Una vez debilitado el Eje de la Resistencia hasta casi haberse extinguido, no cabe esperar otro proceso que el de la absorción. Como si de un agujero negro se tratase, todas las naciones, comunidades, individuos… deberán absorberse en el diminuto, pero denso concepto de la “globalización”.
Este Eje de la Resistencia pugnaba hasta ahora por mantenerse al margen del punto de máxima captura, aunque ello le llevase a una agotadora inestabilidad. Sin embargo, su asimilación a la potente masa negra se ha debido fundamentalmente a la falta de unidad dentro de cada elemento o territorio que conformaba este eje -se puede luchar contra la atracción que ejerce el agujero negro sobre los cuerpos celestes que se aproximan a él, mas no cuando otra fuerza les empuja hacia el centro de captura. La desunión es esta fuerza, más potente y devastadora que la propia de los agujeros negros.
Acabamos de ver este trágico fenómeno en el colapso que ha sufrido Siria -verdadero conector de todos los elementos de la Resistencia- y su posterior y gradual absorción en el proyecto de un mundo global, en el que nada ni nadie puede mantener su individualización, sus características que le son propias.
Y no deja de ser paradójico e inquietante el que se busque a toda costa conseguir esta absorción total, cuando lo que vemos por doquier tanto en organizaciones como en individuos es la más sorprendente diversidad. Este hecho nos lleva a preguntarnos a quién, pues, le interesa la globalización; por qué debemos luchar y esforzarnos para alcanzar nuestra propia extinción en una masa negra e indiferenciada.
Si retrocedemos hasta situarnos en el momento en el que se puede considerar que dio comienzo el último tramo de la historia del hombre -cuando el profeta Musa salió de Misir con los Banu Isra-il- veremos que fue en ese mismo instante cuando se originaron dos corrientes que no han dejado de fluir, cada una en su cauce, hasta hoy: la de los Banu Isra-il y la de sus oponentes.
En un principio, el plan era que la corriente de los Banu Isra-il se trasvasase a la de sus oponentes, generando así un solo río -el de la Profecía. Para ello se les proveyó de potentes medios para realizar con éxito esta misión: libros, profetas y reyes… poder y sabiduría. Sin embargo, nunca alcanzaron este excelso objetivo, pues una y otra vez traicionaron y rompieron los pactos que habían hecho con el Altísimo. A muchos de los Profetas que les llegaban, los mataron; y a otros los negaron o expulsaron de sus ciudades, de modo que la corriente profética tuvo que desarrollarse en la de sus oponentes, convirtiéndose de esta forma los Banu Isra-il en aliados del Mal, de Iblis.
La historia podía haber acabado aquí -unas cuantas tribus de los Banu Isra-il esparcidas por buena parte de Arabia y dedicadas al pastoreo y a la artesanía, como hasta hoy vemos en algunas partes del Yemen y Sudán. Sin embargo, las elites judías tenían una poderosa arma en sus manos -el Kitab, el Libro que le fue entregado a Musa con la Ley y con todo lo concerniente a la vida en este mundo. Nadie tenía algo así. A través de sus exegesis se difundía la idea de que eran ellos el pueblo elegido de Dios, con derecho a dominar la Tierra y al resto de los humanos. Sin embargo, profeta tras profeta les recriminaban esas falaces interpretaciones y les recordaban que su misión no era la de dominar, sino la de enseñar ese Kitab -la sabiduría que contenía, la Ley- a todos los pueblos.
Ello continuó así hasta la llegada del profeta Isa, quien los maldijo y les entregó la carta de divorcio. Habían colmado el vaso de la ira de Dios. Ahora, la Profecía, el Kitab y la Hikmah se trasladarían a la Casa de Isma-il. La historia, pues, volvía a su punto inicial -el Valle de Bakkah, donde se encontraba la Ka’aba, que Ibrahim e Isma-il construyeron como símbolo de la Unicidad del Todopoderoso.
Entre sus descendientes se encontraba un joven, el huérfano, el digno de confianza, por nombre Muhammad, que había nacido en el corazón del Valle de Bakkah, en la ciudad -Meca- que ya rodeaba la Ka’aba. Todo el mundo en aquella región esperaba ansioso la llegada del último profeta que sellaría la Profecía. Mas nadie podía imaginarse que esa dignidad pudiera recaer sobre ese joven sin hijos varones, sin riqueza, huérfano… sin poder. Y, sin embargo, fue Muhammad el elegido para sellar la Profecía y entregar al mundo el último mensaje del Altísimo, la última revelación.
