En las calles de Damasco no hay hombres lobos, ni siquiera en las noches de Luna Llena

Nadie puede imaginar el sosiego que reina en las calles de Damasco cuando, un poco antes del alba, los hombres se dirigen a las mezquitas para adorar a su Señor. Mezquitas esparcidas por toda la ciudad; mezquitas iluminadas de luz verde, como faros de esperanza en medio de la noche. ¿Quién puede dormir cuando el almuecín nos llama para recoger el fruto de lo que ayer sembramos? Cada día nos encontramos con una nueva cosecha, cada día más abundante. Son las únicas luces de la ciudad, y la de la Luna, que nos recuerda el tiempo, su inexorable transcurso.

Andamos, pues, entre oscuridades que se ciernen sobre nosotros en cada esquina, que inundan los callejones milenarios que parecen querer tragársenos, mas nada turba nuestro paso –en Damasco no hay hombres lobos, no se oyen sus aullidos, tan sólo el canto del gallo y los trinos de los pájaros madrugadores que, imperceptiblemente, nos alertan de que el día está a punto de romper.

No hay arañas gigantes apostadas en las azoteas ni hormigas descomunales ni gaviotas asesinas. Todo ese paranoico repertorio hollywoodense nunca ha estado presente en Damasco ni en la imaginería de sus gentes. Nada turba la serenidad de sus noches. Nadie va más allá del escenario real, cotidiano. No hay hipotecas que pagar ni créditos a los que hacer frente después de un devastador ajuste laboral. No hay SIDA que manche a sus hijos, ni drogas que se lleven su consciencia. El circuito de las mezquitas está limpio de los aullidos del hombre lobo.

El sudor recorre el cuerpo tembloroso del hombre que, al otro lado del Atlántico, ha logrado al fin reconciliar el sueño. Mas se agita, como si estuviera recibiendo descargas eléctricas; Se encoge, como si tratara de esconderse, de desaparecer para siempre. Ha llegado al paroxismo y grita aterrado:

–¡No, no, no, dejadme!

–¡Despierta! No ha sido más que una pesadilla.

–¡Despertar! No, mejor seguir durmiendo, mejor volver a las pesadillas, a las arañas envolviéndome con sus peludas patas, a las babas del hombre lobo cayendo sobre mi cuerpo atrapado entre sus garras. Mañana es el último día. Mañana lo perderemos todo, la casa… Mejor volver a las pesadillas. En ellas muero cada noche.

Los monstruos devorándole es la única paz que conoce este hombre civilizado. Si pudiera deshacerse de la intrincada tela de araña que lo tiene aprisionado. Si pudiera salir a la calle sin equipaje, sin cultura, sin anhelos de paraísos terrenales. Si pudiera abandonar esos sueños, ahora convertidos en pesadillas. Si pudiera venir a Damasco y escuchar la llamada del gallo y de los pájaros madrugadores. Si fuera capaz de dirigirse a alguno de los faros de luz verde… quizás entendería que no hay hombres lobos acechándonos en la oscuridad de la noche, sino hermanos de límpida mirada que se unen a su marcha y le saludan: “¡Que la paz sea contigo!”

Benditas noches de Damasco, noches de Luna Llena… sin arañas gigantescas, sin gaviotas asesinas… sin hombres lobos.

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