Maniqueísmo e Islam

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No es fácil encontrar una religión o una doctrina filosófico-transcendental en la que no aparezca en la base misma de sus postulados el dualismo. Ya Aristóteles se dio cuenta de que en el pretendido monoteísmo de Zoroastro seguía habiendo claramente una confrontación entre dos fuerzas opuestas, de cuya lucha se originaba la trama existencial.

Si bien el maniqueísmo desarrolla este dualismo de forma más radical separando el bien del mal y dándoles un origen diferente, va a ser la simple observación tanto de nosotros mismos como de lo que nos rodea lo que nos lleve de forma natural a aceptar esta lucha de contrarios. De la misma forma que la oscuridad y la luz pugnan por imponer su dominio sin que podamos imaginar una sin la otra, así también la generosidad se enfrentará al egoísmo, lo húmedo a lo seco, hasta llegar a lo masculino y lo femenino, dualidad ésta que tanto ha inspirado a los pensadores chinos.

Este mismo supuesto va a atravesar el campo meramente filosófico-religioso para asentarse en las teorías sociales. Así, vemos como el marxismo basa su interpretación de la historia en la lucha de clases, es decir, en la lucha entre la burguesía y el proletariado. Es cierto que en el último estadio revolucionario esta lucha se unifica en la dictadura de la clase obrera, pero esto solo sucede en el papel y en la imaginación de Marx, ya que en la realidad la burguesía será sustituida por una casta burocrática, reproduciéndose de nuevo una dualidad y, por tanto, una confrontación entre las fuerzas del bien y del mal.

No parece verosímil, pues, que mientras nos encontremos dentro de esta configuración existencial pueda darse tal unificación, ya que el origen de la misma se encuentra, precisamente, en la dialéctica de los contrarios. Más aún, no puede haber movimiento sin principios que se opongan. No puede haber pares de opuestos sin que en la base de todos ellos no estén presentes y actuantes el bien y el mal.

Los propios griegos tenían esta misma concepción dual del mundo, dividiéndolo en la culta y civilizada Atenas y el bárbaro Oriente. Hoy vemos cómo esta misma confrontación, tras pasar por la dualidad ortodoxia religiosa – herejía, causa y origen de las sangrientas cruzadas, se desarrolla bajo el nombre de “choque de civilizaciones”, planteando una nueva dualidad que podríamos enunciar como religiosidad-laicismo.

No se puede establecer una ideología o unos principios morales y éticos sin que su razón de ser no se encuentre en la oposición a otros que se presentan como contrarios. De este modo, comprobaremos que toda la existencia –biológica, histórica, psicológica o espiritual– surge de una forma de dualismo.

Lo mismo va a ocurrir en el Islam, donde lo demoníaco se opondrá a lo angelical; la virtud a la corrupción; la nobleza a la tiranía, la creencia a su encubrimiento.

¿Cómo entonces podremos salvar a Dios de esta debacle maniqueísta? ¿En qué punto se situará el Absoluto en cuanto que tal y no en cuanto que la suma de todas las manifestaciones del bien y del mal? Quizás sea esta la verdadera cuestión.

Para tratar de dilucidar el problema de si el bien y el mal existen en sí mismos, independientes de la Entidad Dios, de la Entidad Ilah, Quien los observa y trata de dirigir, o si por el contrario son fuerzas que Él hace actuar siguiendo Su proyecto de creación, originando así un escenario del que podemos ser parte integrante, convirtiéndonos de esa forma en personajes, o podemos observarlo, tomando entonces la posición de criaturas.

Personaje – criatura es la verdadera dualidad que determinará nuestro devenir. Son las dos opciones existenciales posibles. El bien y el mal no serán, sino el hilo con el que se tejerá la trama de dicho escenario, de dicha representación en la que nos encontraremos atrapados en cuanto que personajes, o libres en cuanto que criaturas –más allá del bien y del mal.

