Políticamente correcto, objetivamente indigno

Hace varios días leíamos unos comentarios sobre uno de los temas recurrentes con los que suelen jugar, a falta de otros, los “filósofos” europeos –lo desafortunado que resulta lo políticamente correcto. En este caso, se trata de Slavoj Zizek, un sociólogo ateo de origen eslovaco, inmensamente popular gracias a sus excentricidades que tanto gustan a los que no están dispuestos a confrontar sus vidas con otra realidad que no sea la que les dictan los medios de comunicación occidentales.

Se trata de dilucidar el mejor método para relacionarse con el racismo –cómo disimularlo, cómo hacerlo socialmente tolerable y políticamente correcto, ya que, de ninguna de las maneras se podrá eliminar.


Nadie quiere, en realidad, ir al fondo del problema…


Nadie quiere, en realidad, ir al fondo del problema, a sus raíces y arrancarlas o quemarlas, pues la supremacía del hombre blanco sobre todos los demás es incontestable. Por una parte, el racismo está justificado –la superioridad tecnológica, militar y económica de las naciones blancas avalan esta posición; por otro, deberíamos mitigar tan humillante realidad tratando a los negros, por ejemplo, de forma que no se sintieran tan negros, o de forma que ser negro no les pareciera un destino tan terrible.

Ante este estado de cosas, a todas luces mezclado con la más estúpida hipocresía, Zizek propone relacionarse con el otro a través de chistes obscenos sobre uno mismo y sobre nuestro interlocutor, como la mejor forma de romper el hielo y normalizar la situación.

Zizek detesta este tipo de situaciones en las que un blanco se encuentra con un nigeriano y no se le ocurre otra forma de empezar una relación con él, políticamente correcta, que preguntarle: “¿Cómo es la cultura en Nigeria? ¿Qué tipo de comida es la más popular en tu país? ¿Qué soléis hacer los fines de semana?” De esta forma, nos vamos distanciando de nuestro interlocutor, generándose odio y resentimiento, pues está claro que algo estamos ocultando con esas estúpidas preguntas –nuestro desprecio por los negros.

Para ilustrar esta idea nada mejor que una escena que presenciamos hace años en París. Se había producido un pequeño altercado entre dos conductores que a punto estuvieron de chocar. Uno era argelino y el otro un negro de alguna de las muchas colonias francesas en África. Este último, visiblemente molesto, le espetó al otro conductor: “Sale arabe” (sucio árabe), que era, en los años 80, la fórmula por excelencia que se utilizaba para definir a los magrebíes, y que estaba escrita en las paredes de casi todas las estaciones de metro de Francia. El argelino, a punto de estallar de ira, le respondió: “¡Va chercher tes bananes! (¡Anda, vete a buscar tus bananas!). A los pocos segundos ambos se echaron a reír y se despidieron como si nada hubiera pasado. No nos cabe la menor duda de que esta forma de reaccionar es mucho más sana y natural que cualquier otra que hubieran utilizado, dejándose llevar por lo políticamente correcto.

Sin embargo, y a pesar de todo, tanto lo que propone Zizek como la hipócrita forma de tratar el problema desde la perspectiva de las sociedades occidentales post-modernas, están encubriendo una realidad que sobrepasa el mero hecho del racismo.

Aquí el asunto es: ¡Qué demonios hace un argelino en París! ¿Para que lucharon sus padres y sus hermanos contra los franceses con un saldo total de 6 millones de muertos? ¿Por qué después de aquella terrible contienda los jóvenes, y no tan jóvenes, argelinos emigraron en masa a Francia? Esto a Zizek le tiene sin cuidado, pues él es ateo y lo único que le importa es pasarlo lo mejor posible mientras transita por este bajo mundo. Sin embargo, a nosotros, es lo único que nos importa. Podemos hablar con un argelino a lo Zizek o preguntarle por la cultura de su país, pero en ambos casos el inquietante escenario de cientos de miles de argelinos huyendo de su país hacia Francia, España, Italia… hacia cualquier nación lejos de Argelia, seguirá horadando nuestro cerebro sin que podamos encontrar una respuesta lógica que racionalice tan perturbadora actitud.

