Un ciego guiando a otros ciegos

El artículo de Johann Hari, que Derek Beres comenta en Big Think, adolece de esa paradójica situación en la que un ciego se cree con capacidad para guiar a todos los ciegos que se dirigen, inevitablemente, al abismo de la depresión –ni podrá salvarles de la caída ni podrá salvarse a sí mismo. En este caso, el asunto no es grave, pues lo único que le interesa Hari y le motiva es publicar y seguir en el candelero de la prensa internacional. Es un tipo de droga que en muchos casos funciona bien y confiere al adicto una reconfortante sensación de estar haciendo en cada momento lo que se debe hacer, de ser el único que ha dado con el problema, con el análisis correcto y de tener la solución que, por 15 o 20 dólares, podrán los ciegos encontrar en su libro.

Y si hemos mencionado el dicho de un ciego guiando a otro ciego, ha sido porque la depresión, un tipo de padecimiento que asola las sociedades occidentales, hunde sus raíces más profundas en las comunidades anglosajonas, tanto de Europa como de los Estados Unidos. Su configuración genética y su historia no son ajenas a este fenómeno –las islas británicas estaban demasiado lejos de al-Andalus, el primer centro civilizador europeo, y ello les privó del refinamiento espiritual y psicológico con el que pule el conocimiento el alma humana, alma que, en su caso, tampoco recibió alivio religioso, sino más brutalidad de la mano del fundador de la iglesia anglicana, Enrique VIII, adúltero y asesino, que se llevó por delante a Thomas More, la única cabeza del reino emplazada sobre los hombros. Aquel ultraje a Roma les arrojó a un disparatado ateísmo, haciéndoles pasar del más hipócrita puritanismo al más desbocado desenfreno pasional, actitud ésta que intentan mitigar con eufemismos del tipo –“oferta cultural, Londres capital multicultural…” y otros por el estilo. Como ya dijo Claudio Melbourne: “Nada hay más corrupto que lo incorrupto cuando se corrompe”. No obstante, y a pesar de haber vendido bien la imagen de un UK modélico, siempre que pueden sus ciudadanos se “escapan” al sur y allí pasan su jubilación.

Ahora Hari ha escrito un libro, Lost Connections, en el que trata de guiar a los norteamericanos a librarse de la depresión sin necesidad de tomar anti-depresivos. Pero un británico, un anglosajón, no puede guiar a otros anglosajones a salir de una sima que ellos mismos se han cavado –si hiciéramos un estudio serio sobre la depresión en Estados Unidos por comunidades, verificaríamos que son los descendientes de británicos y de otros países del norte de Europa, los más afectados. La brutalidad que les caracteriza (algo que ya Ibn Haldun constató) y su falta de poso histórico civilizador, les lleva a una absoluta inconsciencia o a una depresión crónica, tan crónica como su incapacidad para encontrar el sentido de la vida –en ambos casos es la arrogancia la que les impide realizar una verdadera reflexión interior.

Su libro comienza con una pregunta-propuesta:

¿Debería usarse el ingreso básico universal como antidepresivo?

Hari, los expertos, los gobiernos, saben que la mayoría de las enfermedades mentales son resultado de un tipo de organización social y no de una alteración fisiológica cerebral.

Johann Hari cree que debemos tratar el ingreso básico universal como un antidepresivo. En su libro, “Conexiones perdidas”, advierte que el 65-80% de las personas que toman medicamentos antidepresivos siguen deprimidos. En lugar de tratar la depresión como un desequilibrio químico, deberíamos considerar las causas sociales que realmente la impulsan.

Estamos de acuerdo con este análisis perogrullesco, pero también podríamos preguntarnos ¿por qué algo tan obvio no tiene cabida dentro de las consideraciones de ningún gobierno? La respuesta también en obvia y perturbadora al mismo tiempo –a ningún gobierno le importa el estado de salud mental de las sociedades que dirigen, y si el asunto se vuelve demasiado grave, siempre preferirán que se receten anti-depresivos, lo que no supone un cambio radical de comportamiento social y enriquece aún más a las multinacionales  farmacéuticas, que llevar a cabo una arriesgada cirugía, cuyo bisturí tendría que pasar muy cerca de los órganos vitales –educación, economía, valores existenciales…

En 2015, un equipo de investigadores dirigido por Brett Ford de la Universidad de Berkeley, California, hizo una pregunta aparentemente simple: ¿Puedes ser feliz conscientemente? Se estudiaron poblaciones en Japón, Rusia, Taiwán y Estados Unidos. El resultado fue que puedes ser feliz, excepto si vives en Estados Unidos.

