¡Mira! ¡Mira allí! ¡Mira!

¿Dónde piensan encontrar a Allah el Altísimo? ¿En los libros? ¿En viejas inscripciones? ¿En alguna miniatura de la imaginería persa? Qué mejor biografía de Cervantes que leer el Quijote. Es en la obra en la que encontramos la esencial naturaleza del autor. Es de allí de donde entresacamos sus más íntimas características. Es en la creación donde el Altísimo ha impreso Su Sello, Su diseño, Sus argumentos.

Qué mejor educación, pues, para nuestros hijos que la de señalar hacia las maravillas que ha manifestado el Creador. El Profeta Muhammad dijo una vez que observar el movimiento de un insecto es mejor que 50 oraciones. Sin duda que lo es, pues observar a ese insecto es comprender la grandeza de Quien lo ha diseñado y luego originado, comprender Su sutileza, Su delicadeza infinita. No podemos permitir que toda esa belleza pase desapercibida para nuestros hijos -¡Mira! ¡Mira allí! Escucha el rumor del agua, del viento golpeando las hojas de los árboles. ¡Respira! Absorbe las fragancias que te circundan –la de esa flor, diferente de la de aquella.

Cómo hemos podido acostumbrarnos a esta portentosa creación, es algo inaudito, inexplicable. ¿Hacia dónde miramos? Contamos dinero, bajamos las escaleras del metro, de la inevitabilidad urbana. Demasiado cemento, paredes con pintadas. ¿Todavía hay cielo? ¿Hay Luna? ¿Desde cuándo no levantamos la cabeza? Hay móviles que capturan nuestra atención, que nos poseen. No necesitamos cielo ni luna; nos basta con algún enchufe en el que introducir el cargador. Después, años después, nos preguntaremos dónde está el Altísimo. Incluso iremos más allá de la necedad -¿por qué no Le veo? ¿Por qué hay mal en el mundo? ¿Por qué hay enfermedades? Dulzura también de nunca contestar.

Se ha roto la conexión y no llega el soplo al corazón de la derecha. Nuestros hijos están muertos, congelados bloques de datos, ajenos a la creación, distantes, como si el verdadero mundo, el universo, fuera el que está encerrado en sus pantallas. No oyen el trinar de los pájaros, les molesta ese sonido tan poco natural, comparado con los ruidos metálicos que salen de sus móviles y acompañan sus clics.

Ya no hablan con sus semejantes –no necesitan semejantes, solo imágenes, apariencias, algo que no sea tan denso, algo plano, sin volumen. Algo que borras y reemplazas por otra imagen.

Tenemos que volver a la observación -¡Mira! Tenemos que volver a señalar, a mostrar la vida que se desarrolla por doquier, indestructible, humilde, silenciosa. Tenemos que levantar la cabeza, esperar sobrecogidos a que llegue la noche y cubra al día.

Es urgente, pues una vez que el corazón de la derecha muere, el de la izquierda, simplemente, nos mueve, nos lleva de un lugar a otro –ciegos, mudos y sordos.

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