Cambiemos de perspectiva y volvamos al origen

Esta imagen podría corresponder al tiempo en el que se formaba la Tierra. Desde nuestra perspectiva presente no resulta difícil imaginar las siguientes fases, todas ellas lógicas y coherentes, que debieron ocurrir hasta conformar la torta terráquea tal y como la conocemos hoy.

Tenemos dos puntos A – y – B. El punto A marca el origen de la Tierra y el punto B marca nuestro tiempo presente. Como ya hemos indicado en el párrafo anterior, si nos situamos en el punto B y desde este punto tratamos de entender cómo llegó la Tierra a ser lo que es hoy, nos resultará relativamente fácil imaginar las transformaciones que ha debido sufrir hasta convertirse en el bellísimo lugar, armonioso y vivo, que todos conocemos. Y será relativamente fácil porque conocemos el final –sabemos que, equivocados o no al describir los procesos, de una masa gaseosa, liquida, incandescente… se originaron rocas, magma, agua… hasta llegar a la vida inteligente y dotada de consciencia que puebla hoy la Tierra.

Mas qué sucedería si se situase un observador en el punto A e introdujésemos dos varientes a la nueva ecuación –no existe el punto B y ese hipotético observador situado en el punto A ha perdido la memoria. ¿Cuál debería ser la siguiente fase de transformación a partir de algo como lo que aparece en la foto de arriba?

Si seguimos el desarrollo natural de esta ecuación con la variante “pérdida total de memoria”, la siguiente fase podría ser cualquier posible modificación sin un objetivo concreto. Y de la misma naturaleza serían todas las fases siguientes sin que hubiera entre ellas ninguna relación, sino, más bien, una sucesión de cambios y alteraciones debidos a diferentes fenómenos desconocidos y a otros, a leyes, conocidos. En ningún caso, sin embargo, esa serie de sucesos geológicos podría desembocar en una Tierra como en la que ahora vivimos, ya que este resultado se ha obtenido teniendo en cuenta que, fase tras fase, se debería conformar un espacio terráqueo capaz de albergar, en última instancia, vida y vida inteligente.

Si de nuevo nos situamos en el punto B, todo vuelve a ser lógico, previsible, ya que nos encontramos al final del proceso y trasvasamos a la evolución nuestro propio conocimiento que hemos adquirido en el punto B. No así desde el punto A. ¿A qué elemento rocoso, a qué vapor de agua, a qué condensación, a qué gas, a qué átomo le interesa que haya vida? Interesarse porque haya vida va mucho más allá de las características propias de la materia. Por lo tanto, a partir del punto A ninguna serie de posibles trasformaciones daría, como producto final, algo parecido a nuestra Tierra –un habitat propicio para la existencia de células, algas, plantas, animales y seres humanos. No podemos aducir que, a partir de elementos simples y sin ninguna función específica, se pueda llegar, a través de una sucesión contingente de sucesos, a elementos extremadamente complejos con una clara función a efectuar.

Situados en el punto B somos nosotros los que decidimos qué fases debe seguir la materia a partir del punto A para llegar al punto B. Sin embargo, desconocemos las verdaderas secuencias geológicas que se han sucedido hasta llegar al punto B. No son secuencias lógicas ni reales si el observador situado en el punto A ha perdido totalmente la memoria de lo que hay en el punto B. Si no hay un diseño y un plan previos para lograr que la masa amorfa del punto A se trasforme en la Tierra de hoy, con lo que se ha formado en el punto A nunca se llegaría a producir lo que hoy tenemos en el punto B. Y ello porque ninguno de los elementos amorfos que constituyen la masa del punto A piensa, se interesa, desea, planifica o diseña –el azar no puede originar, a partir de elementos amorfos, entidades complejas con una función específica. Es irrelevante las características que otorguemos a la materia –un ordenador, una cámara de fotos, una célula… no han podido producirse al azar. Todo elemento con una función concreta necesita haber sido, previamente, diseñado.

punto ab

Situado el observador en el punto A y desprovisto de cualquier tipo de memoria es imposible que llegue a imaginar el paisaje del punto B. Y ello, porque a través de una sucesión casual de transformaciones geológicas nunca llegaríamos a producir la imagen del punto B. Desde el punto de vista de la materia, ningún elemento de los que se formaron en el origen “desea” llegar a una Tierra como la que se muestra en el punto B. Mas, de nuevo, si el observador se sitúa en el punto B y contempla la configuración del punto A, trazará una línea imaginaria de secuencias que acabarán produciendo la imagen del punto B.

