Somos el hazmerreír del mundo, armados con armas nucleares. Y si eso no te asusta, nada lo hará.

Lo que ha resultado más patético del primer debate presidencial, Trump-Biden, ha sido el hecho de que no haya supuesto una sorpresa para ninguno de los votantes. Ya nadie espera que el mundo pueda recuperarse del caos al que ha ido a parar, precisamente, por haber tomado a Estados Unidos como modelo y guía, a Occidente.

Ahora vemos que se trataba de un tigre de papel que se está haciendo trizas. Y no es la primera vez que ocurre –ya aconteció con los imperios anteriores cuando sus regentes pretendían ser Dios y se arrogaban el derecho a disponer de la vida, de los bienes y hasta de las mujeres de sus súbditos.

Nueva York es vicio, prostitución, pedofilia, chanchullos financieros, alcoholismo… pero también es frustración, agonía, suicidio, drogadicción, violencia… No es fácil sostener un imperio con esta base existencial. Mas qué queda cuando se ha eliminado la transcendencia y los niños deciden su género y su sexo con el visto bueno de jueces, médicos y familiares, con el visto bueno de los votantes que se han quedado sin alternativa a la más devastadora mediocridad.

Es un final lógico que casa con los últimos 400 años de “ciencia” que han promovido un mundo sin Dios, sin inmortalidad post-mortem en la que saciar nuestras aspiraciones de felicidad y de conocimiento. Un mundo en evolución explicado por el psicoanálisis y la revolución sexual.

No saben cómo se originó este universo ni la Tierra ni la vida que alberga en su interior y en su superficie. Emiten teorías que rápidamente implosionan y llenan ese vacío momentáneo con otras hipótesis todavía más estrafalarias. Algunos piensan que fue una bacteria que llegó a nuestra torta terráquea desde algún lugar del universo transportada por un caprichoso meteorito. Mas entonces ¿por qué no cogemos algunas de las muchas bacterias que hay aquí, y con una atmósfera mucho más amigable que la primigenia, e iniciamos otra creación, otra línea vital? ¿Se trató acaso de un cúmulo de felices casualidades, encadenadas, produciendo cada una de ellas las condiciones para las siguientes? ¿Es eso posible? Sin embargo, los más prominentes biólogos y astrofísicos hace ya tiempo que han descartado la casualidad como la causa científica capaz de explicar el surgimiento de la vida. Mas si la casualidad no es el agente activo capaz de infundir vida a la materia inerte, ¿quién podrá ser? “Seguimos investigando”, dicen, pero no investigan nada, pues de sobras conocen la respuesta.

Todo empezó cuando el profeta Musa se ausentó para acudir al encuentro con su Señor, dejando a Harun, su hermano, a cargo del pueblo de Israel. Enseguida se cansaron de esperar y cundió el desánimo. Situación que aprovechó Samirí y su tribu (ver Referencias, F12) para construir un becerro de oro y adorarle con desenfrenadas bacanales. El otro grupo, en cambio, decidió resistir y esperar a Musa. Y llegó el profeta, airado, triste, desolado… y desbarató todo aquel tinglado idólatra. Mas ni Samirí ni su gente se desanimaron. Sus descendientes espirituales han esperado 10.000 años hasta que todos los profetas han muerto, las iglesias se han corrompido, los credos, se ha dejado de leer los libros revelados… y ellos mismos, bajo la forma de taghuts (ver Cuadros, C4), se han hecho con los puestos de poder. Los descendientes espirituales de aquellos que pacientemente esperaron a Musa cada vez son menos, apenas un puñado de creyentes que están esperando a que el Sol se pliegue. No tienen voz ni voto. Si escriben, nadie les publica; si les publican, nadie les distribuye ni les traduce. No tienen cabida en las grandes asambleas internacionales. Cuando se les hacen entrevistas en programas de televisión de gran audiencia, se impide que puedan hablar del verdadero estado de cosas, y si lo logran a pesar de todo, se les acusa de promover teorías de conspiración.

Colin Powell y Tony Blair pidieron perdón públicamente por haber mentido. ¿Entonces la invasión de Iraq no fue el resultado de una conspiración? ¿Cómo deberíamos llamarla? Si lo que buscaba Estados Unidos con la invasión de Afganistán era capturar a Usama bin Laden y ejecutarlo, ya lo ha hecho, pero las tropas norteamericanas y las de sus aliados europeos siguen allí. ¿No ha sido todo ello una conspiración? ¿No ha sido una conspiración el golpe de estado contra Morales en Bolivia, la primavera árabe? Pero los White Helmets simplemente hacen su trabajo humanitario y vigilan para que el presidente sirio no masacre a su pueblo con armamento químico. ¿Es esta la versión de los hechos que debemos creer para no caer en el saco de los que sólo ven conspiraciones? Pero el concepto “teoría de la conspiración” es la verdadera conspiración, el muro que intenta tapar las conspiraciones.

La liberación es un ropaje del que nunca terminamos de deshacernos. Mas si seguimos por el camino que nos trazan los medios de comunicación, los gobiernos occidentales, los “científicos”, los “expertos”… no tendremos otra opción que la de adorar al becerro de oro y participar de las bacanales propiciadas por Samirí.

Debemos unirnos a los pacientes, a los que esperaron a Musa, a los que lucharon junto a Muhammad. Para todos ellos Allah el Altísimo les ha preparado los Jardines de las delicias. Ese es el gran triunfo.

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