Todo lo que sabemos es falso

¿De qué nos informan los medios de comunicación, los gobiernos, los institutos de investigación? Les acusamos de mentirnos, de ocultarnos la verdad sobre la pandemia de Covid 19, de alterar los datos. Mas ¿por qué nos sorprende que nos mientan? Es lo que han hecho siempre. Nerón mintió a su pueblo e incendió Roma –audacia siempre audacia. Fuimos a la guerra contra Iraq porque falsearon la realidad y nos aseguraron, jurando sobre la santa Biblia, que estaban fabricando armas de destrucción masiva, como las que Estados Unidos utilizó en Japón, en Vietnam, en Líbano… Acusaron a Afganistán de haber perpetrado el ataque contra las torres gemelas de Nueva York –ground zero, nueva arquitectura. Nos mintieron cuando nos dijeron que eran tres en uno, de la misma naturaleza –nos quemaron vivos por ponerlo en duda.

El hombre es bueno, paciente, confiado. Ama a sus mayores, respeta a sus dirigentes, honra a sus héroes. El hombre olvida las traiciones. Ya no recuerda cómo era el mundo hace 50 años; qué noticias, qué sucesos llenaban su memoria de inquietud. Una generación, dos… y todo empieza de nuevo –los extraterrestres, los gurús de la India, el esoterismo, la parasicología… La misma historia, los mismos símbolos, el mismo encubrimiento.

Quieren nuestra consciencia, dejarnos vacíos –una carcasa rellena de chips.

Mas ahora es diferente. Vuelan sobre nosotros otros animales de carroña. No quieren nuestra carne ni nuestros huesos, no quieren nuestro intelecto –todo eso ya lo han devorado– quieren nuestra consciencia, dejarnos vacíos –una carcasa rellena de chips.

No importa que cambien las directrices, las instrucciones, los valores… Lo que importa es que no haya nadie allí para notarlo, para darse cuenta de ello, para guardarlo, para recordarlo. Qué pasará, que nos quedará, cuando ya no haya historia, cuando no haya pasado, y una música interior nos anime a caminar, y otra a matar, y otra a reunir componentes cuánticos hasta configurar un dispositivo necesario para cumplir una función que no le incumbe a nadie. Qué pasará cuando nada de lo que nos rodee nos resulte reconocible, comprensible.

¿Estamos educando a nuestros hijos para ese momento? ¿Les estamos enseñando a reconocer las fases intermedias, las fases preparatorias? Si no les damos el recuerdo, sucumbirán, seguirán felices la música que les dirija al abismo.

Quien no sea capaz de observar desde fuera de la acción el escenario que se despliega omnipotente ante sus ojos; quien no sea capaz de ser espectador consciente de serlo… será arrastrado por el tiempo, por su tiempo, hacia el olvido, sin fuerza, como un naufrago que solo desea ya sumergirse en las aguas y llegar al fondo del océano. ¿Quién podrá rescatarlo? Uno a uno… hacia el olvido.

¿No es urgente despertar? Mas despertar a ¿qué realidad? ¿Qué emoción podrá guiar a los muertos que aún siguen vivos? ¿Qué emoción podrá devolverles a la vida? ¿Hacia qué luz dirigirán sus pasos?

“No hace falta complicarse la vida. Dentro de unas pocas semanas todo volverá a la normalidad. La humanidad ya ha pasado por trances como éste”. Ya no hay humanidad, solo fantasmas, apariencias que la luz del Sol disipa cada mañana. No hay futuro. No hay más futuro que una devastadora rutina, a la que habrá que añadir ahora una mascarilla y guantes de goma.

Vimos un camino y pensamos que se traba de un camino luminoso –inmortalidad, viajes intersiderales… y ha resultado ser un camino tortuoso y nefasto al final del cual nos esperaba la infección. ¡Qué frágiles son los sueños! ¡Qué inconsistente la arena sobre la que hemos montado nuestra civilización!

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