El dios Trump firma biblias – Es lo que hacen los autores

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Hay dos cosas que son genuinamente americanas –la ignorancia y la complacencia en tan abominable característica. Nadie sabe que pensar al respecto y, como siempre, es desde lo más profundo de la subjetividad humana desde donde surgen las respuestas a tan insólito y perturbador suceso.

Parece, al oírles, como si el cristianismo se acabara de inventar, como si les hubiera cogido a todos por sorpresa, a sus líderes incluidos. Hershael York, director del Seminario de Teología de la Iglesia Bautista del Sur, comentó, con la más que probable posibilidad de que la historia haya recogido sus palabras, que “aunque no tenemos una fe nacional, tenemos fe en nuestra nación y, por lo tanto, no debería sorprendernos que la gente quiera que los políticos firmen sus biblias.” Falso, mi querido Haershael, no tenéis creencia ni nación –sois intrusos, invasores, depredadores y exterminadores, y por ello vivís agitados por un torbellino de confusión que os hace decir y hacer lo que nadie más en el mundo dice y hace.

No es de extrañar si tenemos en cuenta que los “colonos” que en mal día llegaron a Cape Cod en el Mayflower eran ingleses y que ya ellos carecían de fe, de un corpus robusto de creencias basadas en la revelación divina. Eran los desdichados hijos de Enrique VIII, un adúltero que se coronó sumo pontífice de la “Iglesia de Inglaterra”, tras haber mandado decapitar al único hombre sensato de aquellas islas, Thomas More. Llevados por su fervor religioso y su irreprimible deseo de seguir los pasos de su amado Isa (Jesús), exterminaron a los nativos de aquellas tierras, robaron sus costas, sus montañas, sus desiertos, violaron a sus mujeres y asesinaron a sus hijos. Bien, pasemos esa hoja de la historia en la que sin duda han quedado impresas las huellas de algún que otro desmán, como le es propio a los seres humanos. Veamos qué tenemos ahora… Lo mismo que los colonos del Mayflower –confusión teológica e insatisfacción crónica ante la imposibilidad de disfrutar del paraíso terrenal que entre unos y otros han construido para las elites judías y sus más fieles vasallos.

Sin embargo, no parece importarles demasiado –cada día siguen pedaleando en la maquinaria USA en la que son triturados sus hijos por el bien de la nación.

Mas el cisma que se ha abierto tras la firma de biblias por parte de Trump es mucho más demoledor, ya que socava los cimientos mismos sobre los que se había levantado el trémulo edificio ontológico de valores que daban sentido a la vida de los que pedalean. Veamos por qué.

En principio, los libros los firman sus autores. No parece coherente que alguien compre el último libro de John Carrel y se lo lleve a Susan Pet para que se lo firme, pues qué tiene que ver Susan con el libro de John. En el caso de la Biblia y de Trump la disparidad es aún más insalvable. O quizás no se trate de una metáfora. Si, después de todo y según las afirmaciones de Hershael, Norteamérica no tiene una fe, una creencia religiosa, pero sí tiene fe en la nación, es posible que la firma de biblias por parte de Trump haya sido un guiño nacional: “Eh, chicos, qué tal si me hacéis dios y entonces sí que América será grande de verdad”. Según las últimas encuestas parece claro que a nivel general, una dictadura divina sería más llevadera para el mundo que las militares y económicas.

Sin embargo, hay otro factor no menos importante en todo este embrollo que es la ignorancia teológica de los occidentales en general y de los estadounidenses en particular. Trump, por ejemplo, firmó en las tapas, que es la única parte de la Biblia que ha leído en su vida, y como él, la mayoría de los “cristianos” norteamericanos. Nadie sabe lo que contiene ese libro. Nadie quiere enfrentarse a sus contradicciones, a sus incongruencias, al absurdo de llamar al Pentateuco el libro de Musa (Moisés). ¿Fue a él a quien se le reveló? ¿Fue a él a quien se le dijo “y entonces murió Musa” (Deuteronomio 34:5)? La Biblia es siempre un libro cerrado, negro, que se pone ante los testigos en los juicios para que juren por él, o para que lo firmen los presidentes norteamericanos como una clara manifestación de su investidura divina, como dignos sucesores de Enrique VIII, del adulterio, del alcoholismo, de la prostitución.

