EL ÁRBOL DE LA VERDAD – Séptima Rama: El mayor espectáculo del mundo

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EL SHOW PERMANENTE AMERICANO.

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América es ante todo un show permanente. Todo y todos forman parte del espectáculo. De hecho, nada se toma es sentido literal –no hay realidad. No existe un escenario que todo el mundo vea y perciba, algo que sea ratificado por la experiencia cotidiana de una sana mayoría. Podemos decir que es una sociedad cuántica –es la subjetividad de cada uno la que produce un instante de realidad. Hay una continua dispersión. No hay conjunto, no hay red. ¿Qué es América? Una agrupación de momenta.

No obstante, a nadie le choca esta desmembración social –han crecido en el espectáculo, en las celebraciones. La sociedad americana vive en un continuo carnaval –los casino nunca cierran, Las Vegas, Reno… 24 horas, 365 días. Son nombres españoles. Toda América está llena de nombres españoles. Tampoco eso les choca. No saben de dónde vienen ni les importa no saberlo –ha empezado un nuevo espectáculo. ¡Qué interés puede tener el devenir humano, la historia, la deuda histórica! Y cuando acabe, empezará otro.

A veces hay sangre. Es la otra cara del show, uno de sus ingredientes inevitables. Mas ¿qué es un espectáculo sin sangre, sin las dramáticas imágenes de cuerpos destrozados, del tintineo de las balas chocando contra la chapa de los coches, de los muros, de los cuerpos de transeúntes que han entrado en escena en el peor momento? Los supervivientes, sin embargo, se sienten orgullosos de haber participado en el show: “Yo estuve allí”. Aún se puede dramatizar más: “Pero a mi hijo lo trizó una bala”. ¡Sublime fotograma! Un recuerdo para toda la vida.

No era una vida dedicada a la adoración del Dios Padre lo que buscaban los colonos británicos del Mayflower, sino el espectáculo, el anonimato que les ofrecía el Nuevo Mundo –irónicamente, mucho más viejo que Europa.

El ascetismo protestante funciona sólo como cuartada –los pastores son ricos y viciosos. Los colonos no huían de una Europa atea, sino de una Europa inundada de leyes, de normas… Una Europa con miles de ojos vigilantes, con policías patrullando las calles de día y de noche, con tribunales inquisitoriales siempre abiertos, siempre dispuestos a juzgar y a condenar. Había que salir de aquella cárcel de guerras y miseria, de prohibiciones y de una errónea y opresora religiosidad.

América era lo suficientemente grande como para escapar a los registros y a los catastros. El vicio necesita, ante todo, de anonimidad, de urbes gigantescas y coliseos que lo reciban. Esta es la gran promesa inscrita en el rostro andrógino de la Estatua de la Libertad: “Os doy la bienvenida al paraíso terrenal, al reino del vicio y del espectáculo.” Cada día se puede formar parte del gran show –te robaron el coche, entraste en el banco que estaban atracando, tomabas café y empezó el tiroteo, entraste en la escena de una pelea callejera o de una violación… visitas al psicólogo, terapia de grupo en algún local del Ejército de Salvación… quizás acabe todo en suicidio o en drogas –la parte oscura del espectáculo.

Mas no todo es tan extremo en el show americano, a condición de que descendamos a las zonas subterráneas. Todo allí está camuflado. Imposible adivinar desde fuera la música que anima los interiores de aquel establecimiento, o del estudio de fotografía que se esconde detrás de una puerta de garaje decorada con grafitis –“¡Ese es el gesto, muñeca! 10 millones de dólares y un cóctel con famosos en alguna mansión fronteriza –Méjico recibe bien a los forajidos con dinero, es parte del negocio.

Ya en la superficie, podemos asistir al espectáculo cotidiano, el que hizo enloquecer al taxista de Scorsese. Es la micropolítica que se expresa en los divorcios, las borracheras, los golpes, las máquinas tragaperras, los desahucios… Nada parece inquietar a la Dama del Puerto. Cuarenta millones de indigentes, de miserables anónimos, de mendigos, de pordioseros escarbando en los contenedores de basuras… También la pobreza es espectáculo cuando sale a las calles y se mezcla con reportajes televisivos. Mañana todo puede cambiar. Hay golpes de suerte. Una noche más. Quizás no hagan falta más.

Pronto comenzarán a caer las primeras nieves en Nueva York, y muchos de esos cuerpos sobre cartones ya no se levantarán cuando la porra del policía les golpee amistosamente en la pierna. Así termina el show cada día –sirenas de ambulancias, sirenas de policía, charcos de sangre, chulos recogiendo el dinero de la noche… alguien ha metido la sexta bala en el revólver.

Después llega el show de las elecciones presidenciales. Todo se regenera –nueva savia, nueva sangre, mucho estrés, discursos teatrales, golpes de efecto, efectos especiales. Hacen falta miles de especialistas, de expertos en marketing, de azafatas sin horario y sin prejuicios, espías, traidores, benefactores que sufragan parte de la campaña, del show, a cambio de leyes políticamente correctas que permitan fraudulentos negocios. La nación se viste de color. Hay música por las calles y hay optimismo –somos una gran nación. Mas no dejan la botella ni los opioides, pues la alternativa presidencial indica que “no somos una gran nación”.

No, Norteamérica no es una gran nación –es un gran circo, un gran show, un gran espectáculo –permanente, continúo.

Pudo haber sido de otra forma. Si el Mayflower hubiera llevado pasajeros de otro color, de otra etnia, de otra secta, quizás nunca habría existido el apartheid ni la segregación racial ni habría ahora dos Coreas ni millones de muertos sembrando, como semillas ensangrentadas, los campos de Europa. Aquellos colonos, los que realmente subieron al Mayflowers aquel nefasto día, llevaban consigo la enfermedad mortal, el virus asesino con el que han contagiado al mundo.

¿Quién podrá reescribir la historia si todos navegan en el mismo barco? El show continúa y nadie quiere amargarse la fiesta –con voto o sin voto habrá nuevo presidente, Casa Blanca, Capitolio, despacho oval, Pentágono y Hollywood.

También el declive imperial será visto como un espectáculo, como un drama, dentro de una estética todavía no imaginada, como el fin del mundo, pues no puede haber mundo sin Hollywood, sin la Casa Blanca, sin los marines –somos nosotros quienes hemos reinventado el mundo con un becerro de oro en el centro. Es hora, pues, de bailar, de hacer sonar los clarines, de adorar a nuestros deseos –lo que perviva formará parte de la última religión del hombre, antes de que se pliegue el Sol.

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