El monstruo de la desestabilización también llamado “la inevitabilidad de los cambios”

La estabilidad, quizás el concepto más positivo en política, se ha convertido en algo indeseable relacionado con sistemas dictatoriales, tiránicos y opresores. Los socialistas en 1982 ganaron las elecciones con el lema “por el cambio”. Sin embargo, en las pasadas elecciones turcas Erdogan ganaba la presidencia con el lema “istikrar” (palabra árabe), “estabilidad”. Y ese lema demostraba que Turquía seguía bajo sospecha de no merecer el rango de país democrático.

Lo que hacen todos los gobiernos nada más llegar al poder es “cambiar” todas las leyes dentro del marco constitucional. Y si este marco sin cuadro no lo permitiese, se cambiara la constitución para hacerla coincidir con los nuevos y “necesarios” cambios, ya que cambio se ha convertido en sinónimo de libertad y del poder humano, del poder de los hombres.

Sin embargo, estos cambios legislativos conllevan, en la mayoría de los casos, daños irreparables en la degradación que suponen para los individuos y las sociedades.

Los legisladores juegan con la vida, la economía, la noción territorial o las relaciones supranacionales de la gente, de los súbditos, como si fueran dioses caprichosos y el escenario existencial su videojuego preferido –ahora hay pena de muerte, ahora la pena de muerte, excepto en algunos estados de los Estados Unidos, es síntoma de barbarie; fronteras cerradas, muros de contención, fronteras abiertas, ambigüedad legal, persecución; cambio anual en el cobro de las pensiones; nuevo sistema educativo antes de implementarse ampliamente el anterior… Es su derecho, y su deber, otorgado por el pueblo.

La idea subyacente a este sistema de desestabilización continua es: “Podemos equivocarnos a la hora de emitir leyes, pues tenemos la prerrogativa de cambiarlas y ajustarlas a las nuevas condiciones económicas o políticas que surjan.” Es la misma incongruencia que encontramos en la “ley de la evolución” cuando se habla de la adaptación de las especies. ¿Qué sucede durante los larguísimos periodos intermedios, mientras se adaptan a las nuevas condiciones? Han abandonado el estado anterior, pero aún no han llegado al siguiente. ¿Cómo se adaptan al frío determinadas especies? ¿Cómo soportan los gélidos inviernos cuando todavía, por ejemplo, no han desarrollado la sobreabundancia de pelo protector? ¿Qué sucede cuando el hermano ha sido condenado a la pena capital por asesinato, pero han cambiado las leyes y el asesino y violador de su hermana ha recibido, simplemente, 20 años de cárcel, como sucedió en Francia cuando se abolió la pena de muerte? ¿Qué debería hacer, sentir, esta madre? ¿Acaso el paso de la barbarie a la civilización se puede dar en unos pocos meses? ¿Pueden unos cuantos parlamentarios tomar semejante decisión basándose en su subjetividad, manchada de corrupción e ignorancia en muchos de los casos? Subjetividades humanas abrogando subjetividades humanas… ad infinitum.

¿Por qué no dura la vigencia de las leyes? Porque la subjetividad siempre produce leyes erróneas, nefastas, que tarde o temprano se volverán contra los legisladores y la sociedad en general. Esta base legal asentada sobre arenas movedizas es la que impide que haya estabilidad en el mundo, en un mundo en continuo cambio, en un mundo sostenido por la subjetividad.

No obstante, esta inestabilidad, estas sacudidas y golpes repentinos de timón, son inevitables cuando el hombre asume el papel de Dios y pretende organizar la existencia según sus criterios, según su subjetividad, que a partir de ahora sustituirá a la objetividad divina. Este es el sentido más profundo del término “rebeldía.”

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El rebelde no niega, como hace el ateo, la existencia de Dios, sino que se rebela y lucha contra Él, pues está convencido, en su ceguera, de que puede hacer las cosas mejor que Aquel que le ha creado. Este sinsentido, cuando toma las riendas del poder, produce caos, confusión, intoxicación… tiranía, pues la tiranía no tiene nada que ver con las formas de gobierno, sino con el hecho de que unos hombres tengan el poder de imponer su legislación a otros hombres.

Para justificar semejante anomalía salen al paso diciendo que solo cumplen con la voluntad del pueblo, del pueblo que les ha elegido. Mas se olvidan de que la democracia y sus sistemas electorales han sido impuestos por la fuerza, tras la segunda guerra mundial, por ejemplo, en Europa. Aun así, en buena parte de los países europeos sigue habiendo monarquía y es el rey quien asume la jefatura del estado.

Las leyes básicas, fundamentales –matrimonio, divorcio, transacciones económicas, herencia, delitos de sangre, préstamos, pago de las deudas… no pueden quedar en manos de la subjetividad del hombre, pues éste no tiene la capacidad para discernir las consecuencias de sus legislaciones. Veamos qué están haciendo los parlamentos –legalizar el transgenerismo, la homosexualidad, las drogas, el robo y saqueo a terceros países, guerras injustificadas, prostitución, alcohol, sistema bancario con la usura que le es propio… Este es el mundo que genera el hombre, que genera su subjetividad.

Nadie inicia una empresa sin antes establecer las normas que la vayan a regir. De la misma manera, Quien ha creado la existencia, ha diseñado, al mismo tiempo, su estructura interna, su sistema operativo y la objetividad que la recorre. Todo ello se expresa en el sistema funcional, el sistema que nos incumbe y con el que debemos afrontar y entender los avatares de la existencia, sus elementos. Este sistema funcional ha sido transportado por la profecía, por sus libros y sus profetas, quienes han enseñado al hombre a distinguir entre su subjetividad y la objetividad divina –y esta distinción es la guía, lo que nos aparta del caos, de ejercer la tiranía y la opresión, pues contiene la Ley Objetiva, la estabilidad que debe operar en las relaciones humanas.

Los cambios son flechas lanzadas al azar, flechas asesinas que darán en blancos inocentes. Y esta es la verdadera tiranía.

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