Elegir no elegir

Ya se sabe que cuando el barco zozobra los hay que saltan los primeros al agua por si se quedan sin salvavidas. Se trata de salirse de escena por un instante, el preciso, el que nos libra de tener que pronunciarnos y meter nuestro destino en la ruleta o en un mal análisis.

Sin embargo, todavía hay posiciones más mezquinas que esa, aunque se revistan de excelencia. A veces, la neutralidad se hace pasar por un estado sublime en el que la persona que la ejerce se sitúa por encima del bien y del mal. Ve a los humanos y sus cuitas con indiferencia o desprecio, y prefiere no tomar partido ni por unos ni por otros. Esta es la forma más fácil de encubrir la cobardía o el miedo a perder privilegios, posición de poder o de bienestar.

Elegir supone, ante todo, asumir la responsabilidad más alta que se le ha conferido al ser humano. Félix Guattari dijo en una ocasión que “antes que el ‘ser’ fue la elección.” Lo cual, desde la perspectiva humana del establecimiento de la existencia, es estrictamente correcto –primero se eligió el tipo de creación y después “fue”, y “sigue siendo”. Hemos sido elegidos para un tipo de creación elegida. Por lo tanto, la elección es parte de nuestra esencia y el tejido mismo de la existencia –eludirla equivaldría a renunciar a nuestra condición. Y ello porque siempre hay algo que es mejor que lo otro, por muy malo que sea ese algo –siempre será preferible la neumonía al cáncer, aunque aquella también pueda matarnos. Cuando un edificio está en llamas y no se puede salir de él, nos refugiamos en las zonas a las que todavía no ha llegado el fuego, aunque haya humo. Es una cuestión de supervivencia, a no ser que nos hayamos apostado detrás de un árbol y cuando llega el autobús, el que sea, el que haya ganado, nos subimos a él como si fuera el que realmente esperábamos.

No hemos dejado de ver esta actitud “neutral” a lo largo de nuestra experiencia vital. Lo acabamos de ver en el conflicto sirio. No hemos dejado de escuchar a la gente hablar de su correcta neutralidad –no estamos ni con el gobierno ni con la oposición; ni con Rusia ni con Estados Unidos. Es como si dijeran: “Os contemplamos desde el cielo de la neutralidad y nos abstenemos de participar en vuestras batallas. Cuando hayáis acabado os ayudaremos a recoger el botín.” Porque siempre hay un botín, y porque la neutralidad, en realidad, no existe.

Decir que no se está con nadie significa haber tomado, subrecticiamente, partido por uno de los bandos. Quien dice estar con Siria, pero no con Irán o Corea del Norte, está dando a entender una clara posición a favor de Estados Unidos y las potencias europeas, pues los ejes son inconfundibles. Quien denigra o ridiculiza a China como una forma de repetir las consignas occidentales contra esta nación, estará en contra de Siria. No se puede encubrir la fisonomía de la neutralidad.

Cuando se propuso cambiar las embajadas de Telaviv a Jerusalén, hubo unos cuantos países que se abstuvieron de votar. Es una posición bastante común de los biprotectorados -a veces tienen que traicionar a uno de ellos, y lo hacen absteniéndose. No engañan a nadie.

La neutralidad significa no querer mancharse con la acción. Actuar como los dioses, que solamente observan y luego juzgan. Quizás los dioses actúen así, pero Allah el Altísimo no cesa un solo instante de elegir y de actuar, aunque sus elecciones se hayan producido en otro plano ontológico que el nuestro.

A Él Le piden todos cuantos hay en los Cielos y en la Tierra; cada día se ocupa de algún asunto. (Corán 55 – ar Rahman)

Elegir es poner nuestra huella en la historia, en el registro general de la existencia. Es salir del anonimato, de la oscura franja de la indiferenciación. Es existir con pleno derecho.

Ante nosotros tenemos un futuro con rasgos apocalípticos en el que tendremos muchas cosas que elegir si no queremos acabar momificados, sin memoria y sin deseo. La neutralidad no va a evitar que nos descuartice el león. Habrá que hacerle frente de muchas formas. Y una de ellas, la más decisiva, será eligiendo.

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