
EL MUÑECO DE LOS VENTRÍLOCUOS
Autor: Abu Bakr Gallego
Edita: Cuadernos Damascenos. Muyahirin-Damasco
Edición a cargo de Nayat Roszko
INTRODUCCIÓN.
En la primera década del siglo XXI nos habíamos
acostumbrado a escuchar en los medios de comunicación el
término “eje del mal”. Se trataba, probablemente, de un eje
imaginario que entrelazaba a varios países soberanos cuyos
gobiernos eran internacionalmente reconocidos; con los que había
intercambios económicos, culturales, políticos… incluso se hablaba
de alguno de ellos como de un fiel aliado de Occidente. Pero una
mañana otoñal se desplomaron dos torres gemelas en Nueva York,
aparentemente a causa de un ataque suicida planeado y ejecutado
por una vigorosa organización cuyos miembros, desparramados
por todo el planeta, podían llevar a cabo las operaciones más
arriesgadas utilizando la más alta tecnología. El montaje fue
preparado con tanta desgana que ya a las pocas semanas del
trágico derrumbe nadie se creía la historia oficial, a excepción de la
mayoría de los musulmanes sunnis, que aún hoy siguen
convencidos de que el infortunado suceso se debió a la intrépida
maniobra de sus hermanos correligionarios investidos de un cierto
toque terrorista. Unos se sintieron orgullosos de que hubiesen sido
los musulmanes los que hubieran asestado tan doloroso golpe al
corazón de Occidente; y otros, quizás la mayoría, se alinearon con
el FBI y la CIA para dejar claro de esta forma que Islam es paz,
sumisión, y que esos grupos incontrolados debían ser puestos en
cuarentena; y a todos les pareció que Guantánamo era una buena
opción. Pero lo cierto es que un mes después del atentado un
grupo de especialistas y de científicos norteamericanos
presentaban públicamente un CD en el que a través de
filmaciones, análisis, entrevistas y testimonios se mostraba
claramente que el gobierno americano, sirviéndose de ciertos
elementos internos y externos, se había auto-atentado,
produciendo un escenario apocalíptico con el que exigir un cheque
en blanco al mundo entero.
Las cosas habían llegado demasiado lejos y había que
organizar un nuevo orden mundial en el que apareciesen dos Islam
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-uno aceptable para Occidente, colaborador y amante de sus
valores; siempre con un portavoz en los diálogos inter-religiosos
apoyando las resoluciones finales que reforzasen la hermandad
islámico-judeo-cristiana alrededor de un mismo dios al que no se
podía llamar Allah para no herir susceptibilidades. Mientras los
judíos masacraban a los musulmanes palestinos y los ejércitos
cristianos invadían medio Oriente Medio, los musulmanes no
paraban de aplaudir y de pronunciar panegíricos a sus
correligionarios monoteístas. Para entonces los lobbies judíos ya
habían acuñado el término “sionismo” -una especie de saco roto
en el que echaban sus desmanes, pues también en el judaísmo
había quienes se excedían y se olvidaban de que ante todo Dios es
amor. Al comienzo de las sesiones los obispos cristianos se
santiguaban en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo;
los ‘ulamah sunnis decían que en el Nombre de Allah; y los judíos
recordaban alguna frase del Talmud, sugerente y esotérica, con la
que comenzar sus disertaciones. Frente a este Islam se erigía otro –
amenazador, radical y terrorista, inadmisible para Occidente, que
pasaría a ser el Islam falso, encubridor del mensaje profético que
ante todo estratificaba la revelación divina en base a un orden
cronológico incuestionable: Judaísmo-Cristianismo… e Islam.
El concepto de terrorismo islámico iba a sufrir
consecuentemente alguna que otra matización, de forma que si en
un principio los terroristas eran aquellos que utilizaban las armas
para apoyar sus argumentos, más tarde recibirían esta misma
denominación aquellos que negasen la validez de sus dos
hermanas mayores. A la tuerca terrorista seguían dándole vueltas
y ahora resultaban ser sospechosos de terrorismo los que
mostraban reticencias a la hora de asistir a los diálogos interreligiosos, los que se dejaban crecer la barba, los que desdeñaban
las modas y, sobre todo, los que no participaban en los “eventos”
culturales más destacados.
Audacia, siempre audacia -máxima preferida de los judíos,
que más tarde adoptarían las logias masonas para continuar el
trabajo de los “arquitectos”. Algo parecido había hecho Nerón con
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los cristianos. ¿Quién habría osado acusar al emperador de haber
incendiado la capital de su imperio, el símbolo del poder romano?
La audacia, también en este caso, fue tan audaz que unos y otros
decidieron seguirle la corriente al monarca, pagándolo con sus
vidas los cristianos, declarados radicales y terroristas por los
servicios secretos del emperador.
Todo ello nos hace ver que en torno a ese eje del mal no han
dejado de girar países, pueblos, individuos, teorías, religiones,
lenguas… que en su momento supusieron una clara confrontación
con los audaces poderes investidos de legitimidad divina. Durante
años Saddam Hussein era presentado ante los medios de
comunicación occidentales como un aliado, como un instrumento
de justicia y de civilización. Ahí están sus fotos en las que estrecha
la mano de Rumsfeld, y ahí están los noticieros alabando el coraje
de los soldados iraquís en su intento de tomar parte del territorio
iraní en torno al Golfo Pérsico… hasta que fue ahorcado ante las
cámaras de televisión de medio mundo. Resultó que Iraq formaba
parte del eje del mal, poseía armas de destrucción masiva y los
servicios de inteligencia occidentales disponían de evidencia
suficiente para concluir que su objetivo eran las capitales
europeas. Todo el mundo veía asombrado cómo ese absurdo
argumento podía ser esgrimido sin el menor reparo por los líderes
occidentales, supuestamente mejor informados que nosotros y
con mayor capacidad analítica. Estaba claro que Iraq, que sufría un
boicot de años, no tenía armas de destrucción masiva, y ni siquiera
contaba con un ejército convencional; pero se trataba, en
definitiva, de acabar con el mal. Lo mismo ocurrió con Afganistán,
y lo mismo querían que ocurriese con el resto de Oriente Medio.
