Diálogo de Religiones – Un cóctel que se impone

Dialogar es lo contrario de interrogar, de manipular las respuestas, de situar al otro en el ámbito de la sospecha. Dialogar es dibujar una geografía de conexiones siempre extendiéndose y siempre apoyándose, desarrollándose. Se dialoga para completar el propio programa existencial, para rectificar; pues en última instancia, lo que se busca es el buen camino, el camino que nos saque del bosque encantado, de las vías muertas, de la imitación. Dialogamos para escapar de las zonas yermas y habitar una tierra nueva, una tierra más fértil –para desterritorializarnos.

No queremos tener razón, ni buscamos dominar dialécticamente al otro, convertido ya en nuestro enemigo, en alguien a quien hay que aplastar. No sustentamos nuestro edificio ideológico, nuestras creencias, nuestra cosmogonía en la negación del otro, en la ocultación y en la falsificación. Nuestro objetivo no es crear un mátrix como coartada para establecer nuevas leyes y nuevos valores que oculten la verdadera historia del hombre. Deseamos llegar a nuestro destino, al destino humano, con la certeza de que no hay otro puerto posible, de que no nos hemos equivocado.

No es fácil este viaje. Debemos preparar bien el barco… limpiarlo, calafatearlo cuidadosamente, vaciarlo de objetos inútiles, de lastres. Debemos, pues, devolver el significado a las palabras muertas que han perdido su identidad y su revelador sentido; palabras que, incluso, han pasado a significar justo lo contrario. Son palabras que ya no guían, sino que, antes bien deforman, mutilan su carga semántica. El barco que se adentre en los mares de la indagación debe tener una quilla resistente, fuerte, llena de determinación. Al principio, contemplamos aterrados la estructura de la embarcación; no sabemos cómo terminar el trabajo, por eso, quizás, dudamos; por eso, quizás, no hemos hecho otra que dudar toda nuestra vida. Es hora, pues, de elegir los materiales apropiados. Y la única forma de lograrlo es desmantelando las palabras, escudriñando sus significados etimológicos ocultos ahora por el uso pervertido que de ellos hacemos.

Hemos hablado de “dialogo” como de un rizoma, como de un campo de conexiones. Hablaremos ahora de la palabra “religión” para devolverle su verdadero significado y rescatarla del cementerio de palabras muertas donde yace desde los tiempos de la pop philosophy.

Para comprender el ámbito de significación completo de la palabra “religión” deberemos dirigirnos a la lengua latina y allí desempolvar las tres palabras que dinámicamente explican las fases en las que se desarrolla su significado.

La primera de ellas es religere, que significa relacionarse, unirse, entrelazarse. Religión, pues, es la primera conexión en una sociedad humana que une e interrelaciona a sus miembros y, al mismo tiempo, los distingue de cualquier otro grupo humano.

La diferencia básica entre un apache y un esquimal es su religere –todo lo que constituye su particular visión de la existencia. A los apaches se les trasmitía, desde su más tierna infancia, que el “Gran Espíritu” se manifiesta en el fuego, y que uno puede experimentar su presencia en el silencio y en la soledad del retiro. Para un esquimal, en cambio, el “Gran Espíritu” manifiesta su poder en el “Gran Oso”. Por ello, si un esquimal adoptase el fuego y la soledad como fuentes de conocimiento, se convertiría, ipso facto –a pesar de su ambiente ecológico y sus características fisiológicas– en un apache. Es un grave error creer que aquello que entrelaza a los individuos es su pasaporte o el color de su piel. Sabemos con certeza que algunos de los más relevantes jefes de los nativos de América, algunos de los más famosos y admirados (como por ejemplo Toro Sentado) eran en realidad hombres blancos que habían sido capturados, siendo todavía niños, en las guerras contra los colonos europeos. Cuando esos niños crecieron y asumieron todos los ideales de la nación india, fueron seguidos con entusiasmo por los guerreros y los ancianos de sus tribus. Sus rasgos eran de hombres blancos, sus recuerdos –imágenes, quizás, de Dublín o Estocolmo, pero el color de sus corazones era rojo y su religere era indio. Lucharon y mataron a hombres blancos, sus hermanos, para liberar a sus tribus de invasores e intrusos; hombres blancos que quizás habían nacido en su mismo barrio, pero cuyo religere era ahora extraño e inaceptable para estos blancos dirigentes indios.

