El hombre ansía la inmortalidad por encima de todas las cosas. Mas cuando se le dice que la inmortalidad está junto al Altísimo, reniega y se desespera. ¿Qué es, pues, lo que busca? ¿Qué tipo de inmortalidad es la que desea?
Intenta eludir la realidad con frágiles argumentaciones, pero de sobra sabe que nada resiste en este mundo al paso del tiempo. Camina por la Tierra y contempla extensas ruinas que le hablan de un pasado glorioso, majestuoso, hoy convertido en polvo esparcido.
El pasado es una entidad muda, estéril, sin descendencia. Y pronto el futuro será pasado. El hombre asiente, resignado, a esta irrefutable realidad, pues constituye el substrato mismo de su experiencia -deterioro, envejecimiento, muerte… es lo que no ha dejado de observar desde que abrió los ojos con una incipiente consciencia. ¿Puede haber mayor locura que buscar la inmortalidad en este mundo que se devora a sí mismo? Más aún, ¿puede haber alguien en su sano juicio que desee permanecer aquí abajo por toda la eternidad?
No es un Paraíso, sino un campo de entrenamiento. Su finalidad está fuera de su propio ámbito. Lo transciende y hace inútil su permanencia en él. El hombre lo sabe más allá de todas esas frívolas expectativas de inmortalidad que le ofrecen los biólogos, pero busca algún escenario en el que deje de percibir el paso del tiempo; una forma de vida en la que el alto grado de felicidad alcanzado le hará olvidar que un día morirá. Y es aquí donde empieza su neurótica planificación existencial.
Sin duda que el dinero será uno de los pilares constituyentes de ese escenario en el que sea posible vivir un tipo de efímera -pero intensa- inmortalidad. Y este objetivo prioritario para el hombre justifica la eliminación de todo escrúpulo. En este caso el fin justificará los medios, los purificará y los redimirá. ¿Quién acusaría hoy a la familia Morgan, dueña de uno de los más poderosos bancos del mundo, de haber adquirido su riqueza con el crimen y el fraude? ¿Quién llamaría delincuentes a los Rothschild o a los Rockefeller? Todos ellos han alcanzado la inmortalidad. Perviven en sus hijos, en sus nietos, en su riqueza… por los siglos de los siglos.
A la entrada de esta o de aquella fábrica nos llama la atención un rótulo en el que se anuncia que los dueños son el señor tal e hijos o herederos. Se trata de una estirpe de hombres inmortales -el bisabuelo, el abuelo, el padre, los hijos, los nietos… ¡Quién sabe por cuántas generaciones más se mantendrá erguido este frondoso árbol! Mas 10 o 12 generaciones ya es una aceptable inmortalidad con derecho a ocupar al menos una página de la historia. La familia Trump se consolida con Donald en la presidencia abriendo descaradamente mercados para sus hijos. Y todos ellos morirán.
Mas perdura en algún rincón de su subconsciente la sensación de que se mueven en el ámbito de la inmortalidad.
¡Perdición para todo el que murmura y difama! Ese que acumula riqueza y la cuenta. Cree que su riqueza le va a hacer inmortal. ¡Pero no! Será arrojado al hutamah. ¿Y cómo podrás saber qué es el hutamah? Es el fuego de Allah encendido que examina el corazón. Se cernirá en torno a ellos en prolongadas llamaradas. (Corán, sura 104)
Sin embargo, esa raquítica inmortalidad con la que sueña la mayoría de los hombres no está exenta de sufrimiento, angustia, frustración. La sitia la enfermedad, el dolor y la apuñala la traición, la envidia, el rencor. Al final, ese hombre que corría desesperado hacia la inmortalidad como el bien más preciado, suplica ahora que la ley le permita morir, incluso sin una causa que lo justifique. ¿Qué le pasa entonces a este hombre que con las mismas ansias con las que busca la inmortalidad, busca el suicidio, el suicidio asistido? ¿Acaso no le resulta contradictorio, anómalo? ¿A qué tiene miedo? ¿Por qué aborrece la muerte?
Si fuese verdad que la Última Morada junto a Allah les pertenece exclusivamente a ellos y a nadie más, desearían la muerte. Mas nunca la desearán por miedo a las consecuencias de sus iniquidades. (Corán, sura 2, aleya 94-95)
Hoy les sellaremos la boca, y serán sus manos las que hablen, y serán sus pies los que den testimonio de sus obras. (Corán, sura 36, aleya 65)
Teme a la Rendición de Cuentas. En lo más recóndito de su corazón sabe que un día, en algún lugar, ante alguien tendrá que responder por sus acciones. Por eso busca la inmortalidad, la reencarnación, el eterno retorno. Busca separarse, distanciarse de ese día.
Sin embargo, para mucha gente tan aborrecible es morir como seguir viviendo. Y ello le lleva a adherirse a corrientes (espirituales) que le tranquilicen, que le aseguren que no habrá tal cosa como el Juicio Final; no se establecerá la Balanza ni se pesarán sus acciones. Quizás tras la muerte nos traslademos a otro universo -otro tipo de inmortalidad. Mas ¿cómo será ese traslado? ¿Sin memoria? Sabemos que no. Y angustia vuelve a apoderarse de nuestro ánimo.
¿Qué le impide a ese hombre cerrar su libro y nacer de nuevo, conociendo ahora toda la geografía post mortem y preparándose para ese viaje?
Tened por seguro que se os pedirán cuentas de cada una de vuestras obras. (Corán, sura 16, aleya 93)