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Imaginemos que nos encontramos en la sala de un cine dispuestos a ver una película de terror. La blanca pantalla comienza a colorearse y aparecen en ella imágenes con movimiento, tan perfectas, tan reales, que al cabo de unos instantes nos olvidamos de nuestra identidad de criaturas y adoptamos la de personajes, originándose dos planos de ficción. En el primer plano, nada es real, incluso desde nuestro punto de vista de personajes, ni la gente que camina y corre, ni las ciudades, ni los vehículos… Se ha generado una “sensación” de realidad al desaparecer la pantalla y surgir en su lugar imágenes que remedan escenarios conocidos, presentes en nuestra memoria (coches, edificios, montañas, ríos, gente…) o fácilmente comprensibles para nuestra imaginación (duendes, animales mitológicos, mares de colores…). Si la proyección es de calidad, esta “sensación” irá substituyendo, paulatinamente, a la realidad. Cerca de nosotros hay un matrimonio que también está viendo la película. Cuando aparece el monstruo, camuflado en la oscuridad de la noche y dispuesto a devorar a la protagonista, la mujer clava las uñas en la mano de su esposo, a punto ya de gritar. ¿Qué ha sucedido? ¿Acaso no sabe esa mujer que es una película, una ficción? Ha perdido de vista la pantalla y se ha identificado con las imágenes que allí se proyectan. Ha dejado de ser una criatura que observa un escenario para convertirse en un personaje inmerso en la trama. Cuando acaba la película, se siente mejor, se siente aliviada de no haber estado realmente en aquel bosque. Sin embargo, no ha hecho, sino caer en la segunda ficción –piensa que las calles por las que ahora pasea con su esposo, son reales; que el cuerpo en el que se mueve, es real. Vuelve a tomar la identidad de personaje como su identidad real. De nuevo hay una “sensación” de ser y estar en la realidad. ¿Qué haría esta mujer si de repente se les apareciera el hombre lobo? Le volvería a clavar las uñas a su esposo, a gritar y, probablemente, a desmayarse. En tanto que personaje, parece lógica su actitud, pero no así en tanto que criatura –en este caso resulta ridícula, tan ridícula como su actitud en la sala de aquel cine.

¿Cómo podría entonces abandonar ambas ficciones? ¿Cómo podría asumir su identidad de criatura, de una criatura que observa cómo observa esa criatura, que observa cómo esa criatura observa al monstruo? Recordando, nos dice el Qur-an. Cayendo en la cuenta de que hay un Creador que la ha creado, la ha conformado y la ha lanzado a la película de la existencia. Tendrá, pues, que asumir una doble identidad –la de personaje, en cuanto que deberá actuar es esta película y aceptar diferentes papeles; y la de criatura, en tanto que es consciente de que se trata de una representación en la que se le ha permitido actuar. Es un personaje consciente de ser una criatura –una criatura realizando un papel en la película existencial.

Volvamos a la sala de aquel cine donde dejamos a esa mujer con las uñas clavadas en la mano de su esposo. Ahora vemos otra escena. Ambos están relajados y esbozan una tenue sonrisa. Se miran divertidos mientras observan al monstruo clavarle los colmillos en la yugular de su víctima, que grita y se agita desesperada. Se acerca al odio de su esposo y le musita: “Qué hacemos aquí viendo esta estupidez.” Abandonan sus butacas y salen a la calle donde respiran un aire fresco, reconfortante. Esbozan la misma sonrisa que antes; la misma consciencia les alerta de estar en otra ficción. Recuerdan su condición de criaturas y se sienten aliviados. Han dejado de temer a los monstruos, a todos ellos.

¡Bendita liberación la del recuerdo!

(9) Así pues, llama al recuerdo, pues recordar beneficia… (14) Saldrá victorioso quien se purifique, (15) quien recuerde el nombre de su Señor…

Qur-an 87 – al ‘Ala

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