La segunda palabra que debemos tomar en consideración es relegere, que podríamos traducir por re-leer. Aquí la palabra “religión” se está refiriendo a un individuo o grupo social excepcionalmente reflexivo y avanzado. Examinemos ahora aquello a lo que un apache está hoy religado. No caza búfalos en las inmensas planicies americanas, ni lucha cuerpo a cuerpo con feroces guerreros. Trabaja en los andamios de algún rascacielos de Nueva York, con el sueño americano coloreando su intelecto. Si fuera capaz de reflexionar sobre la situación en la que vive, si fuera capaz de recorrer, como un relámpago, la historia de su pueblo, percibiría de inmediato la tremenda diferencia, que se abre como un abismo ante sus ojos, entre ser un apache y llamarse apache. Puede seguir soldando barras de hierro a setenta metros de altura o, por el contrario, puede re-leer, adoptar una actitud religiosa; es decir, volver a las fuentes, volver a su origen, al verdadero significado de ser un “piel roja”.

Posiblemente tengamos en el cristianismo un ejemplo aún más apropiado, ya que nos encontramos en un momento de la historia en el que la gran mayoría de los cristianos no solo han dejado de practicar o de creer en sus dogmas y en las castas sacerdotales, sino que además albergan en su interior la sospecha de haber sido engañados, de haber recibido un libro cuya autenticidad presenta grandes interrogantes, tan grandes que ya no les es posible encontrar una salida, relacionarse –religere– con nada ni con nadie. ¿Qué podría significar para ellos relegere? Una gran tarea, un trabajo hercúleo…todo está patas arriba, todo cambiado y manipulado, con pasajes que deberían ser subrayados en rojo… demasiada sangre. La vida parecía una suave pendiente por la que deslizarse. Ahora, sin embargo, tendrán que afrontar una empinada cuesta.

Y es aquí donde llegamos a la tercera palabra, a la tercera fase que completa el proceso religioso: religio. Su propia acepción literal –elegir escrupulosamente, elegir con extrema cautela– nos muestra claramente el arriesgado paso que debemos acometer. No es difícil caer en la cuenta de que religio se erige en oposición a negligio –negligencia, abandono, despreocupación.

Esta vez una especie diferente a la nuestra va a ayudarnos a entender el último tramo del camino religioso. Admiremos, pues, el extraordinario esfuerzo que debe realizar el salmón para remontar, contra corriente, el río, y llegar a su origen. El resto de los peces seguramente lo miran con extrañeza y se preguntan cuál podrá ser la causa de que el salmón se comporte de una forma tan poco razonable. Sumergidos en la más absoluta obnubilación, el resto de los peces no pueden entender por qué esos –aparentemente inteligentes– hermanos suyos no siguen, como ellos, la corriente y disfrutan del viaje. El salmón, sin embargo, adopta, comportándose de esta manera, una actitud religiosa, y comprende sin ambages que la corriente en la que se deslizan los demás peces no es otra cosa que el cómodo lecho del olvido que les dirige, irremediablemente, al gran océano de la nada.

También ante nosotros se abren dos caminos en forma de bifurcación. Podemos remontar la corriente hasta llegar a nuestro origen, a nuestro verdadero religere, a través de un esfuerzo similar al esfuerzo del salmón, y de esta forma alcanzar, quizás exhaustos, el gran lago de la consciencia, del recuerdo; o, por el contrario, podemos abandonarnos, negligentemente, en el fácil camino de la imitación, aun a sabiendas de que ese camino acaba en la oscura cueva del olvido.

