Dos propuestas sociológicas: Ayn Rand o la apología del héroe, y Theodore Kaczynski y la revolución anti-tecnología

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Primera propuesta. Ayn Rand.

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Capitalismo en su estado más puro, individualismo y egoísmo producirán los nuevos héroes ateos.

Recientemente han caído en nuestras manos dos análisis sociológicos que, al mismo tiempo, podrían tomarse como dos propuestas para solucionar el caos individual y social en el que vive la humanidad de hoy. Quizás los dos análisis más interesantes que ha producido Occidente en los últimos tiempos. Sobre todo si tenemos en cuenta que su base ideológica y económica es el laicismo (ateísmo) y el capitalismo.

El primero de estos dos análisis es el de Alissa Zinovievna Rosenbaum, nacida en Rusia en 1905 en el seno de una familia judía. Emigró a los Estados Unidos cuando tenía 20 años y Rusia se había convertido en la Unión Soviética. Allí cambió su nombre por el de Ayn Rand. Tras una breve estancia en Chicago en casa de unos familiares se trasladó a Hollywood donde trabajó como extra en diversas películas y, más tarde, como correctora de guiones. En su tiempo libre se dedicaba a escribir novelas, teatro, relatos cortos y un considerable número de artículos de corte filosófico.

Su libro Atlas Shrugged, el más influyente sin lugar a dudas, fue publicado en 1957 (se vendieron 5 millones de ejemplares) y llevado a la pantalla en formato de tres películas en 2011, 2012 y 2015, que se corresponden con los tres capítulos del libro. Sin embargo, ya en su primer trabajo importante titulado TheFountainhead (1943), Ayn Rand propone su visión del ser humano en tanto que héroe en busca de la felicidad. Y será en ese viaje lleno de dificultades y de peligros donde alcance los más grandes logros en todos los campos. No obstante, y en su propia interpretación, el hombre puede estar sujeto a un destino que invierta su proyecto de felicidad. A pesar de ello, seguirá siendo un héroe y por ello seguirá luchando para realizar su visión.

Alguien podría objetar que no hay nada nuevo en este planteamiento. Es algo que encontramos en el “superhombre” de Nietzsche o en la mitología griega. Sin embargo, Ayn Rand saca a la luz un concepto tabú en cuanto que propuesta y, por lo tanto, como algo bueno, algo deseable–el egoísmo. Dedicarse a los demás es abandonar el proyecto de desarrollar al máximo las capacidades del hombre como individuo. El egoísmo del héroe transciende la hipocresía del humanismo. Se aleja de la indolencia que genera la falsa caridad. El “héroe” en el sentido griego de la palabra es alguien que ha nacido de la unión de un ser humano y de un dios; es decir, que hay algo en él de divino, algo que transciende su naturaleza animal, incontrolada, guiada únicamente por el deseo.En este sentido, si bien de forma inconsciente, Ayn Rand intuye que en el hombre, en el insan, hay algo de divino, algo que transciende la animalidad en tanto que desconexión con la órbita divina, aunque para ella esa órbita signifique, ante todo, las más excelsas y secretas cualidades humanas. No obstante, de una forma o de otra, la divinidad –el heroísmo, la naturaleza heroica– del hombre se ha ido transportando en los mitos y, del mismo modo, se refleja en numerosas teorías filosóficas y sociológicas. Es algo que está en la memoria colectiva de los pueblos –el bashar, el primer humano, es actualizado por intervención divina en el insan, el hombre completo, dotado de lenguaje conceptual. Sin embargo, a esta realidad no llegan todos los individuos. Lo primero que observa Ayn Rand es el hecho de que la mayoría de los hombres no puedan llevar a cabo su papel de héroes –son demasiado indolentes o están faltos de iniciativa y determinación. De nuevo vemos el claro antagonismo entre la educación “heroica” y la educación humanista. Y este antagonismo se reflejará inevitablemente en la estratificación social, ya que será una reducida elite la que en realidad mueva el mundo.

