EL ÁRBOL DE LA VERDAD – Sexta Rama: El inquietante relato de R. Wilson

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LOS DESPOJADORES

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Mi amigo John Mubarak me contó un día una historia que oyó de labios de Rick Wilson en un café desvencijado de Chicago que tenía un aire de vieja estación de tren abandonada.

Estaba sentado frente a una taza de café que hacía girar lentamente con sus manos. Mi amigo John lo miraba sin decir nada. Miraba con inquietud a ese hombre negro que sin duda tenía algo que decir, algo terrible que anunciar a la humanidad.

Yo tenía seis años cuando presencié aquella escena. Unos hombres tiraron abajo la puerta de nuestro apartamento. Mi madre se apresuró a coger un cuchillo de la cocina que daba al recibidor. No logró alcanzarlo. Uno de los hombres la agarró por su larga y rizada cabellera y la arrojó al suelo, mientras estampaba su puño en su rostro estarrecido. Segundos más tarde, dos de los hombres ya la habían desnudado y seguían pegándole e insultándole mientras la violaban. Yo me senté en mi sillita de enea con respaldo de madera en el que mi padre había grabado mi nombre. Más de una vez había sido mi refugio. Otro de los matones cogió a mi hermana por uno de los pies y la levantó en alto. El bebé comenzó a llorar. La puso delante de mi madre y le disparo a bocajarro. Su cuerpecito quedó partido en dos. Mi madre ya no podía gritar ni llorar –la habían destrozado. Yo seguía sentado en mi sillita de enea, con los ojos bien abiertos, contemplando la escena, aceptando cada elemento de ella, reteniéndola en mi memoria. Decidí no luchar. Cuando acabaron aquella macabra faena, uno de ellos se acercó hasta mí y me agarró por los pelos –“¡Mírame, chaval!” Yo no había dejado de mirarle. En ningún momento había bajado la cabeza. “Cuando venga tu padre, cuéntale lo sucedido”. Y todos se echaron reír. Yo seguía mirándole fijamente y fue él quien no pudo mantener fija su mirada. Salieron del apartamento como si fueran un torbellino maligno surgido del interior de la tierra.

Yo seguía mirando la escena. “No voy a llorar”, pensé, “pero tampoco voy a ser un héroe”. Era la escena de la inevitabilidad. La sangre que antes emanara fluidamente del cuerpo de mi madre y de mi hermana, se estaba ahora coagulando. Se había vuelto una substancia oscura y, aun sin tocarla, se podía adivinar su viscosidad.

Pasaron varias horas hasta que llegó mi padre. Fue a mí a quien primero dirigió su mirada. La mía no se había movido desde el mismo instante en el que me senté en mi sillita de enea. Sabía que llegaría este momento y lo visualizaba en mi imaginación una y otra vez. Por fin había llegado. Mi padre fue bajando la mirada hasta detenerla en el cuerpo ensangrentado de mi madre, de su querida esposa negra, como él, como yo, como nuestros abuelos, como nuestros bisabuelos, arrastrados, encadenados en las bodegas de los barcos que los llevarían a la tierra prometida en la que habían de morir bajo el látigo.

Mi padre se acercó hasta mí y puso sus manos negras en mis rodillas –“Vamos a sobrevivir, hijo, y te prometo que vamos a ser felices.” Por primera vez desde que los matones derribaran la puerta hice un gesto, asentí con la cabeza –“Sí, papá, vamos a ser felices”.

Salimos del apartamento llevándonos los cuerpos de mi madre negra y de mi hermana, a la que todavía no le habíamos puesto nombre. Las enterramos en un parque que había detrás del edificio, y nos alejamos de allí sin mirar atrás.

Mi amigo John comenzó a respirar más lentamente hasta el punto de que a veces le faltaba el aire. Su corazón parecía detenerse, como si también él estuviera escuchando y se hubiera olvidado de cumplir la función para la que había sido creado.