Es decir, salvo si vives en un país con una base poblacional, cultural y política anglosajona, como es el caso de los Estados Unidos.

En su libro, “Conexiones perdidas”, Johann Hari discute este estudio histórico con Ford. Los sociólogos han investigado las diferencias entre las culturas individualistas, como la norteamericana, y las sociedades colectivas, como las de Japón, China y Corea del Sur. Una y otra vez, estos últimos países producen mejores resultados en términos de felicidad, bienestar y satisfacción existencial. Una pregunta ha estado suspendida en el aire durante mucho tiempo: ¿por qué Estados Unidos no se parece más a estos países? Seguramente, la nación más rica del planeta debería proporcionar una mejor salud mental a sus ciudadanos.

Hari, como buen anglosajón, está dispuesto a criticar a la sociedad estadounidense, e incluso a la reina, a condición de que el resultado final sea que USA y UK son las naciones más ricas, democráticas y libres del planeta. No pueden evitarlo. Y esto les lleva a obviar un dato fundamental –los grandes consorcios financieros e industriales norteamericanos quizás sean los más ricos del universo (suponiendo que haya vida inteligente en otros planetas), pero no así el pueblo, las clases bajas, la clase media (casi ha desaparecido), con más de 20 millones de homeless. Mas también hay que situar el problema dentro del sistema político y social que impera en los Estados Unidos y en el Reino Unido (a punto de desunirse) –un sistema elitista que deja en la estacada a los más débiles y desprotegidos de sus ciudadanos, hundiéndoles aún más en la miseria económica y psicológica. Es el triunfo del individualismo más exacerbado y del egoísmo que le acompaña, egoísmo que ya propusiera Ayn Rand en los años 80 del pasado siglo como el más alto logro social –se trata de una carrera, y los primeros en romper la cinta se llevan las mejores tierras, es su derecho, son los héroes. Sin embargo, Rand y los padres fundadores se equivocaron de carrera –la buena competición es la que nos incita al bien, a no dejar atrás a nadie. Incluso si nos resulta difícil hacerlo por amor, al menos deberíamos hacerlo para ganar el galardón de un frondoso Jardín que nos espera al llegar a la meta. Mas su incongruente ateísmo les impide realizar este movimiento salvador. Prefieren la ceguera y, con ella, guiar al resto de ciegos.

He escrito sobre esta diferencia antes, y las críticas que recibo tienden a ser políticas: comunismo versus democracia, el socialismo es malo, etc. En ese frente, consideremos la respuesta de Corea del Sur a la pandemia del coronavirus. La democracia constitucional informó de su primer caso el mismo día que Estados Unidos, pero el país asiático pudo rebajar la curva en cuestión de semanas. Eso es lo que sucede cuando un gobierno funcional interviene de inmediato, pone a prueba a la mayor cantidad de personas posible y establece restricciones desde el primer día.

Mientras tanto, nuestro milagro nunca ha sucedido. Un gobierno no preparado puede ser el principal problema, pero los problemas de salud pública son multivariados. Aquí es donde importa la distinción social. En Corea del Sur (como en China), los ciudadanos respetaron las restricciones porque sabían que las órdenes que recibían eran para mejorar la situación creada por la pandemia. Mientras tanto, en los Estados Unidos, amantes de la libertad, comenzaron las rebeliones en Idaho, y en todo el país los pastores llaman a los fieles a reunirse. Algunos floridanos incluso quieren que se reabran las playas.

Lo que el coronavirus ha puesto de manifiesto es el verdadero estado de libertad que prevalece en Occidente…

Lo que el coronavirus ha puesto de manifiesto es el verdadero estado de libertad que prevalece en Occidente y, especialmente, en Estados Unidos y UK –una sociedad de esclavos que trabajan cinco días a la semana en labores que no les incumben para disfrutar el fin de semana acudiendo a los locales del vicio o de la obnubilación. En este estado de cosas, la depresión es inevitable, y si además les cierras esos locales, lo inevitable será el suicidio (ya ha subido el número).

