¡Sálvese quien quiera!

El día 15 de diciembre ToddStarnes.com comentaba algo que a él le resultaba incomprensible:

A los niños de la escuela primaria británica Whitehall, en Essex, se les dijo que cantasen “niño Jesús” en vez de la frase “pequeño Señor Jesús” en el popular villancico navideño “Lejos, en un pesebre”. Las palabras “Jesús el Salvador” fueron reemplazadas por las palabras “Jesús el bebé”. “Nuevo Rey nacido hoy” fue reemplazado por “un bebé nacido hoy”. El villancico “Ven y únete a la celebración” también fue alterado.

Los padres acusaron a la escuela del intento de eliminar al Cristo de la Navidad. “Si solamente se tratase de un bebé llamado Jesús, no habría una celebración en primer lugar. Él es nuestro Señor, Salvador y Rey de todos los Reyes, ese es el punto”, afirmó uno de los padres.

La dirección del colegio le comentó al diario Daily Mail que la decisión de eliminar el Señorío de Cristo se tomó para acomodar al villancicoa otras creencias religiosas.

“En el pasado, no todos podían unirse a nosotros para celebrar la Navidad, por lo que hemos trabajado duro con nuestra iglesia local para garantizar que las celebraciones de este año sean accesibles a todos nuestros niños, juntos, como uno”, dijo el portavoz del colegio al periódico.

Christian Concern, un grupo británico de defensa religiosa, denunció la decisión de la escuela. “Eliminar el señorío de Cristo de la Navidad destruye la verdad del mensaje cristiano, en torno al cual toda la civilización occidental una vez basó su cultura”, afirmó el portavoz Andrea Williams.

Es un razonamiento que se suele llamar maquiavélico o kafkiano: dado que la cultura de la civilización occidental está basada, según lo afirma Andrea Williams, en el mensaje cristiano, no se puede ni debe eliminar de la Navidad la señoría de Cristo. Dicho de otra manera –si lo eliminamos, nos quedamos sin cultura y sin la civilización. Dada la gravedad del asunto, ¿no sería más provechoso saber algo más del “mensaje cristiano” y su fondo?

De hecho, no hay nada sorprendente en lo que ocurrió en Essex. Acomodar a otras creencias religiosas es algo que la Iglesia ha hecho y ha estado haciendo desde el principio mismo de su existencia –adaptarse a cualquier público, sean niños o adultos. Muy pronto las enseñanzas de Isa (Jesús) fueron transformadas para satisfacer los gustos del público politeísta o pagano para que todos, niños y adultos, participasen, juntos, como si fueran uno, en una celebración que una vez más se está transformando, o mutando, en algo totalmente nuevo. Es la continuación del trabajo de Pablo –la “roca” sobre la que ha sido construida la Iglesia. Saul de Tarso, más conocido como Pablo, nos lo explica él mismo en la Primera Epístola a los Corintios 9:19-21

Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número. Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la Ley (aunque yo no esté sujeto a la Ley) como sujeto a la Ley, para ganar a los que están sujetos a la Ley; a los que están sin Ley, como si yo estuviera sin Ley (no estando yo sin Ley de Dios, sino bajo la Ley de Cristo), para ganar a los que están sin Ley.

Pablo ponía su fe en el número –ya intuía el poder de la democracia. Es lo que se había propuesto y es lo que consiguió, y los obispos de Roma se lo deben todo. Su plan de expansión numérica la llevó a cabo siguiendo unos pasos muy determinados.

El primer paso: La “revelación”

La recibe, según la versión del Nuevo Testamento y según él mismo lo cuenta en Hechos de los Apóstoles, en la Vía Recta de Damasco, a donde iba llevando una carta de los principales sacerdotes judíos con la orden de detener a varios discípulos de Isa. Sin embargo, antes de llegar a su destino, en esa misma calle, una potente luz le cegó, derribándole del caballo. Al mismo tiempo, escuchaba una voz que se identificaba como la de Jesús, “a quien tú persigues”, y le ordenaba ponerse por “ministro y testigo de las cosas que había visto y de las que vería”. (26:14-16)

Él mismo añade (26:13) que no iba solo cuando tuvo lugar este acontecimiento que podríamos calificar, sin temor a exagerar, de transcendental:

Vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo.

