Situacionismo, un método de aproximación

Nada es lineal. Esta observación podría evitarnos una mala caída. La palabra “scan” viene del irlandés y deriva del término sánskrito “skandati”. En ambos casos el significado es “saltar”, “brincar”. Y saltar es un sinónimo de leer, pues no leemos de forma lineal, sino a saltos –de línea en línea. De la misma forma, nada en nuestro destino es lineal, continuo. Antes bien, nos movemos de una situación a otra; de un ámbito cerrado, completo, a otro. Y estos saltos provocan en nosotros una fuerte resistencia. Preferimos quedarnos en este lado del río que saltar de piedra en piedra hasta llegar a la otra orilla. No sabemos lo que nos espera allí. Nos encontrábamos bien en aquella situación. Conocíamos su geografía, las rutas, los inconvenientes. Ahora debemos abandonarla y saltar a la siguiente. Debemos leer nuevos textos, debemos afrontar nuevas situaciones. Y ello nos causa temor, angustia… rebeldía. Nos rebelamos contra nuestro propio destino que es el que marca las etapas, las situaciones.

Y, sin embargo, poco o nada podemos hacer para evitar estos saltos, estos cambios situacionales. Son fases predeterminadas y, por lo tanto, inamovibles. La mejor forma, pues, de afrontar estos brincos, estos continuos cambios de escenario, es la de aceptarlos. Mas no de forma pasiva, no como la resignación del derrotado.

Ante una nueva situación deberemos superar tres obstáculos. El primero es aceptar su inevitabilidad. Esta aceptación nos devuelve a la paz interior, a una serena constatación de que hemos pasado a una nueva situación. Abandonamos la anterior completamente, sin apegos, sin reproches, sin añoranzas. Es agua pasada, y esa agua no mueve molino.

El segundo, prepararnos para dar el salto de forma que caigamos de la mejor manera posible –con los pies juntos, las rodillas flexionadas, los dos brazos equilibrados con el tórax. De lo contrario, nuestra caída podría ser mortal.

El tercero, en vez de lamentarnos por haber tenido que abandonar la etapa anterior, la situación previa, lo más conveniente es analizar el nuevo escenario que se ha creado, estudiar su geografía, sus rutas, sus inconvenientes, analizar las herramientas con las que contamos.

La superación de estos tres obstáculos o tres actitudes frente al salto que hemos tenido que dar para continuar recorriendo nuestro destino nos permitirá situarnos en una posición de control y de facilidad a la hora de hacer frente a los posibles inconvenientes que surjan. Hemos caído bien. Hemos saltado deliberadamente y no empujados por un destino al que nos oponíamos.

Vemos este fenómeno en los adolescentes cuando tienen que saltar a la nueva situación de la madurez. Se resisten a ser responsables de sus vidas, de sus decisiones. Tienen miedo de soltar amarras y navegar por los mares sin divisar tierra. Prefieren mantenerse inmóviles en el puerto: “Ya saldré otro día.”

También el matrimonio es una de las fases más temidas, ya que el hombre que se enfrenta a él no ha terminado de abandonar la adolescencia, ni siquiera la niñez. Pretende que sean otros los que resuelvan sus problemas. En todo caso, no quiere tener hijos y al menor inconveniente pide el divorcio. No ha saltado bien. Se ha descalabrado en la caída.

Otra perturbadora fase en nuestro destino es la muerte. No aceptamos esa situación incluso cuando sabemos a ciencia cierta que este acontecimiento es inevitable. Nos situamos en la vida como si no hubiera muerte. Y cuando ésta nos llega, volvemos a caer mal. No nos hemos preparado para este salto y el horror inunda nuestro intelecto, nuestro corazón.

Nada es lineal. El destino es una sucesión de situaciones y debemos saltar de una a otra, leer los textos que las describen. Quien se niegue a salir de la matriz materna con las aguas se descompondrá y morirá. Es un viaje. No podemos detenernos en cada estación, sino el tiempo prescrito.

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