Nunca habrá vacuna para la plaga LGBT

Querer llegar al otro lado del mundo sin llevar mapas detallados, una buena brújula y un claro conocimiento de los cielos nocturnos es buscar la perdición y el extravío. Y de esta manera actúan los que intentan entender la existencia desde su propio subjetivismo o el de otros a los que llaman líderes, modelos o influencers. Este es el caso de Camille Paglia y su feminismo amazónico.

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Las mujeres nos liberamos gracias a que los hombres inventaron la lavadora

A Camille Paglia no hace falta ni preguntarle. Descuelga el teléfono –fijo, no quiere oír hablar de Skype ni de Zoom– en su despacho de Pensilvania, en EE UU, y comienza un torrente de argumentos contra el feminismo actual y la victimización de la mujer que quita la respiración.

La autora de «Sexual Personae», su obra culmen de los 90 reeditada por Deusto, practica un feminismo antifeminista que ella bautizó como «amazónico», una ideología que cuestiona todos los arquetipos de los 70 sobre la liberación de la mujer.

Nacida en Endicott, Nueva York, en 1947, Paglia se declara atea, lesbiana (aunque es muy crítica con el movimiento LGTBI) y defensora de la pornografía, el aborto y la prostitución. Desde su puesto de profesora de Humanidades y Comunicación en la Universidad de las Artes de Philadelphia, Paglia lleva décadas tomándoles el pulso a las jóvenes estadounidenses.

Su diagnóstico es desfavorable, por decirlo suavemente: cree que las mujeres de hoy son unas quejicas que culpan a los hombres injustamente de todos sus males.

Según el perfil que la propia Camille nos ha dado de sí misma podemos concluir que nunca ha sido esposa ni madre; es decir, que nunca ha sido mujer, tan solo un organismo primario con una sola tendencia –vivir según le dictan sus deseos y sin el más mínimo contacto con el objetivismo con el que nos provee la fitrah (ver Artículos X y XVI)

-¿En qué sentido ha perjudicado el feminismo de los 70 a las mujeres?

Es que no puedes tener un programa ideológico que diga que los hombres siempre han sido opresores y que presente a las mujeres como las víctimas de la Historia. Está claro que ha habido abusos, pero ellos también los han sufrido. No hay que olvidar que los hombres han dado su vida por las mujeres, han trabajado y luchado por mantener a sus familias. En los 90 parecía que mi rama disidente, la que defendía a los hombres, el sexo, había ganado al otro feminismo. Pero, de pronto, todo volvió con el “Me Too”, que es la ideología de las chicas de hoy. No tienen ni idea del debate que existió en el feminismo, simplemente reaccionan a lo que ven en Twitter o Facebook. Tienen un profundo sesgo antimasculino. Creen que tienen derecho a denunciar durante los próximos 50 años a cualquier hombre que las trató mal, acusarlo sin pruebas y destrozar su vida.

-Dice incluso que los hombres nos liberaron con el invento de la lavadora, por ejemplo.

Claro que sí. De pequeña veía cómo mi abuela paterna se partía la espalda frotando la ropa en el porche trasero. Un trabajo durísimo que las mujeres llevan siglos realizando. La aparición de la lavadora automática, una máquina inventada por los hombres, supuso una gran liberación para la mujer.

Eso en el caso en el que la mujer hubiera tenido algo en lo que emplear el tiempo libre que le ofrecía la lavadora súper automática. Pero lo que vemos es un proceso contradictorio –las mujeres, desde los tiempos de su abuela, cada vez están teniendo menos hijos, menos tiempo para su familia y hay un devastador aumento de infidelidad conyugal y de divorcios. La liberación de la mujer no ha sido, sino una cuartada para el vicio y un desmesurado consumo.

-¿Sigue estando a favor de la prostitución y la pornografía? ¿De verdad no cree que denigren a la mujer?

