Cómo funciona realmente la democracia – El caso francés

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Según las últimas encuestas realizadas en Francia el 75% de los electores se han posicionado en contra de Macron por estar en desacuerdo con su política. Y el mismo porcentaje está descontento con la actuación de su gabinete ministerial. La oposición, pues, a este gobierno, podríamos decir, es absoluta y parece irreversible. Sin embargo, este mismo porcentaje es el que llevó a Macron a la Presidencia de Francia y lo sentó en el Eliseo hace ahora menos de dos años. ¿Puede en este tiempo cambiar la situación hasta el punto de llevar a la opinión pública al extremo opuesto? ¿Pueden ser los supuestos errores del presidente de tal envergadura que hayan hecho colapsar la confianza del pueblo en el hombre que ellos mismos auparon al poder? ¿Tan grande es la brecha que se ha abierto entre el programa electoral de Macron y su puesta en práctica en este corto periodo presidencial? Obviamente, no. La situación económica de Francia no es peor que la de la mayoría de los países occidentales –los franceses disfrutan de ayudas sociales a la maternidad, al paro y a otras situaciones de precariedad económica en mayor grado que muchos de los países europeos. La crisis económica y social que vive occidente no es francesa, sino que tiene raíces mucho más profundas y estructurales. Las cosas no van a cambiar por un remplazo ministerial o presidencial.

La crisis que vive París y que se está extendiendo como una mancha de aceite por toda la nación, no tiene nada que ver con la economía. Antes bien, es un buen ejemplo de cómo funciona realmente la democracia.

La primera subversión que encontramos en el sistema democrático es la acumulación de significados que se le atribuye a este concepto político y que nada tienen que ver con su etimología ni con su manifestación en los acontecimientos más relevantes de la historia –democracia se ha convertido en sinónimo de libertad, justicia, bienestar, igualdad, hermandad, derechos humanos y de todos aquellos adjetivos que podríamos calificar de buenos, deseables, aceptados de forma general por la humanidad entera.

Con este subversivo cambalache semántico, la democracia asume la única posible opción política, ya que todo lo demás, cualquier otro sistema, formará parte de la historia de lo indeseable, de la tiranía y la opresión. Por lo tanto, estar en contra de la democracia significa, automáticamente, revindicar el despotismo, la arbitrariedad, el abuso y la imposición tiránica de todo tipo de yugos.

Sin embargo, la democracia, ante todo, es el sistema político que hace posible que gobierne la mediocridad más revulsiva de cada sociedad. Ello se logra a través no de la reflexión, del análisis, de la lógica y, en general, del uso de las capacidades cognoscitivas del hombre, sino del voto, de una tarjeta en la que simplemente debemos tachar Sí o No. No se le pide al votante que explique y razone el porqué de su elección, no se le pide que haga un análisis que apoye la opción que libremente ha elegido. Ello implicaría que sólo la elite podría votar, pero estas entidades no son fáciles de engañar. De hecho, es imposible engañar a la verdadera elite de un país.

El proceso, por lo tanto, de democratizar al mundo ha seguido diferentes fases hasta su completa conclusión. La primera ha sido la de eliminar a las elites, siguiendo uno de estos tres caminos –asesinato, ostracismo, acoso (puede terminar en suicidio o en soborno). De esta forma, las elites y las castas sacerdotales (las que deberían ser la elite de las elites) se han puesto al servicio del poder que, en relación directa a la subyugación de estas elites, se ha ido convirtiendo en el deep state mundial que ha operado y sigue operando desde el club Winston (Paris, London, New York), controlado por las fuerzas judías que lo manipulan desde la clandestinidad (nadie las ha elegido ni las conoce), a través de sus tentáculos visibles (presidentes de gobierno, cúpulas bancarias, instituciones científicas e ideológicas, servicios de inteligencia y otros). La segunda fase ha consistido en establecer el sistema de voto o de la mayoría –la cantidad en detrimento de la calidad. La mayoría tiene la razón, sea quien sea esa mayoría.