La propuesta de Rand no apunta a la idea de que para que esa elite pueda gobernar sea necesario hacerse con el poder –en su caso hacerse con el gobierno de los Estados Unidos– sino a la de reunir a esa elite fuera del sistema y esperar a que éste colapse por sí solo. Una vez que el sistema haya dejado de funcionar, pues ya no recibe la energía del motor que es la elite, podrá volver y hacerse cargo de las riendas de la nación de forma natural e inevitable.

Esta es la propuesta que ofrece en la trilogía de Atlas Shrugged –John Galt, un joven ingeniero eléctrico, ha preparado un pequeño pueblo en un bellísimo valle en algún lugar de Colorado, protegido del mundo exterior por una tecnología especial que no se explica en ninguna de las tres películas ni tampoco en el libro, pero que lo hace invisible a los que están fuera de él.

Sin embargo, lo que vemos allí es una exacta reproducción de la vida de esa elite cuando estaba al otro lado y eran el motor del mundo –viven en casas lujosas, celebran fiestas, desarrollan una tecnología punta y su mayor preocupación, como antes, es la súper-producción.

Ayn Rand está diciendo a todos los atlas que soportan el mundo que se sacudan de él y se deshagan de ese fardo. No hay nada que sostener. Bien al contrario, la elite debe dejar de mantener a los gobiernos que impiden que el hombre, el insan, el héroe, pueda desarrollar su programa, sus cualidades, convenientemente.

Ayn Rand no cesa de quejarse de que los héroes y sus grandes logros nunca son reconocidos por las sociedades ni por los gobiernos, de ahí la idea de abandonar el mundo que ha generado el sistema y vivir en comunidades aisladas y secretas en espera de que caiga el sistema.

Esta teoría sólo funciona en el papel. Sabemos con seguridad que precisamente son los individuos que han conseguido los mayores logros económicos, científicos o literarios, celebridades de todo tipo, reconocidas por el mundo entero, los más vulnerables al suicidio, drogadicción, alcoholismo y alteraciones mentales.Ello es así porque mientras se persiguen esos objetivos, el hombre está convencido de que en el momento que los alcance se convertirá en la criatura más feliz de la Tierra. Sin embargo, una vez logrados resulta evidente que no eran la fuente de felicidad que él esperaba que fuesen –tan absurdo es ser rico como ser pobre, famoso como desconocido… Lo que da valor a nuestra existencia es entender que el objetivo final de esta vida radica, paradójicamente, en la Otra, más allá de la muerte, con una diferente configuración genética, y no como propone Ayn Rand: “en la persecución de la felicidad como el objetivo moral de nuestra vida, en los logros productivos como nuestra más noble actividad, y en la razón como nuestro único absoluto”.