Naturalmente, me opongo a cualquier forma de prostitución que sea forzosa y a los abusos. Pero si una mujer elige hacerlo de manera voluntaria, creo que tiene todo el derecho a disponer de su cuerpo como mejor le parezca. El feminismo debe trabajar para que sus condiciones sean justas y adecuadas.

También aquí hay una cierta incongruencia, pues si una mujer se ve obligada, por determinadas circunstancias, a ejercer la prostitución, es, hasta cierto punto, justificable o, al menos, comprensible. Siempre podrá esgrimir a su favor que es víctima de una sociedad que no se preocupa por los más débiles y promociona la trata de blancas. Mas una mujer que ejerce la prostitución libremente y sin que nada ni nadie le obligue a ello, es una furcia psicópata sin el menor sentido de la dignidad… una enferma, alguien que ha perdido todo contacto con la fitrah. Mas el subjetivismo nos puede llevar a posiciones tan aberrantes como esa si no tenemos la objetividad como referencia, si no nos remitimos constantemente a los valores de su abuela, a los valores que siempre han primado en las sociedades humanas, en vez de dejarnos arrastrar por los vientos de la cultura y de las modas. En cuanto a la pornografía diremos que la gran mayoría de usuarios de este género gráfico y cinematográfico son hombres y mujeres casados. Ni su vida afectiva ni su vida familiar ni su vida sexual les satisface. Hay como una frustración, una imposibilidad de realizar sus más profundas aspiraciones. ¿Estaban en contacto su abuela y su madre con la pornografía, o su abuelo o su padre? Probablemente, no. Esas generaciones estaban mucho más en contacto con la naturaleza; realizaban trabajos propios de los seres humanos. Hoy, la mayoría de hombres y mujeres realizan trabajos humillantes, trabajos propios de robots, de máquinas, trabajos de perros sabuesos… y por ello necesitan algo que les saque de la farsa en la que viven –drogas, alcohol, prostitución, pornografía… antidepresivos. Este es el precio que debemos pagar cuando tomamos la subjetividad como nuestra única guía.

-Su postura es que las mujeres debemos estar agradecidas a los hombres por poder decir lo que pensamos o hacer lo que queramos.

La mujer occidental desde la Revolución Industrial cuenta con un nivel de libertad sin precedentes. Debido a este sistema económico puede vivir por su cuenta. Durante cientos de años dependían de sus maridos o padres para subsistir. Sin embargo, cualquiera lo diría escuchando las quejas constantes de las mujeres en EEUU. Su postura es miserable y nada tiene que ver con el feminismo, sino, más bien, con problemas psicológicos derivados de esta cultura de lo digital. Esta nueva juventud criada con el Iphone, que trabaja en oficinas, no ha vivido ninguna guerra, no tiene noción de lo que es trabajar la tierra. Sus cerebros no están conformados como los de mi generación. Es terrible lo que ha pasado con su educación, no tienen ni idea de historia ni de geografía universal. Viven flotando en un mundo de emociones, reaccionando a cada minuto a las interrupciones que les llegan de su teléfono. Tienen una visión operística de la dominación y de la explotación masculina. Es una completa alucinación; no tienen ni idea de la libertad y del poder que tienen. Llevan toda su vida escuchando que pueden ser lo que quieran, hacer lo que quieran. Como si la única forma de que su vida tenga algún sentido es incorporarse al mundo laboral.

Nos resultan hasta cierto punto delirantes sus comparaciones entre esta generación y la suya cuando arremete contra las jóvenes norteamericanas de hoy y su forma de vida: Esta nueva juventud criada con el Iphone, que trabaja en oficinas, no ha vivido ninguna guerra, no tiene noción de lo que es trabajar la tierra. Sus cerebros no están conformados como los de mi generación. Pero su cerebro no está conformado como la mayoría de los cerebros de su generación. Esto lo dice una atea, lesbiana, que apoya la prostitución libre y la pornografía. ¿A ese resultado se llega trabajando la tierra, viviendo guerras…? Obviamente, no. Pero Camille se salió de su generación al seguir de forma despiadada su propio subjetivismo.

