La ambigüedad en lo falso

Es la imagen de una imposible reconciliación, pero también de un fracaso existencial, de una torpe diatriba que no ha resuelto nada. Roma siempre ha querido el poder terrenal, y no ha dudado, para conseguirlo, en cambiar la morada eterna en el Jardín por el lujoso e infame Vaticano. Ha preferido lo efímero a lo imperecedero. Insólita preferencia. Falta de fe, suponemos, falta de certitud. En este caso, Roma siguió la avarienta máxima de “más vale pájaro en mano que ciento volando”. Todo fue, por si acaso. El mismo espíritu que lleva el apotegma de Samirí, el que dirigió a la gente antes de empezar la fiesta mientras señalaba al becerro de oro que acababan de producir: “Este es vuestro dios y el dios de Musa, pero él se ha olvidado” (Qur-an 20:87). Roma nunca se ha olvidado, ni cuando lucía la corona, ni cuando lucía la mitra.

Se trataba, pues, de alinearse o con los adoradores del becerro, con los que bailaban, comían y fornicaban, o con los que pacientemente esperaban, alejados de la bacanal, el regreso del profeta Musa. Roma nunca tuvo escrúpulos de conciencia a la hora de elegir. De sobras sabía que la mayoría nunca sería de los pacientes, que la mayoría nunca tendría certitud, la suficiente certitud como para abandonar la fiesta. Había claros signos, ya entonces, de que un día llegaría la democracia y esa mayoría reinaría en todo el mundo y establecería la fiesta del becerro como el gran logro de la civilización occidental. No todos los elementos estaban en la cabeza de Samirí, pero bastaba con que lo estuvieran en la de Iblis para que el asunto funcionara. Y ha funcionado –fiesta gitana, aquelarre satánico, orgullo gay, cambio de género, clubs sado, pubs en viejas iglesias abandonadas… Todo un éxito.

Por su parte, algunos de los pacientes, cansados también de esperar, pero con una certitud todavía actuante en sus corazones y con la clara imagen de un Día, de un terrible Día, que sin duda habría de llegar y en el que serían interrogados: “¿En qué gastasteis la vida que se os dio?”, decidieron hacer suyo el sarcástico apotegma: “A dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.” Este asunto no ha funcionado, pues las monedas, incluso las de los césares, solo tienen dos caras –o este mundo o el Otro (Ajirah), Dios o el César.

Así nacían los Estados Unidos de América, el último eslabón de la satánica cadena del mal…

Así nacían los Estados Unidos de América, el último eslabón de la satánica cadena del mal cuyos orígenes más cercanos podemos remontar hasta los merovingios. Este robusto recién nacido es el que mejor representa a la vida de este mundo, cuando este mundo significa que no hay otro y que es el único al que se le ha permitido al hombre habitar. Dios está ocupado hablando con Musa y la fiesta del becerro ya es legal. El Papa también baila, el de blanco; el otro, el de negro, estaba ocupado ayudando en el parto del otro bebé, el soviético, casi contemporáneo del americano.

Después de la bien estudiada intervención estadounidense en la segunda guerra mundial, el bebé yanqui sintió que ya podía valerse por sí mismo y anunció al mundo que era su pandilla la que representaba al mundo libre, a la prensa libre, al sexo libre… frente a un bebé déspota, represor, tirano y ateo, que declaraba a la religión el opio del pueblo mientras ellos declaraban a los opioides la religión de su pueblo.

Ambos recién nacidos buscaron en la épica un aliado para la historia. Unos crearon personajes que ya presagiaban el individualismo absoluto que iba a prevalecer en sus nuevas sociedades –solitarios pistoleros, melancólicos cowboys, malvados caciques, justicieros implacables… Al otro lado se ensalzaba el sacrificio, el trabajo, la gloria futura, la construcción de un edificio portentoso en cuyo último piso se colocaría un faro que iluminaría al mundo entero. A casi nadie le interesó la propuesta. La gente quería la fiesta o esperar a Musa, este mundo o el Otro, pero no la húmeda y sombría tumba como alternativa a la transcendencia.

