La superficialidad nos libera de la pesantez de reflexionar sobre qué habrá en las profundidades del océano, donde mora la inconsciencia. Es mejor nadar entre dos aguas; mantener la tensión entre ambas para lograr un equilibrio. Es un espacio abierto, sin horizontes, en el que la luz del sol nos hace creer que estamos iluminados. Sin embargo, es en la oscuridad, poblada de silencio, donde podemos encontrar la certitud -una visión que cuando tratamos de describirla con palabras se va descuartizando hasta desaparecer.
Se trata de dos ámbitos entre los que se mueve la existencia, separados por una inmensa masa de agua que actúa como un espeso vidrio que deforma la realidad al contemplarla desde ambas perspectivas -dos ámbitos irreconciliables, dos poblaciones, dos humanidades, que caminan en direcciones contrarias, de modo que el tiempo las va separando hasta desaparecer una de la visión de la otra.
Ha sido ese deambular por esa negligente superficialidad la que nos ha llevado a aceptar las más disparatadas propuestas explicativas de cómo se originó este universo, la vida -una vida inteligente, la consciencia… y todo ello se habría originado siguiendo una caótica sucesión de etapas evolutivas, hasta configurar un mecanismo tan complicado y tan bien organizado como la diminuta maquinaria de un reloj de cuerda. Y ello porque en esa superficie, sacudida por un tenue oleaje, nada en realidad importa.
¿Qué valor puede tener el conjunto de galaxias que pululan -“gravitacionalmente”- por un espacio cuasi infinito, frente al frescor que sentimos al chapotear en el agua del mar? ¿Por qué debería interesarnos el indagar sobre aquello que nos sacaría del hedonismo hacia el que tienden todas nuestras pulsiones vitales?
El hombre, en la superficialidad inherente a la vaciedad que conforma su naturaleza, no busca la verdad, sino la diversión, el espectáculo. Ese hombre es, fundamentalmente, un psicópata moderado que disfruta contemplando la locura del otro, su extravagancia. Solo le interesa lo chocante de la vida, de las relaciones humanas. Se apasiona por lo fantástico, por lo inverosímil, dándole más crédito que a la propia realidad que experimenta a cada instante.
Después de haber descubierto un par de ecuaciones inéditas e insólitas, le gusta gastar bromas, hacer chistes, para de esa forma desdibujar la silueta que proyecta la más seria y profunda concentración -lo más importante es divertirse.
- “Permítame que le saque una foto.”
E inmediatamente sonreímos.
Cando todo se aniquile, reabsorbido, lo último que quedará no será la consciencia, sino una superficial sonrisa -la sonrisa de los anuncios televisivos, de los anuncios callejeros. Hay que sonreír porque la vida es estúpidamente alegre –“No veo que te diviertas. Venga, hombre, sonríe. Solo se suicidan los tristes, los que no logran sonreír, los buceadores.”
Y esta posición existencial, permanente, es la que ha llevado a 350 millones de norteamericanos a aceptar que en las elecciones presidenciales tendrán que elegir entre Biden y Trump. Y como era de esperar, han optado por el segundo -tan delincuente y estafador como el primero, pero dotado de una gran habilidad para la comedia, la teatralidad… un payaso que divierte a esa humanidad que camina por la superficie del océano.
Y ello, porque Trump -ante todo- es divertido, chocante. Nos saca de la aburrida cotidianidad de los políticos que hablan con la gravedad de quien acaba descubrir un nuevo elemento químico en el universo –“¿Y qué quiere decir eso, señor presidente?”
- “Todavía no lo sabemos, pero es muy posible que este nuevo elemento nos ayude a comprender mejor cómo se originó el universo.”
Son pesadas palabras que no convienen al hombre superficial, siempre alegre, siempre sonriente, sobre todo porque los políticos graves mienten con la misma parsimonia con la que lo hacen los políticos payasos. Y todo el mundo sabe que las películas de ciencia ficción presentan una realidad imposible, pero son más divertidas que las tragedias griegas o el teatro kabuki.
Tanta superficialidad parece indicar que nos estemos acercando al final del tiempo concedido a este universo.
Y muchos individuos del ámbito superficial norteamericano se preguntan: “¿Para qué queremos nosotros Groenlandia, una tierra allende los mares, una tierra fría, helada? Quizás quiera Trump convertirla en una ‘French Riviere’, como la que piensa desarrollar en Gaza una vez haya desalojado a sus habitantes, a sus dueños. ¡Santo cielo! Quizás quiera desalojar también a los groenlandeses.”
Hacen bien en plantear esta posibilidad, pero lo más probable es que ese “shithole people” sea aniquilado al estallar un proyectil lanzado, por error, desde la base militar estadounidense que lleva décadas operando en ese témpano. La noticia podría dar cuenta de este suceso de la siguiente manera:
- “Groenlandia ha saltado en pedazos, pero ha quedado en pie la bandera estadounidense -red, white, blue.”
Así son los payasos. Así son los hombres superficiales. Así es el hombre de hoy.