-Pero usted misma ha desarrollado una carrera intelectual destacada, no es una ama de casa del medio oeste americano.

Sí, en ese sentido fui una joven inusual. Estaba obsesionada con desarrollar una carrera propia.

No, no fue una joven inusual. Su generación comenzaba a deshacerse de todo contacto con la objetividad, con los valores basados en la transcendencia. Desaparecía el concepto de vida post-mortem, de resurrección y de juicio final. Ya no había juicio y todo acababa en la tumba –libertad absoluta, pues, subjetividad absoluta… ateísmo, lesbianismo, prostitución, pornografía… ¿Por qué no?

-Entonces seguro que comprenderá los deseos de esas jóvenes de salir al mundo a hacer algo por ellas mismas. Cuando la escucho parece que no las entiende, pero usted es una de ellas.

Sé que soy un modelo en ese sentido, pero lo que estoy diciendo es que parece que las mujeres jóvenes no tienen más opciones. Se asume ya desde el instituto que el único camino posible es el profesional. Se las empuja a ello. Lo sé bien porque soy profesora y tengo contacto directo con ellas. Hay una enorme presión en el mundo burgués para que tanto hombres como mujeres se definan según sus carreras y el poder que logren. Yo vengo de una familia italiana inmigrante, mi padre fue el primero en ir a la Universidad. Por mi familia, tengo mucha relación con la clase trabajadora y veo otras formas alternativas de vida y de llevar la maternidad. De mujeres que se quedan en casa. Y me pregunto quién es más feliz.

Es una pregunta retórica, pues Camille conoce bien la respuesta. Sabe bien que su abuela fue mucho más feliz que ella y que cualquier chica de hoy. Sabe, o intuye, que apartarse de la fitrah no trae, sino ruina, depresión, angustia, confusión. Es una desconexión con la fuente, un apagón. Sin embargo, Camille no se da cuenta de que, precisamente, ha sido ella, y las mujeres como ella, la que ha apuntalado esta nueva cultura del Iphone, de trabajar en oficinas… de generar mujeres frívolas e ignorantes, que asumen alegres los denigrantes valores de su generación. Mas ¿qué puede ser importante en la vida de un individuo una vez que se ha perdido el sentido transcendental de la existencia? Poder, dinero, vicio… libertad subjetiva.

-¿Y usted qué cree?

Lo que veo es a demasiadas mujeres que han elegido su carrera antes que su vida personal, que no han tenido hijos, y que cuando se jubilan están condenadas a una vida de soledad y aislamiento. Por el otro lado, observo cómo pasan el domingo familias enteras en los parques o en la costa, varias generaciones mezcladas. Gente muy mayor sentada en sillas con los niños corriendo alrededor.

Esa, precisamente, ha sido su elección –no casarse, no tener hijos, relaciones familiares… y, ahora, tendrá que afrontar una vejez de soledad y aislamiento. Ha elegido su carrera antes que su vida personal. Eso es a lo que le ha llevado su subjetivismo.

-Bueno, también habrá madres que se arrepientan de haberlo sido y de no tener una carrera, por ejemplo.

No digo que esto pase en Europa, pero aquí es muy común que cuanto más éxito profesional tengas menos contacto familiar haya. No estoy diciendo a las mujeres que no entren en el mundo profesional, lo que digo es que no se ha tenido en cuenta para nada ni se ha valorado el coste emocional. No sabe la cantidad de chicas que veo que son desgraciadas y que culpan a los hombres de su infelicidad. Tienen que darse cuenta del precio que se paga, del sacrificio, aquí no hay nada gratis. Y está claro que la actual corriente feminista no ayuda a las chicas a tomar decisiones sobre su futuro. No cuando tengan 30 o 40 años, sino cuando lleguen a los 70.