En 2010, el periodista Robert Whitaker llegó a la misma conclusión: Las dinámicas sociales complejas (disparidad de ingresos, racismo, abuso verbal y físico, discriminación de género, adicción a la tecnología) son los verdaderos impulsores de la depresión. “La medicina claramente no soluciona un desequilibrio químico en el cerebro”, escribe. “En cambio, hace exactamente lo contrario”.

El “capitán” conoce las causas de la depresión y de otras alteraciones psicológicas; pero la historia viene de mucho más atrás. Ahora, el reinicio histórico comienza con la pandemia. Olvidemos todo lo anterior. Ya lo hemos olvidado, pero las consecuencias siguen fluyendo, siguen asolando la psicología de las sociedades, siguen reclamando explicaciones coherentes y creíbles, siguen exigiendo compensaciones. Las sociedades occidentales están basadas en la desigualdad ante la justicia, en el racismo, en el abuso, en la explotación, en la esclavitud de un buen número de sus ciudadanos. Trabajar 8 horas al día por un buen salario no me hace libre. La libertad no reside en el hecho de poder gastar ese salario en vicio y consumo innecesario. La libertad es conocimiento, recuerdo, algo que se ha negado a los individuos que pueblan este planeta. ¿Qué ha hecho Occidente en África, en Oriente Medio, en Asia? Olvidemos el pasado. Olvidémoslo; pero el pasado se muestra ahora en la depresión, en la ansiedad y el suicidio. Dejemos eso. Marchemos hacia delante. Marchemos, pero el delante de hoy es el mismo que el delante de ayer –Iraq, Afganistán, primavera árabe… Sanciones, boicot, golpes de estado… Coronavirus.

Claramente las drogas no están funcionando. ¿Qué hacer entonces? Tenemos que abordar el problema desde su raíz. Comencemos con la disparidad de ingresos para que los ciudadanos de la nación más rica en la historia de la Tierra puedan pagar su alquiler. Tal vez, como Hari sugirió recientemente, deberíamos probar el ingreso básico universal.

“La causa principal de la ansiedad en la gente es no saber si les van a echar de su hogar el próximo mes o cómo van a alimentar a sus hijos. Y creo que hay un elemento de cruel optimismo al decirle a un país en el que la mayoría de sus ciudadanos vive de salario en salario que deberían responder a la ansiedad que están experimentando en este momento meditando y apagando las noticias. Eso no va a resolver el problema. Lo más importante que hay que hacer para lidiar con la depresión y la ansiedad de las personas es lidiar con la inseguridad financiera a la que se enfrentan “.

¡Increíble! Escribir todo un libro para decirnos que la depresión y la ansiedad se pueden curar con buenos ingresos. Parece que hemos olvidado que el mensaje que reciben los norteamericanos, y las sociedades occidentales en general, en las escuelas, en las universidades, en la televisión, en el cine, en las iglesias protestantes… es que la razón de ser, el sentido de la vida, es conseguir el éxito social y económico. ¿No es entonces un acto de cruel optimismo decirles a esos ciudadanos que se conformen con que se les asegure que podrán pagar el alquiler cada mes y podrán dar de comer a sus hijos cada día? ¿Es para eso para lo que hemos venido a la existencia? ¿Es esa la razón de que haya un universo perfectamente afinado? Sin duda que habrá gente que se sentirá aliviado con esa buena nueva. Mas ¿qué pasará una vez que esa situación se vuelva normal? El motor de la depresión funcionará de nuevo, arrastrándonos a una más profunda reflexión existencial. Sin duda que las propuestas de Hari van encaminadas a lograr que nos sintamos esclavos felices.

Década tras década, la estructura social estadounidense se ha fragmentado cada vez más. Nuestras relaciones cercanas se están reduciendo. Un millón de amigos online nunca reemplazarán a un solo amigo al que puedas llamar a medianoche para hablar con él de algún problema acuciante.

