Al circo democrático sólo le han quedado los payasos

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La redada del 24 de enero del 2019, en la que fue arrestado el ex asesor de Donald Trump, Roger Stone, ha sido un espectáculo puramente hollywoodense. El FBI se presentó en la puerta de su casa en Florida como si se tratase de detener al delincuente más peligroso de la historia. Los agentes llegaron antes del amanecer, armados con rifles de asalto y vestidos con trajes imposible de describir… sin previo aviso. Con sus armas desenfundadas, irrumpieron en la casa de Stone en Fort Lauderdale, Florida, alrededor de las 6 de la mañana, golpeando la puerta y gritando: “¡FBI! ¡Abre la puerta!” Fue un golpe de efecto bien estudiado para los anti-Trumpistas. Un tal Roland Scahill anunciaba en su tweet del 25 de enero: “No olvidemos que los agentes del FBI que arrestaron a Roger Stone no habían recibido su paga, pero a pesar de ello hacen su trabajo, protegiendo a este país.” Increíble hasta dónde puede llegar la necedad norteamericana.

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Desde que Trump llegó al poder, el agente especial del FBI en funciones Robert Mueller ha estado investigando las denuncias presentadas por las agencias de inteligencia de los Estados Unidos, alegando que Rusia habría ayudado a Trump a llegar a la presidencia de los Estado Unidos. El arresto de Stone es posiblemente el más significativo de la investigación, sobre todo por la manera en la que se había realizado la acusación después de meses de pesquisas. Está claro que se trata de un intento de intimidación y, por lo tanto, también está claro que Mueller está al borde de un ataque de nervios. Incluso las fotos que se han tomado y las filmaciones que se han hecho de estas redadas (también requisaron material de su casa de Nueva York) por unos testigos “casuales” forman parte de la puesta en escena. Hasta ahora este asesor especial ha ordenado varios arrestos de alto perfil, pero por cargos que no tienen nada que ver con el objetivo principal de su investigación, cuyo coste, dicho sea de paso, llega ya (diciembre de 2018) a unos 25 millones de dólares según unas fuentes, y a 40 millones según otras. Según las fuentes oficiales (oficina de Mueller) –unos 17.

Stone se enfrenta a acusaciones de obstrucción de procedimientos, un cargo por manipulación de testigos y cinco cargos por declaraciones falsas. Ninguna referencia al caso que ha promovido el montaje Mueller –la intromisión de Rusia en las elecciones presidenciales norteamericanas.

El que Trump haya sido un perrito faldero de Putin puede ser tomado en serio o a broma según se lea a los partidarios de Trump o a sus adversarios, y mientras estos últimos afirman que el cerco se estrecha, los primeros aseguran que el “circo” se expande. Mueller y su equipo llevan dos años investigando de día y de noche. Arrestan a uno, arrestan a otro, los arrestados testifican (después de haber sido puestos en libertad), se les presentan cargos de varios tipos, pero ninguno relacionado con la supuesta intervención de Rusia en las elecciones del 2016. Se producen, sin embargo, y esto es lo más importante, infinidad de titulares tremendamente llamativos –calumnia que algo queda.

Dada la rocambolesca trayectoria de la investigación Mueller, los argumentos de los partidarios del presidente adquieren cada vez más relevancia. Según ellos, esta acusación es solo la última y descarada demostración de que la oficina del Asesor Especial Robert Mueller, el Departamento de Justicia y el FBI han sabido desde el principio que no hubo conspiración Trump-Putin. Y, sin embargo, conscientes de que el gobierno de Obama, el Departamento de Justicia y el FBI habían elaborado asiduamente una narrativa pública de que Trump pudo haber estado en connivencia con el gobierno ruso, han permitido que esa nube de sospecha se cerniese sobre la presidencia y los esfuerzos por gobernar de la administración Trump, sin importarles el daño que están ocasionando al país.

El alcance, desarrollo y efectividad de la investigación Mueller apuntan claramente a que es un montaje de funcionarios políticos, policiales y de inteligencia que detestan a Donald Trump. Estos sectores empezaron a “trabajar” en el momento mismo en el que se anunciaba su victoria electoral. Fueron apoyados por incontables medios de comunicación, programas de televisión, sobre todo entrevistas que se proyectan a altas horas de la noche, entre ellos cabe destacar al programa de Stephen Colbert, personificaciones de Robert de Niro y Alec Baldwin, caricaturas de James Carrey –una verdadera campaña anti-Trump, que se propuso, en vez de informar, derrocar al electo presidente Trump, y si esto no fuese posible, al menos hacerle la vida tan difícil, que se olvidase de las elecciones del 2020.

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Qué no nos engañe, sin embargo, el toque hollywoodense de todas estas actuaciones. Aquí se nos plantea algo mucho más grave –la inevitable pregunta sobre el funcionamiento de la democracia en general y la de los Estados Unidos en particular. Probablemente no hace falta recordar que este país norteamericano ha distribuido armas nucleares por todo el mundo, su propio territorio incluido, y que además ejerce un poder diplomático sobre todos sus aliados que le permite dictar su política allí donde le place. Al mismo tiempo, el Departamento de Justicia, el FBI y los medios de comunicación mainstream han hecho todo lo posible por presentar a su presidente como alguien sospechoso de traición. Así pues, resulta que hay un poder dentro de ese poder que se puede permitir el desprestigiar y derrocar a los presidentes, un poder desconocido, no elegido, pero impactante.