Por su parte, Bill Leonard, fundador y profesor emérito de divinidad en la Escuela de Divinidad de Wake Forest (Increíble, pero es la traducción menos extravagante que hemos encontrado) declaraba, sin ningún tipo de congestión, asma o soplo cardiaco, que Trump había firmado las biblias en una iglesia, no en un mitin político y que habría sido mucho peor si se hubiera negado a hacerlo, pues habría implicado mala educación y desprecio por la gente.

comillasAl césar lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Hace más de 2000 años que funciona la fórmula. Pero según nuestra interpretación, el César debe seguir las instrucciones de Dios, pues cómo un hombre podría entender la existencia y sus incontables interacciones mejor que Dios que es Quien la ha generado. Decir que los asuntos mundanos y entiéndase por ello la economía, la política, la sanidad, la guerra, la educación… sólo incumbe a los hombres, es un claro golpe de estado contra el gobierno de la divinidad. Esta incongruencia está en la base de todos los problemas políticos, económicos, militares… ya que la arbitraria separación entre César y Dios hace que los hombres gobiernen a los hombres según sus propias leyes, lo que a todas luces representa la mayor de las tiranías. ¿Quién es un hombre para decirle a otro hombre lo que tiene que hacer? ¿Cómo podemos obligar a los hombres a regirse por la subjetividad de otros hombres cuando existe la objetividad divina? Se quiere objetivar la subjetividad humana aludiendo a que la democracia, el sistema electoral, elimina los elementos subjetivos, pero todos sabemos que los parlamentos, los congresos, las instituciones internacionales… están llenas de la gente con menos escrúpulos de cada sociedad. Son los chacales ávidos de poder, no de juicio y misericordia, los que acceden a esas cámaras. Es la subjetividad humana la que ha creado todos los sistemas de opresión, y sólo podremos liberarnos de esas cadenas rehaciendo la fórmula que Isa nunca dijo: “Todo es de Dios y el César es su administrador”.

Nada más lejos, empero, de la voluntad del pueblo americano –entre ignorante exterminador y ávido ignorante exterminador. James Coffin, director del Consejo de Relaciones Interreligiosas de Florida, comentaba al respecto: “Se ha hablado demasiado de algo que no merece este tipo de atención.” Gravísimo error, aunque justificable cinismo –no tenemos fe, un político acusado de adulterio con una prostituta ha firmado biblias, el lema “en Dios confiamos” es un eufemismo de “en nuestros presidentes confiamos”… ¿Y dice James que el asunto no merece nuestra atención? Pero si no hay otro asunto. ¿Existe o no existe un Creador, Dios? Si la respuesta es SÍ, entonces la política con todas sus implicaciones tendrá que modelarse según lo dicte la divinidad. Si por el contrario no existe, entonces habrá que emitir otros dólares, fabricar otros lemas, eliminar la Biblia de los juramentos judiciales y, por supuesto, permitir que los presidentes, o quien así lo desee, firmen biblias o comics de spider-man.

James tiene razón o, al menos, sus razones para no querer que se airee este asunto, pues el grave problema, más grave aún que las sandeces interpretativas de los habitantes de Alabama, es que judíos y cristianos han perdido incluso el nombre de ese Creador, de ese Dios, de la misma forma que la NASA ha perdido la tecnología para ir a la Luna. ¿Cómo se pueden perder estas cosas? ¿Cómo se puede olvidar ese Nombre? ¿Amnesia, Alzheimer general? No, no es esa la enfermedad, sino la rebeldía, la manía golpista judía trasvasada a los anglosajones y de ahí al triunvirato –UK-Francia-USA. La consigna es eliminar toda autoridad. ¿Más puede haber autoridad más emblemática y odiosa que la de Dios Todopoderoso? Musa subió a la montaña para recibir las instrucciones, en cuanto que César, que administrador, de ese Dios y, mientras, los judíos organizaban la fiesta del becerro, fiesta que no ha dejado de celebrarse desde entonces –se celebra cada día en los parlamentos, en el Pentágono, en la Casa Blanca, en la sede de la CIA, en el Vaticano, en el Hayy…

Sin embargo, más terrible que haber perdido el nombre del Creador es haber perdido Su Ley, Su objetividad. No podía ser de otra forma, pues la implantación de la Ley Divina suprimiría de raíz la de los adoradores del becerro y éstos no tendrían más remedio que desmontar todas las redes ferroviarias del mundo, todas las centrales eléctricas y nucleares, todos los motores y el resto de la tecnología con la que han mantenido amordazados a los creyentes que esperaban pacientes la vuelta de Musa.

¿Cómo volverán a la Luna? ¿Qué nuevas teorías nos harán olvidar las del big bang y las de la gravedad? Mas el nombre del Creador y Su Ley no han desaparecido ni desaparecerán hasta que Sus Manos no plieguen el Sol.


(32) Ese es Allah, vuestro Señor, y esa es la verdad. ¿Y qué hay más allá de la verdad, sino el extravío? Sin embargo, la verdad os repele.
Qur-an 10 – Yunus

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