El lado oscuro de la Luna

Nada hay nada más fascinante que adentrarse en el mundo de la locura, que indagar en los destellos de genialidad que han iluminado más de una incógnita, más de un misterio. Es un fenómeno que, a menudo, va asociado a los filósofos y a los poetas, a los visionarios que sólo a través de la locura se les permite decir la verdad. Es la parte romántica de este devastador proceso que acaba degradando al hombre.

No es algo nuevo, sino contemporáneo del ser humano casi desde su origen. Sin embargo, no resulta fácil definir qué pueda ser la locura, por qué enloquece el hombre. No obstante, si descartamos todos los casos en los que este fenómeno se produce como resultado de una malformación cerebral o de una crisis prolongada, podremos definirlo en su forma real, como algo externo que interactúa con nosotros y trastoca el normal funcionamiento de nuestra estructura intelectual.

Una primera aproximación a la locura podría ser el hecho de que se produzca una dislocación en el patrón lógico espacio-temporal que se mantiene constante en nuestra memoria. Cuando salimos de casa, siempre nos encontramos con un pequeño jardín enfrente de la puerta, una plaza un poco más adelante, una carretera… esta imagen está en nuestra memoria y cada vez que salimos de casa con encontramos con ella. Mas qué sucedería si un día al abrir la puerta nos encontrásemos con un mar. La imagen espacio temporal que se mantenía intacta en la memoria, desaparece, y es sustituida por otra que nos resulta ilógica. Damos media vuelta para entrar en casa y tratar de componer de nuevo el escenario que se acaba de producir. Ya no hay casa. Delante de nosotros tenemos una gasolinera con un montón de vehículos y gente llenando el depósito de sus coches. Si esta situación se mantuviese durante unos días más, la locura se apoderaría de nuestra razón, y la vida, nuestra vida, dejaría de tener sentido, se convertiría en un absurdo inexplicable, en un cúmulo de situaciones laberínticas que harían estallar nuestro intelecto.

No obstante, todos podemos entender que ningún individuo ha tenido nunca esta desoladora experiencia. Y, sin embargo, la locura existe. Debe haber, por lo tanto, un nivel más profundo en la memoria que guarde otra imagen, asimismo lógica, que necesitamos recordar para mantener la cordura, para mantener una cosmovisión sana y coherente con nuestra propia estructura intelectual y racional.

Esta estructura más profunda es, al mismo tiempo, la que sostiene a todas las demás, lo que significa que, si falla, se irán cayendo, desconectando, el resto de estructuras lógicas. Ya hemos dicho que el ser humano necesita tener una imagen constante de la realidad que se corresponda con su experiencia cotidiana. Pero esa imagen forma parte de otra más amplia que abarca la existencia en tanto que fenómeno que necesita de una explicación que no altere nuestra comprensión lógica de las cosas. Si veo un reloj abierto y contemplo su mecanismo, muy probablemente no entienda cómo funciona, cómo se han fabricado las piezas que lo componen. Mas si alguien me dice que ha sido un relojero experto quien lo ha montado, no encontraré en ello ningún escándalo lógico. De la misma forma, no entiendo cómo llegó a ser este universo, pero me resulta lógico entender que ha habido un diseño previo a su existencia. Por lo tanto, la lógica no tiene nada que ver con el conocimiento. La ley de entropía puede explicarse con fórmulas extremadamente complicadas que no entendemos, pero el principio base sobre el que se sustenta es lógico y observable –la energía tiende a igualarse. Si sacamos un vaso de leche del frigorífico que estaba a 30 C y lo dejamos en la cocina, cuya temperatura es de 200 C, al cabo de unas horas la temperatura de la leche se habrá igualado con la de la habitación. Lo contrario sería inadmisible si no hay una causa adicional que lo explique. De la misma forma, si tiramos un vaso de cristal al suelo, se hará añicos. Si ahora cogemos todos esos trozos y los tiramos de nuevo al suelo, no volverán a formar el vaso completo de antes. Por lo tanto, hay una perfecta afinación entre los fenómenos que observamos cada día y nuestra propia estructura lógica.

Hay un nivel que la educación científica occidental ha tapado con tecnicismos e hipótesis inverificables…

Sin embargo, hay un nivel que la educación científica occidental ha tapado con tecnicismos e hipótesis inverificables hasta el punto de no ser recuperable por la memoria. Esa profunda estructura lógica que nos recordaba cómo fue el origen de la existencia, su razón, su finalidad, la geografía post-mortem y post-resurrección, se ha eliminado de nuestros sistemas educativos que se han centrado, exclusivamente, en tratar de explicar el medio, sin origen ni final –se trata de vivir de la mejor manera posible (un concepto totalmente subjetivo) el tiempo que permanezcamos en la Tierra.

Sin embargo, esta propuesta va en contra de nuestra estructura lógica universal –algo complicado necesita tener una función. Si vemos que alguien utiliza una cámara de fotos altamente sofisticada como pisapapeles, nos resultará ilógico, aberrante, incomprensible, ya que ese aparato tiene una función mucho más complicada que la de pisar papeles. Cuando observamos este universo y cómo surge en él la vida y más tarde la vida inteligente y luego la consciencia siguiendo un proceso de fases independientes de una irreductible complejidad, nuestra lógica exige una finalidad, una razón de ser de este universo y de la vida inteligente y consciente que en él habita.

Sin embargo, esa imagen se ha ido de nuestra memoria. En un momento determinado dejó de transmitirse y se borró de la pantalla. El resultado de este altercado es la locura. El hombre no puede mantener durante años el absurdo de vivir sin un sentido que esté afinado con la propia existencia. Esta complicada realidad necesita, lógicamente, una finalidad que sea lógica –si estamos vivos, por qué habríamos de morir si no hemos alcanzado un mínimo de conocimiento ni de felicidad. Sería un diseño fallido o malvado, carente de lógica. Pero lo que observamos a nuestro alrededor y en nosotros mismos no son fallos ni elementos dañinos, venenosos, malvados… sino una misericordia que abarca todas las cosas –por ello no queremos abandonar este mundo terrenal.

La gente enloquece porque no comprende lo que le está pasando. Es como si echásemos un ácido (LSD) en el vaso de una persona que no conoce esta droga ni sus efectos. Al cabo de unos minutos comenzaría a alucinar y a sentir sensaciones “ilógicas” que le harían perder la cabeza. Y eso es lo que nos pasa, que no sabemos lo que nos pasa. Y lo que nos pasa es que hemos perdido la imagen de la existencia, su origen y su final (que es el verdadero comienzo). Hemos olvidado nuestra inmortalidad, nuestra configuración capaz de transformarse y de hacernos sentir una inimaginable felicidad. Nos han condenado a morir para siempre en la más aterradora ignorancia y frustración. No nos han dejado otra alternativa a la locura que el cinismo, o el suicidio, las drogas, la obnubilación.

Es hora de rebuscar en la memoria, en la papelera de reciclaje, y rescatar la verdadera imagen de la existencia. La locura entonces será el ámbito reservado para los filósofos.

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