Camille nos está retratando una sociedad enferma y perdida, las mismas sociedades que empezamos a encontrar en Europa. Sociedades basadas en el éxito profesional y en el dinero. Cuando prevalecen estos valores, desaparecen los que apoyan la familia, la amistad, el compañerismo, la generosidad, la creencia. No se puede servir a dos reinos al mismo tiempo –objetivismo-subjetivismo.

-Dice que los hombres son más frágiles porque se ven forzados constantemente a demostrar su masculinidad y nosotras no.

Creo que las mujeres son más fuertes de muchas maneras. Tienen una comprensión más integral de la vida, seguramente por la capacidad de tener hijos. Por la necesidad de las madres de intuir qué le pasa al bebé. Los hombres, en cambio, están dotados de una conciencia más intensa pero más estrecha. Mi experiencia es que con las mujeres se puede entablar una conversación de manera instantánea, hablamos el mismo lenguaje, vemos las mismas cosas. Da igual la nacionalidad, nos damos cuenta rápido de todo. Ellos viven en su propio mundo.

Pasamos por alto las sandeces de Camille sobre la “comprensión integral de la vida” que tienen las mujeres –prostitución libre, lesbianismo, pornografía… Sí, muy integral. Y de nuevo las incongruencias. Si la sabiduría de las mujeres surge de su capacidad de tener hijos, de amamantarles, de intuir qué les sucede… ¿Qué sabiduría les queda a ella y a las mujeres como ella? ¿Qué clase de entidades son?

-Según usted, eso explica que creadores como Mozart o Miguel Ángel fueran hombres y no mujeres.

No hubo una mujer Mozart igual que no hubo un Jack el Destripador mujer tampoco. Sí creo que hay diferencias en el cerebro y en el sistema hormonal masculino, que es más extremo e impulsa al hombre a la consecución de logros titánicos. Los criminales o asesinos en serie tienen un cerebro más parecido al de los grandes genios que ha mencionado. Mentes como esas no perciben igual la identidad humana o la ética o el comportamiento. Las mujeres, en cambio, somos demasiado racionales y sensibles. Vemos el mundo tal y como es.

No hubo ningún Mozart mujer porque la mujer no se interesa por el mundo, que es un asunto exclusivo de los hombres, sino por su familia, por su bienestar, por su educación. Quiere ver cómo esos bebés se convierten en hombres y mujeres de bien, honestos, agradecidos, generosos… Mas cuando la mujer se sale de la fitrah, puede acabar de cualquier manera, destripando a hombres, pues en eso se equivoca Camille –ha habido muchas mujeres asesinas. Le recordamos, a este respecto, la película Monster, de Patty Jenkins, protagonizada por Charlize Theron y estrenada en 2003.

-Vamos, que somos menos psicópatas.

Sí, hay poquísimas mujeres psicópatas.

Cada vez más, pues es a la psicopatía a lo que les está llevando el feminismo, amazónico o ninfómano.

-Otra de sus aseveraciones es que no debemos intentar educar a los hombres para hacerlos más comprensivos. ¿No cree que entonces tendríamos un mundo mejor?

No creo en enseñar compasión ni moral, sino ética. A través de la Historia o la Literatura sí se puede aprender a percibir las necesidades de los otros. Pero en el minuto en que tratas de insuflar compasión, vuelves a la Iglesia. Y yo la abandoné hace tiempo. Creo en la razón y en expandir la imaginación, también a través de las grandes películas europeas, que fueron parte de mi educación y ahora nadie ve.