El error de Rand no está en el planteamiento sociológico que hace de la interacción social y su relación con los gobiernos –la casi absoluta intervención estatal se ve más claramente en la segunda propuesta. El humanismo ha conseguido llevar al poder a la mediocridad –la gente más inepta ocupa los puestos más relevantes– sojuzgando a los héroes, a la verdadera elite. En los últimos decenios hemos visto en América cómo en el momento en el que alguien pasa a ser multimillonario –mafia incluida– monta una fundación benéfica o dona millones de dólares para algún fin altruista. Es la hipocresía del humanismo, pues todos sabemos que esos multimillonarios, en el mejor de los casos, han conseguido sus fortunas con el fraude y la extorsión. El héroe, en cambio, eleva a la sociedad con sus hallazgos, con sus interpretaciones de la realidad, con su guía, con su sacrificio. En la segunda película de Atlas Shrugged, hay una escena en la que uno de los industriales más importantes de Norteamérica celebra su 20 aniversario de bodas. Ha alquilado una sala en un hotel de lujo y ha invitado a numerosos amigos. A la fiesta acude un importante empresario mejicano que tiene negocios de minas y exporta carbón a los Estados Unidos. Él es uno de los que forman parte de la nueva elite que se ha ido trasladando al valle de Colorado e intenta que este industrial norteamericano dé también el paso. Se sienta en su mesa y le dice sin ningún preámbulo: “Toda esta gente que está aquí, todos estos indolentes, viven de ti. ¿Por qué lo haces?” El industrial norteamericano le responde con un cierto abatimiento: “Sí, lo sé, pero si yo no los mantuviese ellos serían incapaces de buscarse la vida.” El empresario mejicano le responde: “Sí, de acuerdo, aceptemos esta situación, ¿pero no debería haber reconocimiento por su parte? Ellos te ignoran. Sólo van a ti para pedirte dinero y si un día se lo niegas, te matarán.” El industrial norteamericano sabe que está en lo cierto, pero como en el caso de Atlas decide cargar con el mundo, por eso el empresario mejicano aviva su consciencia con una inquietante pregunta: “Si un día te encontrases con Atlas llevando el mundo sobre sus hombros y le vieras con el pecho sangrante y las rodillas temblorosas…¿qué le dirías?” El empresario norteamericano se queda pensativo y confundido. No sabe qué responder: “No sé. ¿Tú qué le dirías?” El empresario mejicano le responde lacónico y contundente: “Sacúdetelo.”

No reconocer los logros de los héroes es la forma que tienen los mediocres de satisfacer su envidia, su odio, su mezquindad. En este sentido la visión de Ayn Rand es acertada, pero no así su despreocupación por conocer la estructura completa de la existencia. ¿Quién ha diseñado esta creación? ¿Por qué hay héroes? ¿Por qué hay mediocridad? ¿Cómo has obtenido las ideas que ahora plasmas en un libro? Ayn Rand obvia todas estas y muchas más preguntas y parte, como en la teoría del bigbang, de una singularidad dada –hay una sociedad, individuos, gobiernos y héroes, veamos cómo organizamos todos estos elementos. Sin embargo, es entender el origen de esa singularidad lo que nos va a permitir entender todo lo demás. Si no sabemos por qué hay universo, inteligencia, consciencia, si no sabemos para qué existimos, por qué hay muerte, quién ha afinado esta existencia con tanta perfección… lo que hagamos en esta vida carecerá de verdadero valor e interés –seremos actores que han olvidado que lo son. De nuevo, si no existe el Más Allá, el sentido de nuestra vida desaparece y no queda, sino un devastador y corrupto absurdo.

Segunda propuesta. Theodore Kaczynski.

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You gonna listen to me, you bastards”. Kaczynski fue entregado al FBI por su propio hermano, y quizás haya sido esa la más terrible respuesta a su visión socio-política.

El Segundo análisis/propuesta viene de Theodore Kaczynski, nacido en Evergreen Park, Illinois, US, en 1942. Durante 17 años llevó a cabo una campaña de paquetes bomba dirigidos a personalidades académicas –profesores de universidad, rectores, decanos… con el resultado final de 3 muertos y 23 heridos. A pesar de que el FBI dedicó 5.000 agentes y gastó 50 millones de dólares en la operación para descubrir al autor de esos atentados, no sólo resultó infructuosa, sino que no logró conseguir ni tan siquiera una pista que pudiera conducirles hasta el misterioso remitente. Su detención se debió exclusivamente a que su hermano David lo delató y llevó a la policía hasta la cabaña en la que vivía desde hacía varios años situada a unas 5 millas de la pequeña localidad de Lincoln, en Montana.

En todos los niveles de estudios demostró ser un estudiante de excepcional capacidad, especialmente en lo que a matemáticas se refiere. Se graduó por la Universidad de Harvard en 1962 y obtuvo el doctorado en matemáticas en 1967. Más tarde trabajó como profesor adjunto en la Universidad de Barkeley, California.

