La otra cara de la moneda

En un artículo de Mises Institute se contrapone el capitalismo al socialismo, de la misma forma que hace unos meses se contraponía Biden a Trump, como si no hubiera otra posibilidad, otra elección que hacer.

No obstante, esta bipolarización es altamente peligrosa, pues se trata de una elección falsa, inexistente.

El capitalismo y el socialismo no representan las dos caras de la moneda “sistema”, sistema global, completo, que abarca todos los aspectos de la existencia humana, sino que son dos elementos de una misma cara.

La cuestión es, señoras y señores, que la codicia, a falta de una palabra mejor, es buena.

Es un juego de suma cero, alguien gana, alguien pierde.

Si necesitas un amigo, consíguete un perro.

En 1987 Michael Douglas nos trajo estas líneas interpretando al desalmado financiero Gordon Gekko en la película Wall Street. Estas citas que suenan inmisericordes y otras como ellas tratan de lo que muchos estadounidenses han escuchado sobre el capitalismo.

La conclusión natural es que el capitalismo, y los capitalistas, son fuerzas que se oponen a la justicia, la equidad, la humanidad y la decencia. Si su comprensión del capitalismo se resume en el personaje de Gekko, no es sorprendente que tantos se hayan sentido atraídos por las promesas del socialismo.

Sin duda, el capitalismo tiene muchas imperfecciones. Pero, podría ser que el capitalismo no solo fuera un buen sistema, sino que en realidad fuera más humano que el socialismo.

Este dilema ideológico lleva funcionando con la misma inevitabilidad que los espejismos en el desierto, atrayendo a los desdichados que allí se encuentran a punto de morir de sed.

La agonía nos impide reflexionar sobre la realidad de estos espejismos, de este dilema, en realidad, tan inexistente como los charcos de agua que el perdido caminante ve en el horizonte.

La reflexión nos llevaría a entender que ambos sistemas llevan al mismo fin, aunque los medios que utilicen sean diferentes o engañosamente diferentes.

Su primer objetivo es lograr que una minoría controle, explote y esclavice a la gran mayoría. Estas minorías logran mantenerse en el poder, generación tras generación, a través de una educación elitista que nada tiene que ver con los programas gubernamentales. Estas elites van tejiendo una red de poder político y económico que resulta indestructible cuando uno de sus cabos penetra en la tela de araña del deep state. Ambos sistemas lo consiguen.

Su segundo objetivo es desconectar a las sociedades, a los individuos que las conforman, de la transcendencia, del concepto de Ajirah, de la vida post-mortem, del viaje existencial, a través de diferentes estados y condiciones, haciéndoles creer que ese viaje acaba en la tumba para siempre. Tanto el materialismo dialéctico como “la ciencia” le aseguran al hombre que todo fue debido a una feliz casualidad –un universo intranscendente y casual.

Llegados a este punto, poco importa si nuestra vida se desarrolla en un apartamento de Nueva York o en una casita de madera en el norte de Azerbaiyán. En ambos casos, bajo ambos sistemas, viviremos en el absurdo de una existencia sin más objetivo que morir y desaparecer para siempre.

-¿Qué le pasa?

-No sé lo que me pasa.

-Pues eso es lo que le pasa, que no sabe lo que le pasa.

De esta manera explicaba Ortega y Gasset la angustia que se apodera del hombre cuando no sabe lo que le pasa. Y lo que le pasa es que no sabe que sí hay un objetivo mucho más elevado que simplemente nacer y morir. No sabe que somos criaturas dotadas de consciencia y de capacidades cognitivas que nos facultan para una perfecta conexión con la Divinidad, con nuestro Creador y con la comprensión de Sus mensajes a través del sistema profético. Y esta sí que es la otra cara de la moneda, la cara que completa la moneda y se opone radicalmente a la otra, la que el capitalismo y el socialismo constituyen.

El Islam, la última versión del sistema profético, demuele la estructura financiera-bancaria y permite el libre comercio entre los individuos sin imponer una moneda ni un sistema cerrado de transacciones (por lo tanto, permite el uso del oro y la plata).

Así mismo, elimina el concepto de estado –el sistema que permite que sean los hombres los que legislen, los que impongan sus leyes al resto de sus semejantes. Lo elimina en favor del gobierno, cuya única función es asegurar el cumplimiento de la Ley Divina, de la objetividad divina, transmitida en Sus libros a través de los profetas.

Los gobiernos islámicos no se entrometen en cómo se organizan las sociedades ni los individuos, pues no es su asunto –hay absoluta libertad dentro de los límites establecidos por el Creador. Hay anarquismo, pero no hay anarquía, ni libertinaje –el sistema que justifica el vicio, la corrupción moral y las anomalías contra natura, alegando que es libertad y derechos humanos.

Mas, ante todo, el Islam promueve Ajirah como el pivote sobre el que gira el resto de los elementos sociales e individuales.

Vivimos en este mundo construyendo los siguientes, construyendo las siguientes etapas. Y eso es lo que da sentido a nuestras vidas, eso es lo que nos mantiene ocupados –todo lo demás son medios.

El Islam, el sistema profético, es la otra cara de la verdadera moneda. El resto de las monedas son falsas.

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