Si entendemos el concepto “religión” desde la base etimológica que lo define, lo habremos liberado de todas las connotaciones peyorativas que lo envuelven y ocultan, para transformarlo en el indicador del potente proceso de madurez humana.

Ser una persona religiosa significará, entonces, haber re-leído y haber elegido escrupulosamente. Esta tremenda determinación, este sostenido coraje, actuará como un poderoso des-intoxicador de imitaciones ciegas, de complicidades y olvidos, purificando nuestro intelecto y manifestando una inquebrantable lealtad a la Verdad Inmutable y Eterna. Han quedado atrás los engañosos lazos que nos –religaban– a tribus y cosmogonías, al amor por el misterio y a las ceremonias chamánicas.

Y cuando se les dice: “Seguid a lo que Allah ha hecho descender,” dicen: “No, seguiremos aquello en lo que hemos encontrado a nuestros padres.” ¿Incluso si sus padres no comprendían y no estaban guiados?

Qur’an 5:104

Estamos dispuestos a emigrar y a luchar por defender nuestra visión y nuestra certeza. Hemos dejado de pertenecer a una raza, a un territorio cerrado con fronteras que eviten la entrada de los “enemigos”. Ya no tenemos enemigos. Nada de ese discurso nos atañe Queremos unirnos, ahora, al resto de los hombres religiosos y re-leer juntos, comparar, ahondar aún más en nuestra visión a través de una lectura más amplia, más dolorosa, pero también más verdadera, más exacta. Nos interesan los diálogos religiosos más que los diálogos de religiones… la indagación, la investigación.

Fethullah Gülen, un turco de Erzurum, es el gran artífice de estos “diálogos antirreligiosos”. No parece que le gusten especialmente los salmones, los orígenes, el estudio íntimo, la vivisección que revela la verdadera naturaleza de las cosas. Prefiere el futuro, la hermandad, el amor… Pero aquí, futuro –otra palabra muerta– significa olvido, desconexión histórica, eliminación de pruebas, falsificación como sistema intelectual. Nos recuerda su posición a la que leíamos aterrados en el “1984” de Orwell. No se re-lee sino que se re-escribe, se cambia, se muestra la nueva falsificación de los hechos como la realidad de siempre.

Si en 1492 se establece un nuevo orden mundial que exige –por el bien de la civilización, de la hermandad y del amor– eliminar a 90 millones de seres humanos –sin que todavía hoy sepamos en que podía beneficiar semejante matanza a la civilización, a la hermandad y al amor– quinientos años después –y tras pasar nuestra infame historia por numerosos genocidios– un nuevo orden mundial es el encargado de asesinar a los sabios “enemigos”, a los “santos” enemigos, de destruir ciudades, de robar manuscritos, de violar a niñas, de construir nuevos campos de concentración… para que de esta forma se pueda afianzar, una vez más, la civilización, la hermandad y el amor.

Nerón incendió Roma para justificar la matanza de cristianos con el beneplácito de los ignorantes romanos que prefirieron el espectáculo a la reflexión; y los nerones de hoy han destruido dos edificios emblemáticos para poder asesinar impunemente a los musulmanes con el beneplácito de los ateos euro-americanos muy preocupados por defender las religiones que ellos mismos denigran y ridiculizan.

Mas Fethullah Gülen prefiere mirar al futuro, hacer tabla rasa de los desmanes de los otros, vigilando muy de cerca a sus “desviados” correligionarios musulmanes. No hace mucho, todos aquellos que luchaban, armas en mano, contra los invasores extranjeros, eran tildados de terroristas (a pesar de que las resistencias nacionales han gozado siempre de la más excelsa reputación). Después, este término se extendió a los portadores de símbolos que herían la sensibilidad de los amorosos y fraternales hombres civilizados, como las frondosas barbas y la ropa amplia, muy contraria a la moda y a los nuevos estándares de la decencia. Gracias al entusiasta trabajo de Fethullah Gülen, hoy ya se es terrorista por el mero hecho de estar en contra de los “diálogos de religiones” o “diálogos interreligiosos”.