A lo largo de todo ese camino académico descubrió que para desarrollar una sociedad tecnológicamente industrializada, el hombre debe sacrificar su libertad, sus aspiraciones, su necesidad de poder y de alcanzar sus logros personales, para convertirse en una simple pieza del gigantesco mecanismo que llamamos “el sistema”. En este sentido, el análisis de Kaczynski coincide plenamente con el de Ayn Rand –la mediocridad estatal esclaviza y anula a los héroes.

Así mismo, percibió que el trabajo de la mayoría de la gente no se corresponde con sus verdaderos objetivos existenciales. Los científicos están muy ocupados observando microorganismos y células con sus microscopios, realizando fabulosos descubrimientos, como ellos los llaman, pero en realidad lo único que les importa es el dinero y el prestigio. Se les ha asegurado que podrán conseguir ambas cosas si actúan acorde a las necesidades del sistema.

Algo inquietante no le dejaba vivir en paz, y los 24 años que pasó después de dejar Berkeley hasta su posterior detención los dedicó a descubrir qué era eso que estaba carcomiendo al hombre y a sus sociedades.

Quería decirle a la gente de qué se trataba, pero sabía que incluso si lograba publicar sus ideas y distribuir sus libros por toda América, no lograría influenciar a nadie, ya que su mensaje se ahogaría en el océano de noticias, ensayos, ideas y entrevistas que cada día aparecen en todos los medios de comunicación. Si alguien, a pesar de ese flujo continuo de noticias llegase a interesarse por sus ideas, pronto caerían en el olvido en el reset que cada día se produce en los main stream–¿Qué era lo que ayer resultaba tan importante, tan transcendental? Ya está olvidado. Este mecanismo de “reemplazamiento continuo” lo conocía bien Kaczynski, por ello comenzó a enviar paquetes bomba especialmente a los que tenían algún cargo en los departamentos universitarios, y continuó haciéndolo durante 17 años. Finalmente, envió una carta a los medios prometiendo que si sus ideas recogidas en un manifiesto que él tituló Industrial Society and Its Future eran publicadas por alguno de los periódicos o revistas más relevantes del país, dejaría de enviar paquetes bomba. Tras una indecisión inicial, el New York Times y el Washington Post decidieron publicar su manifiesto como un suplemento el 19 de septiembre de 1995. De no haber sido por la infame traición de su hermano, el FBI nunca habría dado con su paradero. Se declaró culpable a cambio de recibir una sentencia de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional.

En las 35.000 palabras de su manifiesto anti-tecnología propone un lúcido y claro dibujo en el que analiza cómo una sociedad industrializada está basada en y alimentada con la ausencia de libertad, con la esclavitud de la gente y su robotización.

Si Kaczynski pudiera hablar ahora con Ayn Rand, probablemente los puntos de vista de ésta cambiarían considerablemente, ya que cuando murió en 1983, la súper tecnificada sociedad americana estaba todavía en su prehistoria –no había móviles, no había internet, no había Facebook… No podía imaginarse la masacre que el deep state americano perpetró el 11 de septiembre para poder establecer un nuevo orden mundial.

En ese sentido, el análisis de Kaczynski es más profundo y acertado que el suyo. Constantemente denunció el peligro de desarrollar la ingeniería genética, algo que era prácticamente inexistente en el tiempo de Rand. No obstante, la propuesta de Kaczynski falla, lo mismo que la de Rand, en su aplicación. Su idea de una revolución contra el sistema industrial altamente tecnificado se presenta, en la misma línea que en Atlas Shrugged, no como una toma del poder político, sino como una forma de dejar que el propio sistema colapse por sí mismo. De estemodo propone, como ya lo había hecho Rand, su visión ateísta. Al final, poca diferencia habrá si cultivamos tomates genéticamente manipulados o estrictamente biológicos, ya que si volvemos a las sociedades naturales, primitivas, las fuerzas judías, las mismas que han hecho evolucionar al mundo a través de la revolución industrial y después la tecnológica, harán lo mismo con las nuevas sociedades naturales que Kaczynski piensa que surgirán tras el triunfo de su estratégica revolución.