Sin embargo, y a pesar de lo muy afectados y sobrecogidos que debieron quedar sus compañeros, el relato de Pablo es el único que nos ha llegado. Nada sabemos de la identidad de los que supuestamente iban con él –son mudos personajes de cuya existencia real no tenemos noticia alguna. Al mismo tiempo Pablo confiesa en la Segunda Epístola a los Corintios (12:1-5) que no está seguro de cómo, exactamente, ocurrió el acontecimiento en el que ha basado todas sus enseñanzas:

Conozco a un hombre en Cristo, que hace catorce años (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) fue arrebatado hasta el tercer cielo. Y conozco tal hombre (si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe) que fue arrebatado al paraíso, donde oyó palabras inefables que no le es dado al hombre expresar. De tal hombre me gloriaré.

Queda claro en este párrafo que tanto la fuente como el tema de la revelación que supuestamente recibe Pablo son dudosos para él mismo.  Y sin embargo, Pablo espera que sus seguidores le crean incondicionalmente y se enfada con los que siguen a los discípulos –los que, al contrario que él, sí conocieron a Isa y convivieron años con él. Cada vez más predicaba una doctrina que no solamente difería, sino que incluso contradecía lo que los discípulos habían escuchado del Maestro. A todo esto Pablo tenía una respuesta, la que repite en su Epístola a los Gálatas (1:11-12)

Os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo.

De no haber sido por el apoyo que Pablo recibió de Bernabé, los seguidores de Isa lo habrían expulsado de su comunidad sin dudarlo un solo instante, pero la confrontación y luego el conflicto eran inevitables.

El segundo paso: La separación

Fue Pablo quien más insistía en la necesidad de llevar el mensaje de Isa a otras tierras. Bernabé fue a Tarso y trajo a Pablo de vuelta a Antioquía. Fue recibido en Antioquía por los discípulos con la misma frialdad con la que le habían recibido los de Jerusalén. Una vez más, gracias a la intervención de Bernabé, Pablo fue aceptado en la comunidad. Finalmente, Bernabé y Pablo, acompañados de Marcos, sobrino de Bernabé, partieron hacia Grecia en su primer viaje misionero. Los griegos adoraban a una infinidad de dioses y no les importaba aumentar su número, pero se oponían a la afirmación de la Unicidad Divina que negaba cualquier otro objeto de adoración. Pronto resultaría evidente que Pablo estaba dispuesto a comprometer y acomodar las enseñanzas de Isa para lograr que fuesen aceptadas por el “número”. Bernabé no pudo tolerar esa forma de proceder. El resultado de este conflicto lo vemos en Hechos de los Apóstoles (15:39-40)

Y hubo tal desacuerdo entre ellos, que se separaron el uno del otro; Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre, y Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor.

Pablo se iba desviando cada vez más de las enseñanzas de Isa, poniendo el énfasis en la figura de Cristo. De esta manera justificaba y elevaba lo que él predicaba, manteniendo que el origen de su conocimiento estaba en una revelación directa de Cristo y que por lo tanto había sido investido de autoridad Divina. Al mismo tiempo insistía en la idea de que la Ley de Musa no sólo era innecesaria, sino además contraria a lo que Dios le había revelado. En su Epístola a los Gálatas (3:13) lo dice claramente:

Cristo nos redimió de la maldición de la Ley.

Con la confirmación por parte del “Señor” de que –a pesar de haber vivido Isa rodeado de fieles discípulos, a los que en numerosas ocasiones les había otorgado un alto rango en la Tierra y en los Cielos– será él, Pablo, el depositario del Mensaje Divino, de su correcta comprensión y el encargado de llevarlo a toda la humanidad. Con estas credenciales se presentará ante los seguidores del Maestro con la nueva creencia, la que le ha sido entregada personalmente y en secreto, desde el Ghaib (lo Oculto), por el “Señor”. Las enseñanzas de Pablo lograron cambiar completamente la figura histórica de Isa.