Camille dejó la iglesia por las películas europeas, quizás las más psicópatas de cuantas se han producido –Saló, la ciudad de las mujeres, la Luna, Mujeres al borde de un ataque de nervios… Pasolini, Fellini, Bertolucci, Almodóvar… Mas lo que nos gustaría preguntarle a Camille es si para ella dejar la iglesia cristiana, la que sea, católica, protestante, ortodoxa… significa abandonar todo tipo de espiritualidad. ¿Indagó en el judaísmo, en el Islam, en formas orientales como el budismo o el taoísmo que, aunque no sean religiones propiamente dichas, pueden llevar a una reflexión existencial más interesante que la filmografía europea? No hubo indagación. Se quitó la religión de encima como se habría quitado un abrigo viejo y pesado que no deja traslucir sus encantos. Era la victoria del subjetivismo, el fracaso existencial, el engaño de la cultura. 

-Si tenemos tanto poder, ¿cómo es posible que trabajemos más y ganemos menos? Por no hablar de la violencia o el acoso que sufren las mujeres en todo el mundo.

El mayor problema para las mujeres es que, cuando tienes hijos, tu lealtad se divide. Una mujer soltera no tiene que pensar en nadie más y se puede focalizar en su trabajo. El feminismo no para de decir que los hombres tienen que compartir las tareas del hogar, implicarse más, pero la verdad es que es la mujer la que está al mando de la casa. Y le puede decir al hombre lo que hacer, aunque al final se acaba quejando de que no lo hace bien y lo hace ella de nuevo. Aunque el marido sea liberal, empático, y colabore, en cuanto hay hijos ella es la que dirige todo y el hombre queda en un segundo plano. Y luego las mujeres acaban agotadas porque tienen doble trabajo, dentro y fuera del hogar.

Este caos familiar que viven la mayoría de las familias occidentales viene causado por la aberrante situación de una mujer que tiene que hacerse cargo de su familia después de haber trabajado 8 horas en trabajos poco gratificantes. Pero esa no era la situación de su abuela ni ha sido nunca la de las mujeres. La familia es una sólida estructura que no se puede trastocar ni variar ni modificar… sin destruir su base. Las mujeres de hoy no se casan estando enamoradas. No admiran a sus esposos, sino que desde el comienzo del matrimonio los ven como a sus enemigos, como a alguien al que hay que sojuzgar. Algo que logran sobradamente cuando llegan los hijos. Ya Platón nos advertía en su República que en la familia democrática la mujer se hace con los hijos a los que, cada día, les repite: “Sobre todo, no seas como vuestro padre”. Del resto se encargan los medios de comunicación.

-Asegura que luego las mujeres acaban resentidas precisamente por eso. ¿Qué fórmula propone para que la cosa funcione?

Yo enumero los problemas y afirmo que echar la culpa de todo a los hombres es ridículo e injusto. Ha habido una transformación profunda en nuestra forma de vivir en esta era postindustrial que ha traído consigo múltiples tensiones que hay que solucionar. Sí le puedo decir que las clases menos pudientes económicamente viven en sus barrios de siempre, al lado de sus familias, a las que ven todos los fines de semana, cosa que no hacen en otros estratos sociales.

En estas declaraciones vemos claramente la nostalgia de Camille por volver a la forma de vida de su abuela, a la forma de vida de las clases menos pudientes, de las clases sociales menos vapuleadas por la cultura, por los mensajes del poder, del sistema, por las clases sociales que todavía conservan algo de la fitrah humana.

-Presenta una imagen idílica de esas vidas, pero el paro, la inseguridad y la falta de dinero traen muchas veces problemas terribles de adicciones, violencia intrafamiliar…

No digo que sea una situación ideal, solo que la gente que vive junto a su familia tiene otro nivel de satisfacción emocional. Es una locura la cantidad de personas de clase media-alta que toman antidepresivos en EE UU. ¿Es esa una buena manera de vivir? Algo marcha mal, muy mal, cuando la gente tiene que doparse para sobrellevar la vida. Solo en la Universidad de Pensilvania catorce estudiantes trataron de suicidarse tirándose por la ventana. Estoy segura de que tomaban antidepresivos.

