Desde los tiempos más remotos; desde los asentamientos humanos más tempranos, nos han llegado enigmáticos e inquietantes relatos sobre los “hombres hormigas”. Ya esta denominación suscita en sí misma numerosas y fantasiosas interpretaciones. Sin embargo, todo en la vida de este mundo puede explicarse siguiendo una trama coherente de causas y efectos. Estos relatos provienen en su mayoría de poblaciones nativas americanas, así como de tribus de la Península Arábiga. El excesivo calor en determinadas zonas de esta península obligó a sus habitantes a desplazarse al interior de la Tierra. Cavaban grandes hoyos de entre 5 y 6 metros de profundidad y en medio del fresco y húmedo ambiente que allí se generaba, vivían protegidos del calor y cultivaban varios tipos de granos y de hortalizas. Alrededor de esos hoyos levantaban pequeños muretes para impedir que por acción del viento cayeran arena o piedras al interior de lo que se dio en llamar “kivas”. Cuando desde una cierta distancia se veía a los pobladores de las kivas entrar y salir de los hoyos, se diría que se trataba de hormigas gigantes transportando víveres a sus hormigueros, y ello dio origen a esa evocadora denominación. Más tarde en sus viajes transoceánicos el profeta Suleyman llevaría este mismo sistema a los tórridos territorios de Méjico, Utah, Colorado y otros.
Sin embargo, es de otros hombres hormigas de quienes queremos hablar aquí. Podemos seguir utilizando esta misma denominación o podemos substituirla por “hombres acumuladores”. Ambas comunidades de seres vivos, hombres y hormigas, se asemejan. Han creado sociedades muy parecidas. Sin embargo, los seres humanos, debido a su capacidad para salirse del programa, han ido más allá de lo que es lógico y beneficioso. Cada día transportan a sus hormigueros ingentes cantidades de alimentos, muebles, objetos decorativos, libros… hasta convertir sus kivas en laberintos en los que es imposible ya encontrar nada, moverse, respirar. ¿Por qué ha convertido este hombre su kiva en un almacén de trastos? Precisamente porque todos esos zarrios inservibles son ahora parte de él mismo, una prolongación de su cuerpo y de su intelecto. Ya no hay diferencia entre la lámpara de la abuela y su hígado o su vesícula. Se siente seguro en medio de ese abigarrado escenario. Cuando decide hacer limpieza general, siempre encuentra alguna excusa para no deshacerse de ninguno de esos objetos investidos de un poder sagrado. Son parte de la historia –un legado del pasado… patrimonio de la humanidad.
Es el resultado del sistema tecnológico de producción. Las grandes empresas llevan a sus hormigueros mercancías que no pueden consumir, vender, exportar –que se van acumulando en gigantescos almacenes. Es la superproducción, el gran adelanto de la ingeniería, de la inteligencia artificial –hormigueros repletos de bienes que pronto dejarán de serlo para convertirse en montones de objetos caducos y obsoletos. Pensó este hombre hormiga que podía vencer a la naturaleza, producir mucho más que ella, sin límite. Ahora, su producción le está aplastando, asfixiando.
Y por muy devastadora que sea esta acumulación todavía es más perniciosa la de ideas, supersticiones, costumbres, valores… Se siente lleno, pero en realidad lo que está es embotado. Todo lo que le llega a su procesador sale disparado. No hay actualización, sino saturación. Las nuevas versiones de su programa no substituyen a las anteriores. Simplemente se suman, se amontonan, se acumulan. Es el hombre hormiga, el hombre enterrado en la futilidad. No lo necesitamos. Mejor haríamos en tapar los hormigueros, en cegar las kivas y propiciar lugares para que construyan sus panales las abejas. ¡Qué diferentes serían nuestras sociedades de haber imitado a esta criaturas, en las que todo lo que producen es cura y alimento, combustible silencioso y limpio. Incluso su veneno sana y purifica la sangre.
¿Cómo sería la sociedad compuesta por hombres abejas? No es fácil imaginar algo así. No en un mundo en el que los chacales están devorando una a una todas las colmenas.