(170) Cuando se les dice: “Seguid lo que Allah ha hecho descender,” dicen: “¡No haremos tal cosa! Seguiremos lo que seguían nuestros padres.” ¿Incluso si sus padres no razonaban sobre aquello que adoraban ni estaban guiados?
Qur-an 2 – al Baqarah

El orden de factores en esta ecuación sí altera el producto –la mayoría sin la guía de la elite siempre se equivoca, ya que la función de la elite (los dotados de nobleza, generosidad, percepción) es interpretar la realidad y presentarla a las masas en forma comprensible, digerible. Mas ya hemos dicho que en un sistema de elección política que exija reflexión y guía de los dotados de percepción, la mediocridad nunca lograría hacerse con el poder de forma legal. Bien al contrario, necesita cambiar ese sistema por el de “la mayoría”, ya que a la mayoría se la puede dirigir fácil y rápidamente –tres artículos, un libro, dos entrevistas, una película, y la opinión pública habrá dado un giro copernicano en unas cuantas semanas. Hemos presenciado este desolador escenario miles de veces –Sadam Hussein, Sha de Persia, Bashar al Assad, Franco y muchos otros casos.

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Lo que más impresiona de este inmaduro vaivén político es el radical extremismo que expresa de forma brutal. ¿Cómo se puede otorgar la máxima condecoración del país a un presidente que 10 años más tarde y sin ningún precedente previo se le tilda de asesino, carnicero y animal? Inmadurez fatídica, pero también consecuencias del sistema democrático dirigido por la inmadura y cruel mediocridad de sus dirigentes.

Ahora le toca el turno a Macron, una marioneta más del deep state que quizás supuso que había llegado al Eliseo por méritos propios –grave error, una y otra vez cometido por las terminales del procesador central.

Macron no es mejor ni peor que sus colegas estadistas. Simplemente ha cometido la imprudencia infantil de ir por los foros europeos e internacionales diciendo que hace falta organizar un ejército europeo. La propuesta, como una brisa marina en medio de la tempestad, ha dejado insensibles a los bregados marineros de la política. La cosa no habría ido a más de no haber sido porque al deep state le ha resultado antipático este joven arrogante y presuntuoso. Prefieren cambiarlo por alguien que visite el club Winston con más frecuencia que Bruselas.

Sin embargo, nada de todo esto se refleja en los grafiti que los chalecos amarillos estampan en las paredes del Arco del Triunfo. Son cosas de las elites, y el protagonismo del pueblo, atrapado en la democracia, consiste únicamente en votar cada 4 años y manifestarse cada 20 si así lo sugiere algún versículo del Talmud.

Macron se tiene que ir porque en la maquinaria del poder los presidentes, los ministros y los parlamentos no son piezas imprescindibles, ni siquiera son importantes –en los Estados Unidos incluso los asesinan; en Suecia mataron a Olof Palme y ahora Trump ha cerrado el gobierno (y todo sigue igual).

La siguiente fase fue organizar debidamente los medios de comunicación, el arma letal más eficaz del deep state. Mientras los países musulmanes estaban ocupados en construir palacios y otras extravagancias, los grupos de presión judíos camuflados en departamentos universitarios, centros de investigación, consorcios económicos… construían el mayor, más eficaz y económico (es virtual) imperio de la historia –el control de la información. Hicieron numerosas pruebas para ver hasta dónde podían llegar en la manipulación de las masas –descubrieron atónitos que no había límites. Hoy vemos a la juventud occidental llevar vaqueros rotos tipo Cantinflas o manchados con lejía. Todo lo que presenten los medios de comunicación como socialmente bueno será aceptado de inmediato sin la menor reflexión y sin la menor guía, pues ya no hay elites –han sido eliminadas de una forma u otra.

La homosexualidad y otros tipos de anomalías son presentadas como un paso más en el devenir evolutivo del ser humano. La corriente judía informativa es imparable, irreductible. Es la corriente que está echando del Eliseo a Macron, la corriente que mueve los ejércitos occidentales de un lado al otro de la Tierra, la corriente que elige a nuestros amigos y enemigos según un nefasto y arbitrario vaivén. Es la nueva Trinidad –democracia, imperio informativo, tecnología punta– controlada muy de cerca por el ojo metafísico del Dios dinero que mira al mundo con los prismáticos de la CIA y del resto de los servicios secretos internacionales.

Posiblemente ya no haya solución para las sociedades, pero sí para los individuos:


(1) ¡Por la corriente del tiempo (2) que arrastra al hombre –insan– a la perdición. (3) Mas no así a los que creen y actúan con rectitud –se exhortan a la verdad y a resistir.
Qur-an – al Asr

 

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