Si logramos situarnos fuera del ámbito de la arrogancia, ámbito que constituye una buena parte de la Nafs humana, nos aproximaremos al “origen” con cautela y humildad -como se nos recuerda en el Corán:
No los tomé como testigos de la creación de los Cielos y de la Tierra ni tampoco de su propia creación ni me serví para ello de los que extravían a otros. (Corán, Sura 18, aleya 51)
Ni los hombres ni los Yin estaban allí cuando Allah el Altísimo dio origen al universo. Ello quiere decir que no tenemos acceso al sistema operativo y que sólo podemos acercarnos a los procesos, a las operaciones, a los elementos… desde el sistema funcional. Sin embargo, cuando en el siglo XVII se estableció la Royal Society de Londres y la relación Insan–Yin se renovó con particular énfasis, dio comienzo la carrera por penetrar en el Ghaib y poder así manipular el sistema operativo de la creación. Aquellos chamanes, con Newton a la cabeza, cambiaron la alquimia y la magia por fórmulas matemáticas y físicas que torpemente copiaban de los manuscritos y libros que del Al-Ándalus, y más tarde los cruzados de Oriente Medio, habían robado a los sabios musulmanes –árabes e iranís. Había comenzado la segunda era tecnológica tras la primera de Suleyman:
Seguían lo que recitaban los shayatinesen el reinado de Sulayman. Pero no fue Sulayman quien encubrió la verdad, sino que fueron los shayatines quienes la encubrieron, enseñando a los hombres la magia y lo que se había hecho descender en Bab-il sobre los dos Malaikah, Harut y Marut. No enseñaban a nadie sus artes sin antes advertirle: “En verdad que somos una prueba, no encubras la realidad.” Sin embargo, desoyeron su admonición y aprendieron de ellos cómo separar al hombre de su esposa, a pesar de que era evidente que no podrían infringir a nadie daño alguno si no fuera por la voluntad de Allah. Aprendieron lo que les perjudicaba y no lo que les beneficiaba; y supieron con certeza que quien lo comprare no tendría parte en la dicha de Ájirah. No cayeron en la cuenta del mísero precio por el que se estaban vendiendo a sí mismos. (Corán, Sura 2, aleya 102)
No obstante, los que con más pasión y gula la desarrollan y se sirven de ella no se han dado cuenta todavía, como no se dio cuenta la gente de Suleyman, de que todo ha sido un engaño preparado por Iblis para desarrollar su proyecto de una creación sin creador. A través del humanismo, la Royal Society de Londres propagará la idea de un universo espontáneo con leyes precisas que lo rigen, y que será la inteligencia humana la que desentrañe esas leyes, las controle y de esa forma moldee un nuevo universo adaptado a sus intereses. El mismo hecho de substituir a Allah por el hombre le llevará a una inevitable necesidad de encontrar una clara explicación para todos los fenómenos que vayan apareciendo en la creación. La primera tarea será la de encontrar el origen del universo y de la vida, tarea que como la de Sísifo no ha traído, sino frustración y al mismo tiempo ignorancia de lo que podemos denominar “la verdadera ciencia”. Esa frustración y la propia rivalidad que hay entre ellos, los ha llevado a una continua revisión de todo lo formulado anteriormente. Lo importante es mantener la doctrina materialista y dar todo el poder a una bacteria interestelar o a una partícula subatómica.
No obstante, frente a las teorías cosmológicas muy en boga hasta no hace mucho tiempo, que proponían un universo originado al azar, sin ningún objetivo preciso, mero producto de un caos organizado por fuerzas operantes que habrían aparecido junto con ese caos y ese azar originadores, se han ido imponiendo muy a pesar de los propios científicos que las han formulado, otras teorías más acordes con la lógica y la experiencia cotidiana y científica. No han tocado fondo todavía, pero se van acercando poco a poco a la visión coránica de la realidad. Sin embargo, mientras no introduzcan en sus ecuaciones el factor “Allah”, los resultados serán siempre erróneos, ya que el punto crucial aquí es saber cómo pudo originarse algo a partir de nada.