Sí, algo marcha muy mal. Nos han quitado la tierra y nos han obligado a vivir en hormigueros de cemento con supermercados y malls. Hemos perdido el camino, tú la primera, Camille, y detrás de ti generaciones enteras hasta llegar a este aborrecible hoy. Tú lo sabes, pues todavía conociste lo que significa una familia, pero ¿cómo podrás explicarles a tus estudiantes lo que eso significa? La cultura ya les ha dicho que la familia es opresora y coarta la libertad –alea jacta est.

-¿Qué significa que la maternidad es tan abrumadora que condena a los hombres a una vida de ansiedad sexual?

Es algo universal para los hombres con pocas excepciones. Los hombres tienen que hacer cosas constantemente para demostrar su masculinidad. Y desde los años 60 hay una revisión constante de esos códigos, empezando por la ropa. En mi época parecía que estaba admitido que experimentaran con colores, tejidos, y, de pronto, todo aquello quedó atrás. En los 80 volvieron al mismo uniforme de siempre. Las mujeres siempre nos hemos podido permitir lo que quisiéramos en el sentido estético.

Su abuela no experimentaba con la ropa. Eso es algo nuevo, cuando el feminismo ha convertido a la mujer en una muñeca Barbie al servicio de los hombres. La mujer empoderada imita a las prostitutas y quiere seducir como ellas –la mujer objeto que se cree libre.

-¿Qué mueve el mundo? ¿El sexo, el poder o el miedo?

Sin duda, el poder. Desde la Edad de Piedra los seres humanos se han organizado en estructuras con una forma jerárquica. Las sociedades igualitarias no han durado mucho tiempo, parece ser una tendencia natural del hombre organizarse en torno al poder como hacen los animales. Hay un patrón que se repite en todas las civilizaciones; se crean, se desarrollan y cuando se hacen demasiado grandes entran en decadencia. Es lo que está ocurriendo con el mundo occidental hoy día. Con la enorme dependencia de lo digital, en este momento estamos en un momento peligroso de colapso catastrófico.

Las sociedades igualitarias no han durado mucho tiempo porque son anti-natura, anti-fitrah. No hay nada más injusto que la igualdad. Y eso fue lo que hizo caer a la Unión Soviética –igualar a todos los ciudadanos, profesores, trabajadores manuales, arquitectos, escritores, músicos, barrenderos… Nadie es igual a nadie y esa diferencia hay que respetarla, mas no en detrimento de los otros, sino como una distinción que todos aceptan de buen grado.

-Dice que solo hace falta un giro inesperado de la naturaleza para que todo salte por los aires. ¿Esta pandemia puede ser ese punto de inflexión?

Veremos. Las plagas han sido intrínsecas a toda la historia de la Humanidad, pero está claro que ahora vivimos en un mundo sobre desarrollado en el cual las clases dirigentes tienen que medicarse para sobrevivir a las tensiones existentes. En ese sentido, me recuerda a la decadencia del Imperio romano, que tardó cientos de años en caer. No hay duda de que estamos rodeados de alarmas que indican peligro.

Camille no puede interpretar la realidad, la pandemia, porque se ha alejado demasiado de ella con su LAPP. La familia ha sido destruida, los papeles del hombre y de la mujer se han intercambiado, hay un inquietante aumento de los LGBT… ¿Qué se puede esperar que ocurra?

-En el libro señala que hay una inestabilidad demoniaca que subyace en todas las relaciones sexuales y que no queda otra que aceptarla.

Quiero decir que el sexo es un impulso primitivo y animal. Nunca podremos racionalizarlo del todo porque nos mueven estímulos que nacen en el subconsciente. Estamos perdiendo la habilidad de entender estados emocionales complejos. Por ejemplo, la ambivalencia de la que hablaba Freud: puedes odiar y amar a alguien al mismo tiempo, o sentir hostilidad y atracción. En ese sentido, el sexo es muy psicológico. Sentirte atraído por alguien tiene mucho que ver con tu niñez, con la relación con tus padres.

