Morir antes de morir

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Habíamos decidido tirar a la basura un montón de viejas revistas cuando, al echarles un último vistazo, nos topamos con un buen número de artículos y anuncios publicitarios, entre sugerentes y repulsivos, que nos hicieron posponer aquella tarea exterminadora y guardar algunos de ellos en la carpeta de “Escarpelo”.

Para esta ocasión, nos inclinamos por una entrevista con la escritora uruguaya, Cristina Peri Rossi, que apareció en la revista “Qué leer” de junio de 2004.

Lo que más nos llamó la atención fue su respuesta a la última pregunta de la periodista Inés G. Albi:

Ninguno de tus relatos acaba bien, nunca terminan con el comieron perdices. ¿Realista o pesimista?

P.R.: Es que la vida siempre acaba mal, porque uno se muere. Soy pesimista en el sentido de que no me gusta la muerte y creo que es una gansada que, después de todo lo que pasamos, nos tengamos que morir en el momento en que a lo mejor no queremos. Ser padre y madre, traer a alguien a la vida para que se muera, me parece de una irresponsabilidad absoluta. Porque la gente se pone muy contenta cuando tiene un hijo, pero oiga, se trata de un ser que va a vivir para morirse. Sin embargo, dentro de esto que es inevitable y es así, yo creo que soy optimista porque te estoy diciendo, a los 62 años, que lo más importante es el amor. Y si creo en las relaciones humanas, es porque me interesa todavía la pasión y eso me parece que mantiene viva a la gente. Borges decía que hacía un buen poema cuando le transpiraban las manos, cuando se emocionaba. Ahí creo que está la verdadera juventud, en la posibilidad de seguir emocionándose.

la vida siempre acaba mal, porque uno se muere.

¡Qué grave y triste error pensar que la muerte sea un mal! ¡Qué mutilación, también! La vida cobra significado al unirse con la muerte. En ella, precisamente, está el secreto y el sentido de nuestra existencia, y dudamos que uno pueda realmente sentir pasión sin tomar consciencia de ello, sin reflexionar constantemente sobre la muerte que, como todo el mundo sabe, puede llegar en cualquier momento. ‘Ali decía: moriremos como hayamos vivido, y resucitaremos como hayamos muerto. Perfecta conexión. Subyugante interacción –morir para seguir viviendo… pero ¿cómo?

es una gansada que nos tengamos que morir en el momento en que a lo mejor no queremos.

¡Qué terrible es convertir nuestra vida y nuestro pensamiento en una mera pose estética! Seguimos prefiriendo el sarcasmo y la ironía a la reflexión. Cristina, a pesar de estar ya en los 60 bien cumplidos, no se cree totalmente su muerte, le parece lejana, ajena a su fama, a sus pasiones, pero cuando le empiece a subir por los talones y se detenga un instante en la garganta, quizás entonces le parezca que “gansada” no es la mejor palabra para definir el terror que siente al comprender, de un solo golpe, que se va y que no sabe a dónde; que nada de lo que ha escrito y declarado en entrevistas como ésta le va a servir cuando se quede inerte sin vivir ni morir.

No parece que haya reflexionado mucho sobre el hecho de que tampoco le han preguntado si quería venir a la vida, pero esto no le resulta un gran inconveniente, incluso le agradaría ser inmortal, por falta de reflexión más que por tener un plan a largo plazo. En cualquier caso, llegamos al famoso callejón sin salida, por no decir a una gansada. ¿No es verdaderamente intrigante el hecho de que los dos acontecimientos realmente transcendentales de la vida, a saber –el nacimiento y la muerte– ocurran sin que tengas en ellos otra parte que la de objeto pasivo? ¿Acaso no merece la pena investigarlo?

Ser padre y madre me parece de una irresponsabilidad absoluta.

Inferimos que la única gente responsable en su opinión es la que ha logrado evitar ser padre o madre, para de esta manera llegar de nuevo al susodicho callejón –a que la humanidad desaparezca de la superficie de la Tierra por falta de padres e hijos y que, de esta manera, puedan reinar en ella la paz y los dinosaurios; eso sí que es una gansada.

