¿Deberíamos decir “el niño” o “la niña” Jesús?

Un difícil dilema a dilucidar, sobre todo teniendo en cuenta que buena parte del clero y de la curia romana se ha afiliado con el “amor”, venga de donde venga. No hay por qué sorprenderse. Si hicieron del niño un dios, Dios mismo, no parece descomunal que ahora lo hagan niña –un género éste que posee, según algunas niñas, la habilidad de hacer dos cosas al mismo tiempo –algo muy conveniente para un Jesús con dos naturalezas, la humana y la divina.

Por otra parte, hace tiempo que determinados sectores de exaltado igualitarismo, sin una clara comprensión del significado de los conceptos “masculino” y “femenino”, sugirieron que, quizás, había llegado el momento de substituir a la machista sagrada familia por otra más feminizada –la madre, la hija y la espíritu santa, manifestada ésta última en una paloma, lo que simplificaría bastante las cosas.

Sin embargo, este cambio de género podría originar situaciones más que embarazosas. No sabemos, por ejemplo, cómo llevaría la niña Jesús el tema de la regla, pues al ser ésta una impureza, le resultaría intolerable a su parte divina –un conflicto que de producirse podría acabar desintegrando el Universo.

Y quizás sea esta falta de análisis, en cuanto a las consecuencias de una acción cualquiera, la que lleve a la subjetividad humana a imponerse conductas degradantes que amenazan con transformar al hombre en un sub-producto animado. La regla, ya lo hemos dicho, sería un problema, pero también la confrontación entre su parte humana –caprichosa, con cierta predilección por las anomalías, las extravagancias, y con una buena dosis de maldad– y, por otra parte, la austeridad, la pureza y la absoluta objetividad, características propias de la divinidad.

Esta confrontación podría agravarse si el género de la naturaleza humana fuese distinto del género de la naturaleza divina. En este caso podría originarse una situación de incesto trans-ontológico –algo que la Iglesia haría bien en encubrir, denominándolo “choque de naturalezas”, como ya lo definiera Samuel Huntington con 20 siglos de retraso.

No es, por lo tanto, una cuestión banal, un dilema intranscendente, sino, bien al contrario, un reto que las comunidades cristianas no podrán seguir eludiendo.

Mas aún cabe otra posibilidad, la tercera, el trilema –niño, niña o niñe. Esta tridimensionalidad otorgaría al problema la multifuncionalidad de la proteína –el niño habla con los sabios fariseos, mientras la niña teje el sudario y niñe resucita a los muertos.

Mas todavía queda otro trilema por resolver. ¿Quién iba a ser crucificado y antes azotado y apaleado? La solución más razonable sería la de repartirse la paliza entre los tres, pero el escollo más difícil de resolver sigue siendo el de quién estaría dispuesto a morir en la cruz.

Y aquí es donde se deshace el nudo –niña y niñe se reabsorben en el sufrido niño. Todo ha sido una suposición y las aguas vuelven a su cauce. Ya veremos si es así. Ya veremos qué pintas tiene el niño en esta Navidad.

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