Tampoco el maoísmo, el tercer recién nacido, consiguió atraer a la mayoría con su revolución cultural. Quizás ni Lenin ni Mao entendían entonces que el sacrificio, la hermandad, el trabajo, la honradez… no podían competir con el vicio, hacia el que tan inclinada se siente la nafs humana. La razón y la verdad, de existir plenamente en alguno de los dos bandos, serían las perdedoras.

Nadie quiere hoy un mundo gobernado por el visionario proletariado marxista, como nadie quiso en el siglo XVI un mundo gobernado por los místicos campesinos alemanes de Thomas Müntzer.

No era ese el futuro que les había prometido Iblis por boca de Samirí. La completa sublimación de todos los impulsos malignos que la nueva religión exigía para satisfacer los deseos del dios historia, del dios devenir, entraba en clara confrontación con las perspectivas paradisíacas que ofrecía el dios vicio –clubs privados, trenes de alta velocidad en los que saborear un exquisito champagne francés, oficinas inteligentes… y millones de esclavos trabajando, bajo la atenta vigilancia de los sindicatos, para satisfacer todos sus deseos y construir su paraíso. No todo ha salido a pedir de boca, pero ahí está la policía y el ejército para mantener a raya a los ilegales manifestantes que piden un nuevo orden mundial, un paraíso para todos. Jocker se carcajea y les muestra imágenes del tercer mundo, de los gulags soviéticos, todavía en pie, de los centros de reeducación chinos… y todos enmudecen, lloriquean y piden perdón. Un tiempo después, se decide eliminan las carcajadas y substituirlas por los medios de comunicación y sus análisis políticos. Todos entendieron que vivían en el paraíso, a medio construir, con prometedores viajes espaciales y colonias humanas en otros planetas. Chinos y rusos trataron de seguirles la corriente y ver si lograban aventajarles en, ciencia, armamento, economía, bondad… Todo en vano. No era ese el asunto. La superioridad de los Estados unidos, de Occidente, estriba en la oferta de vicio y permisibilidad que ofrecen sus sociedades, o en sus logros humanistas.

No obstante, los tres bebés entretenían ambiciones proselitistas que esperaban poder realizar siguiendo un bien estudiado plan propagandístico. Mas tampoco ese plan les funcionó debidamente a los bebés marxistas. Mientras ellos proyectaban al mundo la imagen de unas naciones trabajadoras, honestas, siempre velando por la justicia y la igualdad, los Estados Unidos se había hecho con la cinematografía mundial a través de Hollywood –nunca en la historia de la humanidad ha habido una empresa tan útil políticamente hablando ni tan rentable, al mismo tiempo. Hollywood proyectó al mundo una imagen falsa de Norteamérica y de Occidente, pero ha sido esa imagen la que ha hecho desear a todas las naciones ser como ellos –Hollywood ha hecho atractivo el crimen, la delincuencia, la mafia, los cárteles, el adulterio, la prostitución, la droga… Se trata simplemente de no estar en el lugar equivocado, de planear bien los golpes, de aprovechar una ausencia laboral… Hay muchas oportunidades en esta gran nación para el que quiera aprovecharlas. La realidad, en cambio, no es hollywoodense –cientos de miles de ciudadanos mueren cada año por sobredosis, suicidios y violencia callejera. Sin embargo, la imagen que queda grabada en la retina de la gente, de la mayoría, es la imagen que en cada momento nos proyecta Hollywood en perfecta connivencia con la CIA, el FBI, la NASA, el Pentágono y el deep state; todo ello amenizado con buenos artículos en el NYT, WP, Times, Newsweek y otros.