El círculo se estrecha, la argolla comienza a dificultar la respiración. Fethullah Gülen, y muchos otros como él, no quiere dialogar religiosamente. Quieren apañar el asunto para el que trabajan, y por el que reciben fortunas diarias. El sueño judío pasa –y siempre lo ha hecho– por la construcción de un macro estado que legisle, controle y gobierne a todo el planeta. Su principal obstáculo para conseguirlo es la propia naturaleza humana que se traduce, en este caso, en un radical rechazo a tales proyectos. Desde su interior religioso surge el grito de guerra: “¡Quien, sino el Creador de todos los dominios puede legislar! ¡¿Quién eres tú –un ser humano como yo– para imponerme tus leyes?! ¡¿Quién te ha otorgado ese derecho?! ¡¿Acaso te refieres a la mayoría de votos que has conseguido de un pueblo al que se le ha obligado a elegir entre dos opciones que detesta?! ¡¿Puede haber mayor tiranía?!”

Todo eso es mundano, responde Fethullah Gülen. Debemos promover el esoterismo religioso para hermanar a todas las religiones en un Frankenstein místico que permita que el laicismo pueda llevar a cabo sus planes devastadores sin las molestias que ocasionan los “terroristas”. Un esoterismo preocupado por la purificación interior, por el amor y la hermandad que nos haga olvidar las responsabilidades políticas, económicas y sociales que nos ha ordenado el Creador de todos los dominios. Se trata de retirarse del “mundanal ruido” y unirse en un amor universal que nos permita abrazar a los que están invadiendo nuestras tierras, matando a nuestros hijos, robando nuestra riqueza y los registros de la historia… pues todo eso pasa en este mundo efímero, y a lo que nosotros debemos aspirar es al éxtasis de la unión divina, donde lo relativo sucumbe ante el omnipotente absoluto.

Quizás Nerón pensase –mientras contemplaba a su amada Roma devorada por las llamas– que había conseguido sus objetivos, pero se equivocaba, de la misma manera que se equivocan los nerones de hoy, pues lanzan sus flechas contra un blanco equivocado.

Ya hemos visto la tremenda diferencia que existe entre religiosidad y religión. El hombre religioso no sigue, paradójicamente, ninguna religión; antes bien, huye de ellas pues sabe que son las guaridas sacerdotales del poder. El hombre religioso re-lee y elige escrupulosamente.

Hace, aproximadamente, mil quinientos años, tuvo lugar una sorprendente escena en la corte del rey Negus de Abisinia. Tras resultarles insoportables las persecuciones, las torturas y los crímenes a los que eran sometidos diariamente, el Profeta Muhammad dijo a sus Compañeros:

Partid prestos a la corte del rey Negus pues es un rey justo que os dará asilo en su reino y allí podréis seguir con vuestras prácticas de adoración.

Los que lograron proveerse de alguna montura en la que poder viajar, huyeron de Makkah con el objetivo de llegar hasta los territorios del Negus y poder allí reponerse de todo el sufrimiento al que habían sido sometidos durante largo tiempo. Y no se equivocaron en sus expectativas. Tal y como el Profeta Muhammad les había afirmado, este rey cristiano –devoto y sincero– les recibió con los brazos abiertos, permitiéndoles instalarse en su reino y practicar la forma de adoración que les fuese propia. Sin embargo, su dicha no duró mucho tiempo. Los politeístas de Makkah enviaron a dos hombres sagaces y versados en la dialéctica con el objetivo de traer de vuelta al grupo de musulmanes que habían huido de su tierra y de sus familias. Espléndidamente vestidos y haciendo gala de exquisitos modales, se presentaron ante el Negus con ricos presentes, y le pidieron que les entregase al grupo de mequinenses, pues habían traspasado todos los límites:

¡Oh rey! Un grupo de ignorantes ha venido a tu país. Han abandonado la religión de sus padres, pero no han aceptado la tuya. Han inventado una nueva religión. Ni tú ni nosotros hemos escuchado nunca una cosa igual. Hemos sido enviados por su tribu y por sus familiares, para que regresen con nosotros.