Pero resultó ser Oriente y Medio, y tuvieron que conformarse con
unas guerras en las que perdieron miles de soldados y de las que
no obtuvieron sino un devastador desprestigio internacional. De
nuevo, fueron los musulmanes sunnis los que consolaron a
América y a sus aliados europeos pagando los gastos de estas
guerras, sosteniendo sus monedas y estrechando los lazos de
amistad y colaboración.
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Por otra parte, parece obvio que si existe un eje del mal,
debería existir un eje del bien. Según la ecuación de los
ventrílocuos que hablan por Occidente y mueven sus bracitos, este
eje del bien, luminoso y resplandeciente como una estrella fugaz,
atravesaría la tierra uniendo América con Europa y creando una
fuerza centrípeta que atraería a Japón, Australia, Canadá y los
países árabes del Golfo -un ciclón que iría engullendo a gran parte
de África, de América del Sur y de Asia.
Parecía que el nuevo orden mundial iba a ser definitivo y
planetario. Para ello se preparó, con más ganas y profesionalidad
que en el caso de la torres gemelas, la primavera árabe -trágico y
sangriento eufemismo de un bien orquestado todos-contra-todos.
Esta vez no hicieron falta ejércitos extranjeros. Los ventrílocuos
veían con agrado cómo el escenario de las cruzadas volvía a
repetirse mil años más tarde -musulmanes contra musulmanes;
árabes contra árabes. Sin embargo, la ecuación volvía a dar
resultado erróneo, y Siria e Irán impedían que ese eje “del bien”
atravesase sus territorios; y para colmo de ejes del mal Iraq se
alineaba con sus dos vecinos. Por su parte, Rusia y China adquirían
una nueva identidad al oponerse a Occidente, apoyando a Siria con
su veto y con sus armas. Definitivamente, la ecuación se había
descompensado más de la cuenta. El eje “del bien” decide batirse
en retirada y planear otro orden mundial, otra primavera, otra
guerra… algo que les haga recobrar de nuevo el protagonismo.
A nosotros nos parece bien esa visión dualista de dos ejes
imaginarios y enfrentados, representantes del bien y del mal.
Quizás no sea una visión muy original, pues trae reminiscencias del
maniqueísmo, pero es, en definitiva, la forma más clara y acertada
de presentar la realidad. El dilema que ahora se plantea es saber si
ese eje del bien y ese eje del mal que nos han presentado los
ventrílocuos, los controladores de Occidente, corresponde con el
bien y el mal definido por el Creador del Universo, la única Entidad
no aprisionada en el subjetivismo humano.
Al hacernos la pregunta acerca de si Occidente puede
representar el eje del bien, nos asaltan imágenes inquietantes,
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datos sobrecogedores, cifras alarmantes. No podemos evitar que
desde lo más hondo de nuestro interior surja una voz sofocada por
el llanto, por la rabia y por la ira que va desgranando, uno a uno,
los desmanes que estos ventrílocuos, que estos lobbies judíos, han
perpetrado valiéndose de los bracitos sin vida de sus muñecos
occidentales.
Pregunta aterrada nuestra voz: ¿Puede Occidente representar
el bien después de haber exterminado a cientos de pueblos de
América; después de haber borrado las huellas de su
conocimiento, de sus culturas, de su arte; después de haberles
impuesto sus lenguas; después de haber esclavizado a millones de
africanos por el mero hecho de ser negros y haberlos enviado al
nuevo mundo para trabajar y morir en sus plantaciones; después
de haber organizado dos guerras mundiales, en las que perdieron
la vida más de 100 millones de seres humanos; después de haber
arrojado un arma de destrucción masiva que segó la vida de 300
mil personas en escasos minutos; después de haber aniquilado a
los aborígenes de Australia y Nueva Zelanda, arrebatándoles, como
en América, sus tierras, su pasado, su historia y sus creencias;
después de haber asolado Vietnam, Laos, Camboya y después de
haber arrasado sus campos de cultivo; después de haber quemado
en hogueras a sus mejores hombres solamente por decir “la tierra
se mueve” o “Dios es uno”; después de haber mancillado a la
naturaleza envenenando sus aguas, contaminado su aire,
exterminando cientos de especies y llenando los fondos marinos
de bidones con material radioactivo?
Responden gritando los ventrílocuos: ¡Este es nuestro mundo!
¡No tenemos otro juez que nuestro deseo!
No habrá otra solución que diseñar un nuevo patrón
interpretativo y superponerlo sobre la historia para ver quién ha
otorgado a Occidente el derecho a establecer el eje del bien y el
eje del mal; quién ha investido a Occidente con la prerrogativa de
juzgar a las naciones del mundo. Habrá que desenmascarar a esos
ventrílocuos y arrebatarles su muñeco para que pueda éste vivir
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por sí mismo y buscar su destino en la armonía y la fraternidad con
el resto del mundo.