… te estoy diciendo, a los 62 años, que lo más importante es el amor.

¿Y qué amor es más bello e intenso que el de los padres hacia sus hijos y viceversa? Por el contrario, los amores de sus relatos, según nos advierte la entrevistadora, siempre acaban mal. Su ligereza intelectual tiene, necesariamente, que reflejarse en sus libros, y la característica más sobresaliente de la levedad psíquica es la falta de responsabilidad y de determinación –dos armas para saber vivir y saber morir.

… me interesa todavía la pasión y eso me parece que mantiene viva a la gente.

Lo que mantiene viva a la gente es la pasión por tener una buena jubilación, por irse de copas o de compras, por enchufarse a algún aparato que emita imágenes o ruidos, y cosas por el estilo. ¿Qué pasión resistiría más de unas cuantas semanas sin alcohol, sin restaurantes, sin moda, sin viajes, sin coca y sin engaños? Ni siquiera nos damos cuenta de lo que decimos porque todas estas drogas y todos estos estimulantes son ya nuestro decorado perpetuo.

Ahí creo que está la verdadera juventud, en la posibilidad de seguir emocionándose.

Todo el mundo repite las mismas sandeces sin que nadie haya dedicado cinco minutos a reflexionar sobre el tema. Ocurrió con “juventud, divino tesoro”; ha sido durante siglos la cantinela de occidente, cantinela que todo el mundo ha asumido como su divisa existencial más preciada. De esta forma, alguien con un pie en el otro mundo, está orgulloso de sentirse joven. ¿Y qué hay de maravilloso en la dichosa juventud? Un periodo de vida en el que no se es niño ni adulto; en el que todo es un problema y nada está claro; en el que el cuerpo y la mente cambian vertiginosamente sin nadie que nos pueda guiar. La juventud no se emociona. La juventud se pone histérica, o se emborracha, o hace puenting. Hasta no hace mucho, las personas más respetables de cualquier sociedad equilibrada eran los ancianos, los mayores, los sabios. Eran sabios porque habían dejado atrás el amor y la pasión; sabían perfectamente en qué acaban los frenesís. Quizás no añoraban la muerte, pero al menos no la temían. Hoy, el mundo gira alrededor de los bebés y los quinceañeros, y quizás por eso haya dejado de girar. Los mayores, los sabios, los ancianos, se llaman “la tercera edad”, o quizás sería más exacto decir “el tercer estorbo”. Por eso, intentan parecer jóvenes y poder seguir “emocionándose”, en vez de prepararse para el gran viaje que les espera y que puede empezar en cualquier momento.

Borges decía que hacía un buen poema cuando le transpiraban las manos, cuando se emocionaba.

Occidente, los griegos, siempre ha mirado a Oriente con envidia. Siempre ha querido tener su fuerza, su espiritualidad, su filosofía, su libertad. Pero lo único que ha creado ha sido una máquina de guerra. Idolatra a sus “pro hombres” para auto convencerse de su grandeza. Eso es lo que ha sucedido con Borges. Intentan hacer de él un filósofo, un pensador… a toda costa. Le transpiraban las manos como a Spinoza; pero no por la emoción –como pretende hacernos creer Peri– sino por el calor del brasero que seguramente tenía siempre encendido –como el judío portugués– debajo de la mesa camilla –ya nos lo advirtió Unamuno.

No, querida Cristina –a propósito, ya tienes 78 años– la emoción es otra cosa. Es lucidez y conocimiento cuando las pasiones encubridoras, los amores juveniles y las transpiraciones se han disipado con la luz de la certeza.

(29) Decían: “Sólo existe la vida de este mundo, y de seguro que no vamos a ser resucitados.” (30) Si vieras cuando comparezcan ante su Señor y les pregunte: “¿Acaso no es esto verdad?” Responderán: “¡Por nuestro Señor, que sí lo es!” Les dirá: “Gustad, pues, el castigo por haberla encubierto.”

Qur-an 6 – al An’am

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