Rusia y China, en cambio, hacían películas sobre la pobreza de honradas familias, lo mucho que sufrían y lo revolucionarios que eran. No lograron vender ni una sola película al enemigo o a posibles aliados –El acorazado Potenkin nunca fue un acontecimiento cinematográfico, y la obra de los cineastas rusos Eisenstein, Pudovkin o Vértov fue acallada, apisonada, por la arrolladora maquinaria hollywoodense y el silencio propagandístico impuesto por la prensa libre occidental. Los bebés marxistas estaban a punto de morir.

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Si Fidel Castro hubiera podido llevar las negociaciones de la Crisis de los misiles cubanos y el tratado de prohibición de pruebas (1962-1964), todo habría ido mejor para Cuba y la Unión Soviética.

Las tensiones entre las dos superpotencias culminaron en la crisis de los misiles cubanos (Crisis del Caribe) de octubre de 1962, cuando la Unión Soviética trató de instalar misiles nucleares de mediano alcance en Cuba, a unos 140 km de la costa estadounidense. El primer ministro cubano, Fidel Castro, se mostró reacio a aceptar los misiles, mas una vez que estuvo convencido, advirtió a Khrushchev de no transportar los misiles en secreto. Castro declaró, treinta años después: “Teníamos el derecho soberano de aceptar los misiles. No estábamos violando el derecho internacional. ¿Por qué hacerlo en secreto, como si no tuviéramos derecho a hacerlo? Le advertí a Nikita que hacerlo en secreto les daría a los imperialistas ventaja.”

Estados Unidos descubrió que se estaban preparando terrenos para albergar misiles de medio alcance. La tensión aumentaba a cada día que pasaba. Castro había instado a Khrushchev a lanzar un ataque nuclear preventivo contra los EE. UU. en caso de que hubiera un intento de invadir a Cuba.

La guerra fría tampoco les sentó bien. Los negociadores soviéticos se sentaron a jugar una partida de póquer con pistoleros profesionales, diestros en cambiar las cartas. Uno a uno, Stalin, Nikita Khrushchev, Gorbachev… fueron perdiendo la voz, terreno, credibilidad… hasta el colapso final. Es curioso que, en una de las pocas películas rusas sobre zombis, Meteletsa Winter of the Dead, dirigida por Nikolay Pigarev, uno de los protagonistas sea un sacerdote ortodoxo que sacrifica su vida en aras de salvar a la humanidad. Un bello gesto, pero tanto rusos como chinos no deben olvidar que Allah el Altísimo tiene un plan para Su creación, y la verdadera sabiduría consiste en saber cuál sea el papel de cada uno en ese plan. Este sacerdote, por ejemplo, muere inútilmente; claramente se trata de un fallo de guión, pero el problema es que en la realidad han muerto millones de “sacerdotes” rusos y chinos en vano.

El punto crucial aquí es el reverso de la moneda. No se trata de hacer un Hollywood ruso o chino –ambas naciones han demostrado su superioridad técnica e imaginativa con respecto a USA– sino en no hacer cine, en mantenerse en la forma tradicional de transmisión –oral, en círculos familiares y vecinales. La cinematografía de Hollywood es un mero instrumento para promocionar el país que no existe, un país inventado de héroes, de creyentes, de virtuosos, de una justicia que siempre prevalece al final. Hollywood, Norteamérica, No tiene problemas de conciencia porque no espera tener que dar cuentas a nadie –Dios es un árbol de Navidad, la Biblia un libro que se firma en la primera página en blanco y sus ejércitos están para defender las falsificaciones del deep state. No queremos eso para el bloque emergente, sino dar la vuelta a la moneda, centrarnos en la transcendencia. La capacidad de Putin de crear un territorio ruso islámico autónomo, como es ahora Chechenia, ha sido un trabajo en este sentido. Rusia y China deben ganarse el corazón de la humanidad y no su sometimiento a través de proyectar un matrix informativo falso y tendencioso.

La cara occidental de la moneda es el vicio sostenido por una cosmovisión materialista de la existencia; la otra cara, para quien la quiera elegir, sólo puede ser la transcendencia, libre de todo elemento chamánico. No hay una tercera cara.

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