Continuidad versus innovación

Hay una forma de hacer las cosas a la moda y otra de hacerlas como Dios manda. Es una manera de hablar, una manera de decirnos que hay una aproximación objetiva hacia todos los asuntos, también hacia nuestra forma de vida.

Vivir a la moda, seguir el ritmo de nuestro tiempo, significa carecer de estabilidad, tambalearse, cambiar constantemente de valores, de preferencias, de prioridades. Hay un constante reinicio, cada día, siguiendo el vaivén informativo que contienen las noticias. Sin embargo, nos invade la sensación de estar viviendo en un sistema robusto, imperecedero, a pesar de que cada día hay una puesta a cero de nuestra memoria –a penas recordamos lo que ayer nos sobrecogía.

Nada nos resulta más positivo que los cambios, las novedades, las innovaciones –renovarse o morir. No es un postulado que pueda ir a debate. No es un postulado que genere discrepancias. Todo el mundo está de acuerdo en que hay que generar nuevas formas de vida, nuevos medios de transporte, buscar nuevos destinos turísticos, cambiar la estética actual… Todo el mundo está de acuerdo a pesar de la ansiedad y el estrés que provocan esos continuos cambios, esa obsesiva creencia de que el aburrimiento depresivo se debe a la monotonía, a la devastadora continuidad de nuestra rutina.

Cuando un acontecimiento inesperado, aunque no impredecible, toma las riendas de nuestra vida, siempre “momentáneamente”, comprobamos cuan frágil e inestable era la base sobre la que habíamos edificado nuestra existencia. Todo queda trastocado. La ruina se apodera de nuestro bienestar. Todo aquello que nos proporcionaba una cierta satisfacción ha desaparecido, se ha desvanecido como si fuera humo.

Hemos claudicado en todos los frentes…

Nos sentamos, por un momento, en nuestro sillón favorito y dejamos que pasen ante nuestros ojos los fotogramas de nuestra vida –uno a uno. No parece que se trate de nuestra vida. Tan ajenas nos resultan esas escenas inconexas que aparecen en la pantalla de nuestra memoria. Lo primero que observamos y también lo más inquietante es nuestra más absoluta falta de responsabilidad. Hemos claudicado en todos los frentes. Creíamos que bastaba con poner encima de la mesa tres platos de comida al día y pagar cursos y actividades extra escolares sin sentir por un solo momento que tuviéramos que comprobar algún tipo de eficacia, de progreso, de beneficio. En todo caso, siempre son los otros los que tienen que dar cuentas por si algo sale mal.

Alardeamos de vivir en un mundo libre, progresista, sabio, científico… capaz de hacer frente a cualquier eventualidad, pero, al mismo tiempo, nos inhibimos constantemente de ejercer esa libertad y, simplemente, seguimos las consignas de nuestro tiempo, un tiempo que ya está siendo empujado por el siguiente, por los nuevos cambios, por las nuevas propuestas morales, por los nuevos artilugios tecnológicos… moda prêt-à-porter.

¿Por qué enseñamos inglés a nuestros hijos como segunda lengua, intentando, secretamente, que sea la primera? Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder. Hay doctores, sabios, expertos, que nos aseguran que el inglés es la lengua del futuro, la que va a prevalecer sobre todas las demás. Todos repiten lo mismo –es la lengua internacional. Pero no es la lengua internacional, es la lengua para reservar una habitación o decirle a un taxista a dónde queremos ir. Que intente alguien entablar una conversación en inglés en cualquier país de Latinoamérica (700 millones de habitantes) o en la mayoría de los países africanos o en China (1300 millones) o en Rusia (150 millones) o en los países de Europa del Sur o del Este (250 millones). El resultado será deprimente. ¿Por qué, en cambio, no les enseñamos árabe? Una lengua con la que podemos comunicarnos desde Mauritania hasta China; una lengua que nos permite tener acceso a los significados del Corán, el último texto revelado a la humanidad, y a una portentosa literatura, a un robusto pensamiento, a la sabiduría profética encarnada en los dichos del Profeta Muhammad (s.a.s). ¿Qué es lo que nos paraliza, lo que nos impide tomar decisiones, luchar contra la devastadora corriente del tiempo, de la historia, de la moda?

Ahora, el covid19 ha hecho callar a los doctores de la santa madre iglesia. Estamos solos y, esta vez, deberemos ser nosotros lo que tengamos que responder, los que tengamos que revisar los fotogramas de nuestra vida –uno a uno.

Hay una forma de vivir a la moda, que ha quedado destruida por una miniatura biológica, y hay una forma de vivir como Dios manda –una forma que no cambia, que no innova porque es perfecta, porque está perfectamente afinada con nuestra configuración existencial. Una forma de vivir inmune a las catástrofes, a las pandemias, a las revoluciones. Una continuidad que mantiene intacta la esencia de las cosas, que interactúa con todos los elementos de la creación en perfecta armonía. Una continuidad que nos permite ladear las crisis, pues nuestra forma de vida ya está en crisis con las modas y la inestabilidad de los cambios y las innovaciones –vivimos en continua crisis para ese mundo cambiante, imprevisible. No íbamos a los locales del vicio y la obnubilación, ni gastábamos en ellos nuestro capital; el hogar era el centro de la educación y del conocimiento. Y así continúa siendo y así será –así es la vida del creyente. Nuestros hijos aprenden en las escuelas que no hay más dios que el azar, el originador del universo –después, las empresas farmacéuticas se encargan de fabricar antidepresivos que eviten el suicidio, matándonos de sobredosis.

Hemos llegado a la última fase de la degradación humana…

Enseñamos inglés a nuestros hijos, emigramos a occidente para ofrecerles una mejor vida y un futuro más prometedor. ¿Eso es todo? ¿Para eso existimos? Hemos llegado a la última fase de la degradación humana. Del nivel espiritual hemos descendido al nivel intelectual y, de este nivel, al nivel corporal. Es lo único que ha quedado –cuerpos bronceándose, desarrollando músculos, perdiendo peso, rejuveneciendo con la cirugía…

Nos hemos metido en una falsa carrera; una carrera cuya meta es la muerte en medio de una pandemia que nos tiene arrinconados contra las cuerdas. Esta es la desolación que nos ha traído el tiempo, las modas, el prêt-à-porter de esta primavera.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s