Sin duda que aquí podía haber acabado definitivamente la historia, pues en esas aleyas que se le revelaban se denunciaban todas las falsificaciones que los escribas habían introducido en la Torá y en las enseñanzas de Isa. Se clarificaban y purificaban los cimientos mismos de la Profecía. La gente, pues, volvía a tener la Guía sin alteraciones, sin ambigüedades… un hermoso final para la historia del hombre. Mas lo peor aún estaba por venir.
Tres siglos después de que se descargara sobre el profeta Muhammad un Corán en legua árabe, la Torá de Musa se convertiría en el libro y el credo de las tribus jázaras del Cáucaso, haciendo de esta forma tabla rasa del sistema profético -el Cristianismo y el Islam no eran, sino falsas asunciones proféticas.
Aquellas tribus árabes de los Banu Isra-il irán desapareciendo como elementos relevantes e incluso dirigentes de sus comunidades, trasladándose esa corriente a lo que hoy es Europa. Esas tribus jázaras adoptarán el Kitab de Musa como su libro, instituyendo el judaísmo como la religión madre para todos los hombres y renovando el concepto de “pueblo elegido”.
Mil años más tarde se acuñará un nuevo concepto, mucho más específico y radical -el sionismo. Sin embargo, entre el siglo IX -momento en el que los jázaros asumen la Torá como su credo- y el siglo XIX -en el que el judío Herzl difunde el sionismo como la nueva agenda política de todos los judíos del mundo- la ideología judía se ha ido estableciendo en toda Europa y Estados Unidos, generando lo que en la terminología moderna se denomina “imperialismo” o más recientemente “supremacía blanca”, que no son, sino diferentes formas del sionismo -el derecho a dominar el mundo por mandato divino. Esta cosmología sionista, judía y europea, lleva ineludiblemente a la globalización -un solo poder, una sola elite sirviéndose de una inmensa masa unificada de esclavos robots. Y este es el agujero negro -el poder de captura en el que todos los pueblos, individuos deben absorberse.
En la Siria de 2025 tenemos, de nuevo, el mejor ejemplo de todo lo que acabamos de plantear. Los grupos armados que han tomado el poder en este país lo han hecho, según su propia propaganda, en el nombre del Islam, de un Islam Salafi, radical, que no acepta ninguna innovación; un Islam que por supuesto sigue a rajatabla las ordenes registradas en este Corán en lengua árabe que se descargó sobre el profeta Muhammad:
No estarán complacidos contigo los yahud (judíos) ni los nasara(cristianos) hasta que no sigas su mil-lah(sus valores y forma de vida). Declárales que la guía de Allah es la verdadera guía. Si siguieras sus deseos después del conocimiento que has recibido, no tendrías quien te protegiera de Allah. (Corán, sura 2, aleya 120)
¡Creyentes! No toméis por aliados y protectores a los yahud ni a los nasara, pues unos son aliados de otros. Quien los tome por aliados será uno de ellos. Allah no guía a la gente infame. (Corán, sura 5, aleya 51)
Y, sin embargo, se han apresurado a declarar que por nada de este mundo tomarán ninguna acción contra Israel, un Israel invasor que cada día asesina a centenares de palestinos, sus hermanos en la creencia. Al mismo tiempo su líder, al-Yolani, ya ha declarado en entrevistas privadas con diplomáticos europeos que a finales del 2026 normalizará las relaciones de Siria con Israel. Más aún, el Canciller de este gobierno se reunió el pasado lunes en Nueva York con representantes de la comunidad judeo-siria residentes en Estados Unidos.
Ningún objeto celeste puede navegar de forma independiente por el espacio intersideral. En un momento u otro de su trayectoria será capturado por el agujero negro del sionismo de la globalización. Mientras era fuerte el Eje de la Resistencia, con varios puntos geográficos sosteniéndolo, estos cuerpos celestes lograban atravesar el campo de atracción del agujero negro sin ser capturados. Ahora, esa resistencia ha sucumbido y lo único que les queda a las naciones, a las comunidades, a los individuos es la absorción.
¡Qué mal final para los que se denominaban creyentes!