Si continuamos desarrollando secuencias entre los puntos A y B, llegaremos al Punto AV (aparición de la vida):

A – AV – B

punto av

Fijémonos ahora en la imagen del punto AV. Se trata de lo que se ha considerado, situándonos en el punto B, como las primeras entidades vivas, las bacterias del tipo gammaproteobacterias –organismo microscópico unicelular, carente de núcleo, que se multiplica por división celular sencilla o por esporas. De haber estado allí el observador y de haberles preguntado “¿quiénes sois?” ¿Se habrían definido a sí mismas de esta manera? Veamos esta secuencia. Estamos en el punto AV, el punto en el que aparecen las primeras formas de vida. El observador no ha logrado presenciar el paso de la materia inerte a la vida, a los primeros organismos unicelulares. Incluso situándose en el punto B este paso le resulta inexplicable y ninguna de las teorías que se han enunciado hasta ahora para explicarlo han resultado coherentes ni han conseguido sostenerse ante las críticas de la propia “comunidad de científicos”. No obstante, el observador situado en el punto AV decide obviar este problema y partir del hecho incuestionable de que, llegados a este punto, aparece la vida en la Tierra. Situado, pues, en el punto AV ¿podrá el observador imaginar las siguientes secuencias hasta llegar al punto B?

punto avb

Desde el punto AV le resultará imposible al observador imaginar la multitud de otros microorganismos, plantas y animales que poblarán la Tierra llegados al punto B. Incluso desde el punto B no podrá seguir el observador todas las secuencias. Por ejemplo, no podrá contemplar el paso de las células procariotas (las bacterias, sin núcleo) a las células eucariotas (plantas y animales) con núcleo en el que se encuentra el ADN. ¿Podía el observador desde el punto AV imaginar que harían falta células eucariotas? Sin embargo, Alguien en Su plan lo había imaginado y diseñado.

¿Por qué habrían de evolucionar las células procariotas hasta transformarse en células eucariotas? Nunca ha existido tal evolución. Las células procariotas siguen existiendo hasta hoy, hasta llegar al punto B, y, en un momento determinado, aparece la secuencia “células eucariotas” con las que poder desarrollar entidades mucho más complejas que las bacterias –plantas y animales. Las células procariotas no piensan, no desean, no tienen ningún plan… no evolucionan. Tampoco el observador lo tiene –situado en el punto AV no sabría cómo seguir. Ni siquiera tendría la sospecha de que hay un plan y de que para llevarlo a cabo harán falta las células eucariotas. Desde el punto AV nunca se podría llegar, a través de sucesivas transformaciones biológicas, a formas superiores de vida, a la producción de células eucariotas. El plan, sin embargo, siempre ha existido y se ha ido materializando, fase a fase, hasta llegar al objetivo final –la aparición de los seres humanos.

La última secuencia del proceso creador se habría desarrollado en el punto AH (Aparición de los humanos –bashar):

A – AV – AH – B

punto ah

De nuevo nos encontramos con un observador perplejo ante un mundo lleno de animales –insectos, aves, reptiles, mamíferos… moviéndose en unos hábitats de incomparable belleza, pero sin un objetivo lógico, sin una lógica que explique toda esa belleza sin ninguna entidad capaz de observarla, examinarla, analizarla… y agradecerla a su Creador, a su Diseñador, a su Planificador. Sin embargo, nuestro observador, carente de memoria, no puede imaginar si habrá otras fases, otras secuencias, y, si las hubiera, cuáles serían, qué seres vivos o de otro tipo se producirían. Nunca logrará desde el punto AV imaginar la geografía repleta de vida y, ahora, de seres humanos que observamos en el punto B.

Este observador, contemplando la Tierra y la vida que alberga, no ha reparado en el código creador que se ha utilizado hasta ahora. Su curiosidad se ha mostrado impotente a la hora de hacerle ver que todo ser vivo está constituido por células que, a su vez, constituyen el patrón universal (todo funciona como una célula). No ha podido desentrañar las secuencias genéticas contenidas en el ADN –ni siquiera ha imaginado que exista tal cosa. ¿Cómo entonces pasará del punto AV al punto AH? ¿Considerará al ser humano como un animal más? ¿Podrá darse cuenta de que esta nueva entidad está provista de consciencia y de un lenguaje conceptual a través del cual será capaz de comunicarse con su propio Creador?

punto ah2

El observador ha vuelto al punto B y parecen encajarle todas las piezas –la creación tiene ahora sentido. Todas las transformaciones geológicas y todas las innumerables entidades vivas que han ido apareciendo desde el punto A hasta el punto AH no eran, sino un bello decorado desplegado para el hombre, quien deberá, ahora, demostrar con su comportamiento si es digno de continuar el viaje existencial hacia el conocimiento y la felicidad o, por el contrario, acabará esta travesía en el fuego y el tormento eternos.

El hombre no ha diseñado esta creación, tampoco el azar o la casualidad…

El hombre no ha diseñado esta creación, tampoco el azar o la casualidad. Si nos colocamos en el punto A, nunca daremos con el punto AV; y si nos colocamos en el punto AV, nos resultará imposible imaginar el punto AH y el punto B. Lo que nos lleva a creer en la evolución y en que las fases sucesivas de creación son lógicas y predecibles para el hombre es nuestra perspectiva al situarnos en el punto B, en la última fase de la creación.

Ahora, desde el punto B y después de habernos situado en los puntos A, AV y AH podemos seguir produciendo teorías biológicas y geológicas que no explican nada y que son constantemente substituidas por otras, o podemos claramente penetrar en la estructura interna de la creación y comprender que, antes de su venida a la existencia, había un plan, un diseño, y la firme voluntad de manifestarlo, fase a fase, hasta llegar a la entidad hombre –insan.

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