Al igual que Rand, Kaczynski es un ateísta que, consecuentemente, no cree en la existencia del Más Allá.

Asesinó a tres personas y está sufriendo una sentencia de cadena perpetua, y todo ello para informar a la gente de la verdad que había descubierto, de su visión de las cosas. Pero si se le permitiera leer la prensa diaria de hoy, se enteraría dela amarga realidad de una ingeniería genética ganando terreno, y de una humanidad controlada y robotizada desde la cuna hasta la tumba, pero altamente satisfecha con todos los avances tecnológicos, en el nombre del progreso, del bienestar y del humanismo.

No obstante, la visión de Kaczynski desde el punto de vista de las sociedades occidentales, es correcta. Se dio cuenta de que el verdadero materialismo-socialismo se estaba desarrollando ampliamente en América y no en la Unión Soviética. Hay un espejismo que proyecta una imagen de ambas potencias cambiada. En América hay 17 agencias de inteligencia reconocidas por el gobierno que controlan cada centímetro cuadrado del país –cada teléfono, cada casa, cada oficina… El gobierno interviene en todas las operaciones mercantiles, controla lo que se exporta y lo que se importa; cada año se añaden nuevos impuestos y se colocan nuevas cámaras visibles en lugares públicos y otras que nadie ve; invade países y detiene secretamente a ciudadanos de todo el mundo, muchos de los cuales desaparecen sin dejar rastro; crea organizaciones terroristas a través de las cuales opera a su capricho; impone sanciones a sus competidores y monta escuchas a sus aliados.

En otro orden de cosas y tras la apariencia de ser un país religioso, la sociedad americana es fundamentalmente atea, pues es fundamentalmente materialista. Presenta la religión como el opio que impide que las sociedades desarrollen un sistema cada vez más tecnificado de producción, el verdadero “absoluto” de América. El concepto de igualdad ha generado una sociedad de homosexuales y lesbianas, de transexuales, dejando los hogares vacíos y destruyendo la célula familiar, pero los negros, los rojos, los amarillos e incluso algunos blancos, siguen siendo indeseables entidades que hay que extinguir o, en el mejor de los casos, utilizar como esclavos. Todos estos valores –la custodia estatal, el ateísmo y la más estricta xenofobia camuflada de igualdad– propios de la Unión Soviética, se han encarnado en las sociedades occidentales generando una devastadora esquizofrenia mercantil y social, ya que se trata de aplicar medidas capitalistas en un medio totalmente socialista.

Para Kaczynski es evidente que ha habido una izquierdización de la sociedad occidental como producto del sistema democrático a través del cual la mediocridad ha tomado el poder. Como ya hemos visto, esta mediocridad odia a los héroes y se justifica adhiriéndose a movimientos pacifistas, feministas, de protección de animales, anti-imperialistas… mostrando una clara aversión por todo aquello que se presente como fuerte y triunfante. Kaczynski denuncia constantemente en su manifiesto cómo esa izquierdización de la sociedad occidental ha generado multitud de individuos que odian conceptos como “autosuficiente”, “autodominio”,“iniciativa”, “empresario”, “optimismo”. Quieren que sea el estado quien se ocupe de todos sus asuntos, quien los proteja y dirija sus vidas. Kaczynski, claramente, está denunciando la situación que ha generado este sistema y urge a abandonarlo hasta que colapse, pero aun si fuera posible que toda la humanidad diera ese salto, el absurdo de una existencia inteligente, consciente y racional que acaba en la muerte, seguiría confundiendo al ser humano. El hombre puede alcanzar algunos de sus objetivos, pero una vez alcanzados se mitigará su emoción, su “felicidad”, y volverá al mismo estado de ansiedad en el que se encontraba al principio.

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