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¿Quién gobierna realmente en los Estados Unidos? ¿Quién puede ser un interlocutor realmente válido? Si Donald Trump ha sido elegido democráticamente y es un presidente legítimo, ¿a qué viene su persecución política que empezó ya antes de que tomara posesión de su cargo? Si es un traidor, como lo afirman sus servicios de seguridad desde el día uno de su presidencia, ¿por qué no lo denunciaron antes, durante la campaña? ¿O es que un conocido traidor puede ser candidato a la presidencia?

La democracia es un circo de payasos y este sistema hoy se está derrumbando en todos los países del mundo. Nunca en realidad se ha tomado en serio. ¿Acaso puede un voto ser igual a otro voto? ¿Puede el simple número garantizar que se trata de la buena elección? Diez millones de votantes pueden estar tan equivocados como uno si su voto está basado en la influencia demagógica de los programas televisivos y no en la reflexión y el análisis continuado de los acontecimientos diarios que tienen lugar dentro y fuera del país. Únicamente la credulidad irreflexiva de las masas avala el discurso demagógico de los candidatos demócratas.

Rostros anónimos van pasando por los despachos palaciegos. Dejan sus huellas dactilares en las inmaculadas mesas presidenciales. Su pulso cardiaco se mantiene en un ritmo estable. No hay sobresaltos –las decisiones se toman en otros despachos.

Como es habitual, la mejor forma de obligar a los conejos a volver a sus madrigueras es asustándoles. Cuando alguien plantea la inviabilidad del sistema democrático, enseguida la voz anónima de la consciencia colectiva declara: “¿Hay algo mejor?” Los conejos no deberían esconderse temerosos, sino responder alto y claro: “Sí, hay algo mejor: la responsabilidad.” Los estados democráticos se hacen cargo de todo, pero de la peor manera. ¿Cómo actuaría, qué programa aplicaría cualquier ministro de economía si estuviera en juego únicamente su dinero? ¿Cómo invertiría cualquier ministro de Obras Públicas su presupuesto si fuera su cabeza el precio por una mala gestión? ¿Qué decisión tomaría un presidente frente a una posible intervención armada en terceros países si tuviera que dar cuenta detallada de las razones para involucrarse en ese tipo de conflictos, de los gastos ocasionados, del análisis que le llevó a tomar tales resoluciones? ¿En qué aventuras militares se aventuraría un presidente que tuviera que dar cuentas ante un pelotón de fusilamiento? Sin embargo, cualquier empleado, cualquier trabajador, cualquier encargado de almacén, tiene que asumir una mayor responsabilidad antes posibles errores que un ministro o un presidente democráticos. Son ellos los que legislan y los que se encargan de emitir leyes y normas para que nunca sus acciones delictivas puedan ser castigadas. Son juez y parte en todos los conflictos y, por lo tanto, si seguimos su juego, siempre saldremos perdiendo, siempre seremos nosotros los culpables.

Debemos abandonar el sistema democrático y organizarnos en pequeñas sociedades, con plena responsabilidad. Debemos organizar nuestra economía, nuestra educación, nuestra sanidad. No importa que nuestras sociedades no sean “eficaces” –si morimos a los 50 en plenitud es mejor que morir a los 80 entubados y sin nada que de sentido a nuestras vidas. Hemos perdido de vista la propia existencia y nuestras preocupaciones son ahora pagar la cuota mensual de la hipoteca, elegir el restaurante para este sábado, llevar a nuestros hijos al psicólogo, conseguir buena coca para el fin de semana… robar, engañar, estafar, mentir… ¿Acaso no es hora de abandonar este camino, este sendero de fuego? Hay que detener esta máquina asesina que devora nuestras entrañas. Es hora de volver sobre nuestros pasos hasta llegar al punto de intercesión en el que solíamos maravillarnos y exclamar:


(191) “¡Señor nuestro! No has creado todo esto sin un propósito.”
Qur-an 3 – ali ‘Imran

¿Cuál es el propósito de esta gente? ¿Cuál es el sentido de sus vidas? ¿Acaso da sentido a su existencia pagar a una actriz porno para que acepte tener relaciones sexuales con ellos? ¿O quizás encuentran el sentido de su existencia en construirse lujosas mansiones como si fueran a ser inmortales? Esta gente es la que vota y la que gobierna, son los mismos. En el sistema democrático no hay oposición, sino connivencia, reparto, sucesión continua, alternancia. Han creado un ámbito cerrado en el que nada entra y del que nada sale. Los efectivos policiales y los ejércitos lo custodian, custodian los bancos, los grandes consorcios de poder, los parlamentos, los palacios presidenciales. El resto está fuera del ámbito, muriendo de sobredosis, cambiando de género, abortando.

¿Acaso no es hora de abandonar esta película, la más terrible de cuantas ha producido Hollywood?

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