasajeros y la tripulación. Ya no hay aviones supersónicos ni vuelos espaciales –Tierra, Sol, Luna y estrellas.

En uno de los vuelos regulares que realizaba el Concorde, París–Nueva York, ocurrió un hecho curioso y muy aleccionador. Los pasajeros, hombres de negocios en su mayoría, se dirigían a sus asientos con la satisfacción de formar parte de una elite económica y social. Aquel gigantesco aparato dotado de la más alta tecnología demostraba, una vez más, que el hombre es el auténtico dueño del universo. Se fueron acomodando en sus asientos mientras ojeaban la prensa diaria e imaginaban el gran negocio que iban a cerrar al otro lado del Atlántico. Todo era lujo a su alrededor y la naturaleza misma había tenido que someterse ante el poder del hombre. El aparato despegó como estaba previsto y se colocó a casi veinte mil metros de altura a una velocidad que traspasaba más de dos veces la barrera del sonido. Sirvieron una deliciosa comida y la arrogancia se iba poco a poco dibujando en sus rostros. Pero de repente los dos motores que permiten al Concorde alcanzar una velocidad supersónica, dejaron de funcionar. La velocidad se redujo drásticamente y el avión cayó varios miles de metros. Parecía el final. Aquellos hombres y mujeres que tan arrogantes se habían sentado en sus butacas empezaron a enloquecer y a sentir como sus pechos se estrechaban hasta no poder respirar. El avión consiguió aterrizar en Nueva York y uno de los pasajeros relató lo sucedido a la prensa: ¨Fue horrible. Todo iba bien y de repente un ruido estruendoso y el avión empezó a temblar como si fuera de papel”. El periodista le preguntó: ¨¿Cuál fue la reacción de los pasajeros?¨ El entrevistado contestó: ¨Bueno, todos teníamos mucho miedo. Empezamos a rezar y a pedirle al Creador que nos salvase. Por todos los rincones se oía: “Dios mío, ten misericordia de nosotros. Dios mío, sálvanos. Dios mío, no nos abandones…¨

No hace falta que este pasajero nos relate lo sucedido, pues de sobra sabemos que cuando ¨la nave zozobra¨ el hombre se vuelve a su Señor y sólo a Él le suplica, pues en lo más íntimo de su corazón sabe que sólo el Creador tiene el poder de salvarle. Negar la existencia del Todopoderoso puede ser una postura intelectual en un momento determinado, pero en ningún caso se corresponde con lo que todo hombre siente en su interior.

La mayoría de las personas prefieren seguir su camino, esa inercia gregaria que les tranquiliza, aunque sepan que no lleva a ninguna parte; aún más, aunque sepan que no les lleva, sino a su autodestrucción. Pero no hablamos para ellos, ni para los tiranos, ni para los legisladores. Hablamos para los hombres que quieren levantarse y ser libres. El Creador nos ha advertido que la mayoría de los hombres serán combustible cuando el Sol se pliegue. Hablamos, pues, para los que todavía tienen en su corazón escrito el diálogo que tuvo lugar antes de la creación de este universo entre el Señor de todos los dominios y Sus siervos. Nos preguntó:

-¿Acaso no soy yo vuestro Señor y Creador?

Y contestamos:

– Sí, lo eres.

Y entonces Él añadió:

– Id pues a la existencia y no deis poder a otro que a Mí ni adoréis a otro que a Mí.

Para ellos hablamos.

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