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No obstante, algo podemos dilucidar desde nuestra perspectiva de hoy. Aquella guerra de “liberación” estuvo motivada, para la gran mayoría de los argelinos, por un mero sentimiento nacionalista. ¿Qué hubiera pasado si, en vez de huir de Argelia, todos esos jóvenes se hubieran quedado y, hombro con hombro, hubieran reconstruido su país y hubiera hecho de él la casa del Islam, un verdadero hogar para los creyentes? Entonces sí que habrían derrotado y humillado a Francia.

Luchaban por defender el orgullo patrio, pero eso no basta como cuartada atea. Lo que había en los corazones de la mayoría de ellos era un inmenso amor por la vida de este mundo. La Otra había quedado sepultada por el glamour de occidente, de París… por las enormes perspectivas que se abrían, ahora, de un prometedor futuro –estudios universitarios, trabajos bien pagados, ahorro, coches, casas, ropa elegante, chicas blancas y rubias. Había merecido la pena aquel balance de muertos. Eran ahora los vivos los que se iban a beneficiar del sacrificio de sus hermanos. Esta forma de actuar nos recuerda al holocausto judío. ¿Acaso podía Francia negar la entrada a los hijos de los mártires argelinos? No tenía más remedio, ante semejante avalancha migratoria, que tomar una actitud políticamente correcta.

Sin embargo, los franceses pronto se hartaron de aquella hipócrita condescendencia y comenzaron a aparecer rótulos sobre las puertas de hoteles baratos y de pensiones: “Prohibida la entrada a argelinos”. Las paredes de las estaciones de metro se llenaron de siniestras pintadas: “Sale arabes” (sucios árabes). Los trabajos que les ofrecía la sociedad francesa eran los más bajos y los peor pagados. Cuando presentaron su cheque sentimental, les respondieron, como siempre responde el imperio: “Roma no paga a traidores.”


No fue Francia la embaucadora, sino Iblis, el príncipe de las tinieblas…


Les engañaron, pero no fue Francia la embaucadora, sino Iblis, el príncipe de las tinieblas, quien les había cambiado el tablero de juego, susurrándoles que amaran a sus propios enemigos, que soportaran todo tipo de opresiones, pues al final les esperaba el gran éxito. Y todo lo aceptaron con ejemplar sumisión. Sin embargo, no era el éxito lo que les estaba esperando, sino inquietantes grafitis esparcidos por los muros de todas las ciudades de Francia: “SALE ARABES”

La situación actual de los magrebíes no ha hecho, sino empeorar. Ahora cruzan a Europa en pateras mientras el rey de Marruecos estrena yate nuevo, el Badis I, de 90 millones de dólares.

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A los musulmanes sunníes españoles no les parece mal la compra del Badis I por parte del monarca marroquí Mohamed VI, pues muchos de ellos reciben generosas aportaciones económicas con las que desarrollar fabulosos proyectos, todos ellos con miras a granjearse suntuosas moradas en Ajirah, tipo Badis I. No obstante, con esta compra, y a pesar de los 60 millones de euros que ha recibido del gobierno español a cambio de “regular” el tráfico de pateras, muy probablemente estos grupos de musulmanes sunníes españoles se tengan que buscar otros patrocinadores, otros emperadores decadentes, con más recursos –quizás Erdogan, quizás Trump.

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Mismo estilo, mismo corazón, mismas aspiraciones ateas, como las de los jóvenes argelinos emigrando a Europa. Son todos de la misma tribu, de la tribu que sirve al triunvirato, que sigue el glamour del triunvirato, el glamour de dunia, el glamour de este bajo mundo nuestro. La tribu de las mezquitas lujosas y de los grandes yates.

Quizás Trump construya una de esas mezquitas en Groenlandia, en medio de su zona residencial, y vengan allí los jeques del Golfo a pasar sus vacaciones espirituales, a surcar el gélido hielo del ártico, y abandonen, por fin, las cálidas aguas de Marbella.

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