En la epístola de Pablo a los Gálatas vemos que esta disputa va a continuar hasta la escisión de la comunidad de los seguidores de Isa en dos grupos: los paulistas, es decir, los seguidores de lo que predicaba Pablo, basada en la deificación de Isa y en la sustitución de la Ley Divina por la fe; y los seguidores de la auténtica enseñanza de Isa, transmitida y defendida por sus principales discípulos –Pedro, Bernabé y otros. Este dilema lo resolverá Constantino al dar poder absoluto a la Iglesia católica –paulista– y al perseguir a muerte a los arrianos, a los donatistas y a otros grupos que negaban la deidad de Isa y la Trinidad.

El tercer paso: El encubrimiento

El mensaje de Isa no iba dirigido a la humanidad de forma indiscriminada. Tal como lo afirma en el Evangelio según Mateo (15:24) había sido enviado a “las ovejas descarriadas de los hijos de Israel”. Fue el último toque de atención, la última advertencia a la clase sacerdotal judía. El último mensaje, el que sí irá dirigido a toda la humanidad hasta el Día del Resurgimiento, aún no había llegado. Será el mensaje que brotará de la otra rama del tronco santo de Ibrahim, la rama ismaelita, transmitido por Muhammad.

Pablo era un político. Por medio de concesiones pretendía acomodar al mayor número posible de hombres, mujeres y niños. Así pues, por un lado, gana adeptos. Por otro lado, presenta sus enseñanzas como el final del proceso profético: ya no habrá más enviados ni libros ni revelaciones. El Hijo de Dios ha descendido sobre la Tierra y nos ha redimido con su pasión y muerte. Por lo tanto, es el mensaje de Isa, el que él, Pablo, ha traído, el último y debe ser llevado a toda la humanidad. Y esta será la “cristiandad” con la que Constantino cristianice a todo el Imperio Romano. Básicamente, la nueva fe se reduce a la salvación por la fe, quedando abrogada la Ley, tal como lo manifiesta Pablo en Gálatas 2:15-16

Nosotros, judíos de nacimiento, y no pecadores de entre los gentiles, sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la Ley, sino por la fe de Isa, nosotros también hemos creído en Isa, para ser justificados por la fe del Mesías y no por las obras de la Ley, por cuanto por las obras de la Ley nadie será justificado.

Lo cual es exactamente lo contrario de lo que afirmaba Isa (Mateo 5:17-18):

No penséis que he venido para abrogar la Ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el Cielo y la Tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la Ley, hasta que todo se haya cumplido.

Ese fue el gran trabajo de Pablo, su misión, su encomienda –separar el judaísmo del Mensaje que había traído Isa y que, de prosperar, daría al traste con la casta sacerdotal judía. Pablo derriba los dos pilares básicos de la Revelación: el monoteísmo y la Ley. Ahora Dios tenía un hijo y la fe en este hecho –totalmente absurdo e inaceptable– bastaba para salvarnos. El efecto final y diabólico será el de desmantelar la verdadera enseñanza de Isa y desacreditar el Islam. Al caer los católicos –y más tarde los protestantes– en la trampa de la Trinidad y de la fe sin ley, se estaban condenando a un futuro ostracismo y a la repulsa de la humanidad. Los judíos mantienen el monoteísmo y la Ley basados en un Libro Revelado, la Torá. Y lo mismo sucede con los musulmanes, quienes proclaman el tawhid (la Unicidad absoluta de Allah) y la necesidad de seguir los preceptos contenidos en la shari’ah (Ley Divina), basado todo ello en su Libro Revelado, el Corán. Los cristianos, en cambio, tienen ahora frente a sí la imposible tarea de rectificar el absurdo de la Trinidad y paliar su orfandad legislativa.

Y todo esto (y mucho más) merece la pena saber cuando nos enfrentamos a un suceso como el que describe Todd Starnes. No se trata de cantar villancicos o de invocar al “Salvador”, sino de saber a quién seguimos.

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