Algunos escriben sobre la revolución como si fuera la solución mágica a todos los males, como si la caída de un sistema político fuera el comienzo de la salvación, pero se olvidan, o prefieren olvidarse, de que los sistemas no nacen de la nada, sino del seno de sus pueblos, de su forma de pensar, de su debilidad, de su silencio cómplice y de su miedo crónico al verdadero cambio.
Las revoluciones no triunfan porque las multitudes salga a las calles, sino porque logran salir primero de sus cárceles mentales. Mientras las personas no se liberen de la pobreza de ideas, de la ignorancia del valor y de la adoración de las apariencias, cualquier gobernante repetirá los mismos errores, aunque cambie su rostro o su nombre.
Muchos hablan de revolución no para provocar un cambio real, sino para embellecer un discurso viejo, para complacer a un público enfadado o para proteger un prestigio académico o intelectual que se ha deteriorado con el paso del tiempo. No es una revolución contra el sistema, sino un blanqueamiento simbólico de una impotencia que no se atreven a admitir.
Es fácil escribir sobre las calles, la rabia, la caída de la legitimidad. Es difícil hablar de la pereza mental, de la cultura de la dependencia, de un pueblo que ve al gobierno como el único responsable de todo y olvida que la sociedad es la infraestructura de cualquier corrupción política. En otras palabras, es más fácil romper estatuas que educar a la gente.
Los gobernantes surgen del pueblo y las revoluciones que no transforman la forma de pensar de la gente solo reproducirán al mismo tirano con un color diferente. ¿De qué sirve derribar un sistema por la fuerza si se conservan los mismos valores que lo generaron? ¿Qué sentido tiene quitar a un dictador si lo mantenemos dentro: en la educación, en la familia, en los programas escolares, en la casa?
Quienes escriben sobre la revolución como un acto popular puro y espontáneo olvidan que muchas de ellas no han traído reformas, sino que -antes bien- han abierto las puertas de la anarquía y de la corrupción de par en par, ya que no se trataba de volver a la verdadera creencia, de restaurar sus pilares. Era pura ideología cimentada en la confusión y el inconfesado deseo de poder. Mas esos objetivos indican mediocridad por parte de los que luchan por ellos y los mediocres no pueden asumir la responsabilidad de aquello que pretenden estar construyendo.
Las verdaderas revoluciones no se miden por la cantidad de manifestantes, sino por la cantidad de personas que se han cambiado a sí mismas. La revolución más grande es la del ser humano contra sus propias ideas, antes que contra sus gobernantes.
Mas una revolución que no nace de la revisión interior no es más que un ciclo de ira que reproduce la ruina en un nuevo formato. El verdadero cambio no comienza con la caída del gobernante, sino con la caída de la ilusión: esa que cree que el problema está en una persona, un partido o un régimen. Mientras no cambien las mentes, el país seguirá girando sobre sí mismo, por más que cambien los nombres y los eslóganes.
Y solo cuando comprendamos que la revolución verdadera es contra la ignorancia, el miedo y la aceptación ingenua, podremos esperar un mañana distinto. Todo lo demás no es, sino otro capítulo en una vieja serie, donde cambian los actores, pero el guion sigue siendo el mismo.
Y esta reflexión nos lleva a otra, no menos inquietante. Es posible que las revoluciones no sean el sistema adecuado, realista, para llevar a cabo los cambios que impidan el colapso total de una sociedad, de un país, de una entidad multinacional. Francia se convirtió en república en 1905, no en 1789. Ni tampoco Rusia instauró un sistema de libertades políticas y de expresión en 1917, sino en 2000. Estos paréntesis, a modo de tapones históricos, no supusieron un elevado progreso para estas naciones. Antes bien, las arrojaron a un estado de coma en el que, como si de una pesadilla se tratase, rodaban cabezas, se extendían las masacres, y los fusilamientos arbitrarios se convertían en el nuevo estado de justicia social.
Y no menos caótica y destructiva resultó ser la Gran Revolución Árabe, que abrió las puertas no a esa demagógica libertad que pregonaban sus agitadores, sino al colonialismo europeo, cuyos remanentes siguen forrando el corazón de los árabes, de sus gobernantes, de sus masas, de sus intelectuales, de sus ‘Ulamas. Por doquier se sigue escuchando el mugido que excitaba a los Banu Isra-il en la fiesta de Samirí. Vemos, pues, que las revoluciones abren la caja de Pandora, en cuyo fondo yacen todos los demonios que podamos imaginar -los países del Golfo los conocen bien.
No podemos despejar todas estas incógnitas valiéndonos de nuestra subjetividad, pues caer en ella es caer en la más sutil de las trampas. Por ello, debemos volver -como siempre- a la Objetividad Divina, que se encuentra expresada en el Corán, en este Corán en lengua árabe. Y allí vemos cómo es el tiempo, el gran devorador, el que, de forma pausada, pero inevitable, va transformando las sociedades, alejándolas de la tiranía, de la opresión y llevándolas a nuevos prados de abundante pasto, prados que también el tiempo corromperá, siguiendo un cíclico vaivén afinado con la propia asimilación del ser humano.
La paciencia que una y otra vez se nos recomienda en este Corán implica resistir a los impulsos revolucionarios a los que nos incita nuestra subjetividad, nuestro deseo de establecer el Paraíso en la vida de este mundo -libertad, justicia, prosperidad… sin límite.