Algunos de los obispos que rodeaban al Negus, y que seguramente eran partidarios de iniciar un diálogo de religiones con los enviados del Quraish, dijeron:

Los emisarios han dicho la verdad, ¡Oh rey! Les conocen mejor que nosotros. Deberías permitirles que se los llevasen.

El Negus era un hombre de profunda devoción, temeroso de realizar el menor acto de injusticia. Tras escuchar a los dos emisarios enviados por el Quraish, dijo:

He escuchado atentamente vuestras palabras y vuestras razones, dejad, pues, que escuche ahora las palabras y las razones de vuestros compatriotas.

Y a continuación envió a uno de sus hombres para que trajese al grupo de “terroristas”. Cuando estuvieron frente al Negus, éste les preguntó la razón por la cual habían dejado a sus familias y a su religión. Yafar ibn Abi Talib –un joven de tan sólo veintiún años– se acercó al Negus y le habló con inusitado coraje y sinceridad:

¡Oh rey! Vivíamos en la ignorancia (yahilia), adorábamos a cientos de ídolos y comíamos la carne de los animales muertos. Acostumbrábamos a tener un comportamiento indecente. Cuando nos placía, cortábamos nuestras relaciones familiares y maltratábamos a nuestros vecinos. El fuerte tiranizaba al débil. Así estábamos cuando Allah nos envió un Mensajero, del cual conocemos su linaje, su veracidad y su piedad. Comenzó a invitarnos a adorar únicamente a Allah. Entonces, dejamos la religión de nuestros antepasados, abandonamos la adoración de ídolos de piedra y de todo lo que no fuese Allah. También nos ordenó ser veraces, respetar los compromisos que hubiéramos contraido, ser bondadosos con nuestros familiares, tratar con cortesía a nuestros vecinos y abstenernos de derramar sangre inocente. Nos prohibió el mal comportamiento, el insulto, el apoderarnos de los bienes del huérfano y el calumniar a las mujeres honradas. Nos ordenó adorar a Allah sin asociarle nada ni nadie, hacer la salah, dar sadaqah y ayunar. Entonces confiamos y creímos en él y seguimos el Din de Allah. Comenzamos a adorar únicamente a Allah, sin asociarle nada ni nadie; a abstenernos de lo ilícito y a ordenar lo que para todos era razonable. Debido a ello, nuestro pueblo se enemistó con nosotros, torturándonos y matándonos, para que abandonásemos nuestro Din y volviésemos a la adoración de los ídolos que ellos mismos habían fabricado con sus manos, esperando que aceptásemos todo lo abominable como lícito, como lo hacíamos antes. Ante esa situación insoportable, emigramos a tu tierra, te elegimos a ti de entre los demás, aspirando a ser tus vecinos, y con la esperanza de que no seas –Oh rey– injusto con nosotros.

El Negus le preguntó:

¿Tienes contigo algo de lo que Allah ha revelado?

Yafar contestó:

Sí.

El Negus, entonces, le pidió que le recitase algo de su libro.

Yafar recitó las primeras ayaat de la surah Mariam donde se narra la historia del nacimiento de Yahia (Juan el Bautista) e Isa (Jesús) hasta la parte en la que se relata que Mariam fue sustentada milagrosamente con alimentos. Al escuchar esas palabras, el rey y algunos de sus obispos lloraron hasta humedecer sus mejillas. Entonces el Negus exclamó:

Estas palabras y las que fueron reveladas a Isa son rayos de luz que emanan de la misma fuente.