La depresión no es un mal funcionamiento cerebral. Eso podría ser un resultado, pero rara vez es la causa. Más bien, escribe Hari, es “una respuesta comprensible a la adversidad”. En este momento, estamos tratando colectivamente de manejar la adversidad más grave que ha habido en generaciones. Pretender que puedes matar a ese dragón tú solo, únicamente te abrasará.

Esta es la incongruencia típica de los aficionados analistas anglosajones. Primero se nos ofrece la tecnología; después se nos impone; a continuación, se rechazan todos los argumentos que se puedan presentar en contra para, al final, decirnos que el problema es nuestra adición a la tecnología. ¡Deprimente! Aquí llegan las soluciones:

El primer nivel es individual: fortalece tus conexiones sociales. Esto puede resultar difícil en este momento en particular, pero enmarcar este desafío como un problema social te servirá mejor a largo plazo que tomarlo personalmente. Por supuesto, nada de esto es fácil. Nos han educado para creer que cada uno de nosotros puede ser nuestra propia marca, una ocupación bastante solitaria. Los humanos son animales sociales. Necesitamos honrar este hecho.

El segundo nivel requiere la participación en nuestra democracia, lo que significa votar por representantes que defiendan conceptos como atención médica para todos y UBI. Este absurdo argumento de que no podemos pagarlo mientras que un pequeño porcentaje de los ciudadanos más ricos pagan poco o ningún impuesto es ridículo. En Lost Connections, Hari apunta al ejemplo de un vecindario de clase baja en Berlín, donde las alzas de alquiler estaban expulsando a los residentes de toda la vida. Los inmigrantes turcos conservadores, los hipsters alemanes y el dueño de un club gay, generalmente recelosos entre sí, se unieron para defenderse. No solo ganaron (no todas las victorias, sino algunas importantes), sino que se unieron por su sentido compartido de comunidad. Muchos se hicieron amigos.

¡Enternecedor! Seguramente había más de un gay en el grupo…

¡Enternecedor! Seguramente había más de un gay en el grupo. El primer punto es fortalecer las conexiones sociales –un buen consejo para un tiempo en el que se ha decretado en la mayoría de los países el distanciamiento social. Por otra parte, nos gustaría saber qué victorias no se ganaron. Pero esto es lo de menos. Lo más devastador es la puerilidad y superficialidad con las que Hari trata este asunto. No le interesa la depresión, sino servir a los intereses de la agenda liberal –hermandad con los gay y sentido comunitario. Veamos cuánto dura esa hermandad y esa amistad entre turcos conservadores, hípsters alemanes y gais.

Si deseas combatir la depresión y la ansiedad, debes cambiar la historia que te cuentas a ti mismo. Como sociedad, necesitamos empoderar a todos para que puedan escalar los peldaños más bajos de la jerarquía de necesidades de Maslow (garantizar la salud de todos y proporcionar suficiente apoyo financiero para las necesidades básicas) y alentar la participación en grupo en lugar de defender la retórica de bootstraps (hacer algo sin ayuda de nadie). No es ciencia espacial y ciertamente no es psiquiatría moderna. Es sentido común.

Y es de sentido común de lo que carece este estudio. También carece de rigor. Si se plantea una solución –empoderar a todos para que puedan escalar los peldaños más bajos de la jerarquía de necesidades de Maslow (garantizar la salud de todos y proporcionar suficiente apoyo financiero para las necesidades básicas), entonces hay que explicar detalladamente y con argumentos creíbles cómo se va a conseguir llevar acabo en la práctica este ambicioso programa.

Lo contrario de la depresión, de la ansiedad, del estrés, es la paz interior –estado éste que sólo se consigue con una clara comprensión y percepción de la existencia, de su razón de ser y del objetivo final. Las sociedades occidentales cada vez están más lejos de disfrutar del aroma de esta paz, porque cada vez están más lejos de este conocimiento. El hombre de hoy ha perdido el sentido de la vida y navega a la deriva. Busca en los medios los fines, y no encuentra paz, sino desesperación.

La finalidad de esta vida es preparar la Otra. Es un puerto que no existe en este mundo. Es un puerto al que se accede con la muerte.

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