La teoría del Big Bang apunta a la existencia de una singularidad primera de una densidad y temperatura inimaginables que se habría producido millonésimas de segundo antes de la explosión o expansión del universo. Esta teoría tiene tantos inconvenientes que la mayoría de los astrofísicos de hoy la rechazan, al menos tal y como fue expuesta en sus primeros años de existencia (1920 Aleksandr Friedmann, 1940 George Gamov). El problema de la singularidad inicial es obvio:
El modelo cosmológico que propone el Big Bang está basado en dos supuestos. El primero de ellos –la teoría general de la relatividad de Einstein describe correctamente la interacción gravitacional de toda la materia. El segundo supuesto llamado el principio cosmológico –constata que lo que ve un observador del universo no depende ni de la dirección en la que mire ni de su posición. Estos principios se aplican únicamente a las propiedades del universo a gran escala, pero no implica que el universo no tenga bordes, de forma que el origen del Big Bang no habría ocurrido en un punto particular en el espacio, sino más bien a través del espacio al mismo tiempo. Estos dos supuestos hacen posible calcular la historia del cosmos después de la época llamada Planck time. No obstante, los científicos todavía tienen que determinar qué había antes de ese Planck time.
(Frank H. Shu, The Physical Universe)
El físico brasileño, Juliano Cesar Silva Neves propone la supresión de un aspecto clave para el modelo cosmológico estándar: la necesidad de la singularidad del tiempo y espacio conocida como el Big Bang:
«El problema de asumir una singularidad es asumir su ignorancia. La singularidad, por encima de todo, es la total ignorancia de la física, porque la física no funciona en la singularidad».
No importa lo cerca del cero absoluto que la singularidad inicial pudiera haber estado en el tiempo (10-40 segundos), la densidad (c5/hG2 1093 gramos por centímetro cúbico) o la distancia (10−33 cm). La pregunta fundamental sigue siendo –¿de dónde surgió esa singularidad? Más aún, ¿qué había antes? La física es incapaz de explicar la singularidad y mucho menos “lo que había” antes de ella.
Tampoco la idea de una explosión o de una “tremenda expansión” parece resolver el problema. Son términos demasiado físicos, demasiado cotidianos, como para explicar “el comienzo” en un tiempo sin tiempo y en un espacio sin espacio. Por ello, constantemente se substituyen estos conceptos por otros modificando la teoría en cuestión o dando lugar a otra nueva que en muchos casos ya desde su formulación resulta inaceptable.
Pueden eludir la singularidad y aquello que la precedió en términos de tiempo y espacio. Pueden analizar el universo sin darle un comienzo determinado. Pueden seguir elaborando teorías sobre la formación de las galaxias a pesar de que después de 4.000 años de astronomía sólo conozcan el 5% de la materia que forma el cosmos. Pueden seguir hablando del método científico y al mismo tiempo rechazar las teorías creacionistas aun cuando se haya descartado el factor casualidad. Pueden hacer todo eso y más, sobre todo, porque sólo ellos tienen el micrófono y sólo ellos pueden “analizar con rigor” los fenómenos, pero eso no va a cambiar el patético hecho de que detrás de su abigarrado “lenguaje de especialistas” y su rebuscada terminología expresada en fórmulas que la casi totalidad de matemáticos del mundo no entiende ni puede seguir, no haya, sino frustración e ignorancia.
Y la razón de ello es que ninguno de nosotros estuvo allí cuando se crearon los Cielos y la Tierra. Ni nosotros ni los Yin. Por lo tanto, si queremos penetrar en el sistema operativo del universo a través de nuestras insuficientes y ontológicamente inaplicables capacidades cognoscitivas o preferimos prestar oídos a los susurros de los Yin, entidades que tampoco estuvieron en el origen, caeremos en la trampa mortal de dirigirnos hacia un lejano extravío o de intentar encubrir nuestro fracaso con falsificaciones y pactos contra natura.
En cambio, si queremos entender cómo fue ese origen a nivel funcional, hay una posibilidad de lograrlo. Para ello, deberemos dirigirnos al último texto profético revelado, ya que todos los demás han sido alterados y no contienen, sino una vaga y distorsionada aproximación a la realidad.