Después, dirigiéndose a los frustrados emisarios del Quraish, dijo:

Me temo que no los pueda devolver. Son libres de vivir y de practicar su Din donde les plazca.

Al día siguiente, los dos emisarios volvieron al rey acusando a Muhammad y a sus seguidores de calumniar a Isa. Nuevamente los musulmanes fueron convocados e interrogados acerca de lo que pensaban de Isa. También esta vez Yafar supo qué responder:

Decimos de Isa lo que nos ha enseñado nuestro Profeta, es decir, que es el siervo de Allah, Su Mensajero, Su Espíritu y Su Palabra insuflados en Mariam.

El rey dijo que ellos creían en lo mismo. Luego, dirigiéndose a los emisarios y a sus enojados obispos, les dijo que pensasen lo que quisiesen ya que Isa era tal y como Yafar lo había descrito. A continuación, aseguró a los musulmanes su protección; devolvió a los emisarios del Quraish sus regalos y los expulsó del país.

Si ahora fijamos nuestra atención en el valiente discurso de Yafar, veremos el mismo proceso religioso que hemos descrito al principio de este artículo. En primer lugar, Yafar le relató al Negus su religere; es decir, la cosmogonía de su tribu a la que, al nacer, había quedado religado. A continuación, le narró su relegere, cómo al escuchar al Profeta Muhammad censurar su comportamiento, su forma de pensar y sus prácticas de adoración hacia unas estatuillas que ellos mismos se habían fabricado, cayó en la cuenta de su error, y de hasta qué punto se había desviado de las genuinas enseñanzas de Ismail, su ancestro y Profeta. Las palabras de Muhammad, su sabiduría y su inigualable comportamiento, le llevaron a religio; es decir, a elegir escrupulosamente el camino a seguir. Por eso estaban allí y por eso habían sufrido lo indecible. ¿Dónde, pues, está la religión, la casta sacerdotal, los ritos chamánicos, los libros ocultos, los misterios, los trajes iniciáticos, los cambios sistemáticos de dogmas con el fin de adecuarlos a las exigencias del poder?

¡Ay de los que escriben el Kitab con sus propias manos y luego, para venderlo a bajo precio, dicen: Esto viene de Allah”! ¡Ay de ellos por lo que han escrito sus manos! ¡Ay de ellos por la ruina que se han buscado!

Qur-an 2:79

Las palabras vacías que resuenan en las salas de conferencias, donde se celebran esos diálogos de religiones, como rebuznos de asnos, no llegan a los oídos de Yafar, ni a los oídos de los creyentes. Sin darse cuenta, están hablando a los obispos del Negus –esos hipócritas ansiosos de regalos.

Lo que nosotros buscamos son los diálogos religiosos, la indagación conjunta, la re-lectura.

Extendemos nuestra mano a todo aquel que quiera participar en estos diálogos de hombres y mujeres religiosos, hombres y mujeres capaces de elegir, capaces de emigrar, de abandonar familias y tribus en aras de la verdad.

No hablamos en abstracto, lanzando ideas vagas y elocuentes. Hablamos de un encuentro real, cada uno con su “libro”, cada uno con su dignidad y su determinación.

Elijamos una fecha y un lugar. Hagamos que la reflexión nos lleve al compromiso.

rel2

Quizás algún día aprendan: Fethullah besa la mano del Papa; Erdogan besa la mano de Fethullah; Estados Unidos prepara el golpe de estado contra Erdogan; Turquía se acerca al bloque emergente.

A propósito, Fethullah Gülen vive en los Estados Unidos y últimamente se dedica a preparar golpes de estado. El último le ha salido mal y ahora Turquía cada vez está más cerca de abandonar la OTAN y unirse al bloque emergente.

…Mas si resistís y sois temerosos, su intriga no os dañará en lo más mínimo. Allah los tiene sitiados.

Qur-an 3:120

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