Nunca fui a la escuela. No aprendí a leer ni a escribir. No quería inmiscuirme en sus asuntos. Una vez mi padre me preguntó si quería ir a la escuela –“No, papá, no podría relacionarme con los hijos de los que mataron a nuestra familia; no podría resistir ver sus miradas asesinas también reflejadas en sus pupilas. No, papá, vayamos a ser felices.”

Un día, sin embargo, ocurrió lo que tantas veces me había anunciado mi padre que ocurriría –“Escucha, hijo. Nosotros somos un peligro para ellos, porque no participamos de sus sueños, de sus ideales, de su historia. Un día, no volveré a casa –me habrán asesinado en el camino. Es inevitable. Cuando llegue ese momento, entiérrame detrás de la casa y aléjate de aquí sin volver la mirada atrás. Pronto llegará tu turno y volveremos a estar juntos en un Jardín lleno de frutos que recorrerán ríos de cristalinas aguas.”

Yo sabía que no sería así conmigo, así de fácil, un cuchillo atravesándote las entrañas. Yo pertenecía a otra generación, quizás la más peligrosa, la que desea volver al origen. A esta generación no basta con matarla.

Rick seguía contándome su historia, mientras hacía girar la taza de café con las manos… en aquel desvencijado café de Chicago. Tenía el aire de una vieja estación de tren abandonada.

Primero envían a los carroñeros que devoran tu carne putrefacta. “Es el final”, piensas con un cierto alivio. “Aquí se acaba el sufrimiento”, pero te equivocas, no es, sino el principio de una aniquilación total programada. Cuando estos han terminado su trabajo, envían a los quebrantahuesos. Vienen en manadas y se van posando a tu alrededor, muy cerca. Te examinan y, tras un breve reconocimiento, dan principio a su tarea. Primero te rompen los huesos y luego los pulverizan con sus potentes picos. Los que se habían quedado atrás, se acercan ahora a tu desmembrado cuerpo y se tragan tus huesos pulverizados. Piensas: “Todo ha terminado. Qué más se pueden llevar.” Entonces escuchas un silbido lejano que se va acercando hacia ti como si fuera un cuchillo que gira veloz hacia su diana. No es un cuchillo, sino enormes insectos que gritan o hacen chirriar sus patas, mientras se comen tus vísceras. Las habías olvidado. Pensabas que aquel festín se acababa con los huesos. Su trabajo, lento y concienzudo, te resulta más doloroso que el de los carroñeros. “Ahora sí”, balbuceas sin aliento, sin sangre, “todo ha terminado. ¿Qué más se pueden llevar los despojadores?”Esperas expectante, temeroso, al siguiente acontecimiento. No tarda en llegar. Es ahora un viento gélido lo que te envuelve y penetra en tu consciencia aún viva. Te va helando lo que no se puede definir ni describir –congela tu “yo”, se lleva tus recuerdos, todas las imágenes, todos los enlaces con la existencia. Será mejor que no hables, que no pienses, pues el trabajo aún no ha terminado –un fuego abrasador penetra en la última estructura de tu “yo” y evaporiza tus deseos, tu último deseo. Ahora sí. Este es el final… nada, nada, nada… no han dejado nada, no hay nadie que pueda responder, nadie que pueda dar cuenta del suceso.

Así mueren los de nuestra generación. No habrá más registros ni testimonios, sólo anécdotas, anuncios publicitarios. Tú serás el último que escuche esta historia.

Rick se levantó del asiento y salió de aquel bar desvencijado de Chicago. Tenía el aire de una vieja estación de tren abandonada. Desde entonces no he dejado un solo día de contar esta historia, a unos y a otros, como te la estoy contando a ti.

Quizás no sea una historia, sino una alegoría del hombre de hoy –nuestra verdadera historia, la que nos espera en cualquier futuro al que miremos. Acaso no baste con narrarla a unos y a otros.

Habrá que escapar. Habrá que habitar las cuevas más inexpugnables, las más altas, aquellas a las que no puedan ascender los despojadores.

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