El sexo, como todo lo demás, tiene que ver con el programa existencial. Hay en él elementos funcionales que podemos comprender y utilizar, y hay elementos operativos que no podemos comprender, pues forman parte del sistema oculto que mueve la vida (ver Artículo IX). El sexo tiene una parte funcional que podemos entender y utilizar, y otra operativa que escapa a nuestras limitadas capacidades cognoscitivas. Esta parte, la dejamos, pues no nos incumbe, y nos preocupamos de utilizar bien la funcional. Camille no puede hablar del sexo, pues ella lo tiene de forma inversa, enfermiza. Primero debe curarse.

-Quizá sea todo mucho más inconsciente de lo que nos guste reconocer.

Es una de las cosas que le achaco al movimiento “Me Too”, lo simplista que es. Reduce las relaciones sexuales a una cuestión de poder. Y es que hay muchas mujeres, por ejemplo, que se sienten atraídas por hombres abusadores y carecen del lenguaje psicológico para explicarse a sí mismas por qué repiten el mismo patrón una y otra vez. Es como el caso de Harvey Weinstein. Las mujeres llegaban a su habitación de hotel para tener una entrevista de trabajo, él les abría la puerta en albornoz y ellas entraban.

El movimiento “Me Too” es otra aberración propia del subjetivismo. En él nunca hay verdadera reflexión, verdadero análisis, pues el subjetivismo lo colorea todo de un mismo color y nos hace ver todas las cosas de ese color. No obstante, lo más denigrante en este caso es que los jueces hayan apoyado este movimiento.

-Pero en ese caso la relación era totalmente vertical. Él tenía todo el poder sobre unas mujeres de 18 años llegadas a Los Ángeles de algún pueblo a buscarse la vida.

No tenían 18 años, eran mujeres hechas y derechas y no me creo que todas fueran unas ingenuas que no sabían qué estaba pasando. Así no fue la manera en la que yo me crie. A mí me enseñaron a poner mi dignidad por delante de cualquier aspiración profesional.

¿Por eso decidiste hacerte atea, lesbiana y apoyar la prostitución y la pornografía?

-Pero el depredador sexual era él.

Hubo mujeres con las que Weinstein no pudo. Me opongo frontalmente a que se trate de exonerar a aquellas mujeres de su propia responsabilidad. Pusieron sus intereses profesionales por encima de su dignidad. Mi familia italiana de inmigrantes, mi madre y sus hermanas jamás hubieran permitido que se las tratara de una forma denigrante. Antes habrían dejado sus trabajos. Lo que yo defiendo es que hay que dar a las mujeres la fortaleza para defenderse, educarlas para este mundo en el que hay depredadores sexuales. Tienes que cultivar la actitud de que no eres una víctima. Yo misma tuve que defenderme poniendo mi carrera en peligro. Las mujeres no elevan sus voces ahora, están todo el día en el teléfono y luego no paran de quejarse de los hombres y piden intervenciones del Estado. El mundo siempre ha sido así, los poderosos sobre los débiles, y seguirá igual.

Pudiste librarte de esos depredadores sexuales, pero no pudiste sobrevivir al devastador mundo que se avecinaba sobre tu generación, y caíste en la forma de vida más denigrante que puede haber –ateísmo, lesbianismo, prostitución y pornografía ALPP.

-¿Cree que las feministas la consideran una traidora?

Ya no hay líderes feministas en EE UU. Solo existen voces académicas en los campus universitarios totalmente mediocres y para las que soy persona “non grata”. Son profesoras burguesas que enseñan cursos sobre género sin hablar una palabra de biología. Es una estupidez propia de amateurs.

Hay que volver a la forma de vida de tu abuela, Camille, o mejor aún, a la de su abuela. Hay que volver al pasado, retroceder hasta el punto en el que dejamos el camino que conducía a la rectitud.

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