Prepárate a partir

Todo es un desierto; y un desierto de arenas movedizas, que no permiten que se construya nada sobre ellas. Qué podría erigirse sobre unos cimientos en continua agitación. Nada permanece en ese desierto, que es el “todo” que recorren nuestros sentidos, nuestra percepción.

Este hecho, no siempre visible para el espectador, está mencionado en el Corán como una aclaración que nos libre de edificar nuestro futuro sobre ondulados espejismos, sobre alucinaciones.

¡A cuántos pueblos no habremos destruido antes de ellos! ¿Queda algún vestigio de su paso por la Tierra? ¿Oyes sus voces? (Corán, sura 19, aleya 98)

Recorred la Tierra y ved cómo acabaron los que renegaron de la verdad. (Corán, sura 16, aleya 36)

El hombre persiste en inmortalizarse a través de sus obras. Mas todo lo que levanta, por imponente y majestuoso que sea, se derrumba al cabo, a veces ante su propia mirada. Todo lo devoran las arenas movedizas del desierto. Y a pesar de ello, pueblo tras pueblo lo siguen intentando como si no les bastase la evidencia de que nada perdura en ese desierto. Piensan que las anteriores comunidades no utilizaron los materiales adecuados o carecían de la depurada técnica que ellos poseen hoy. Mas no despuntan de las arenas, sino vestigios de un tiempo pasado, igual al presente. Los que hoy celebran el triunfo mañana serán pasto del olvido o de la burla. Y todos alegan que así pervivirán incluso cuando el universo se pliegue. Mas no se oirá entonces ninguna voz.

La gente del desierto recorre sus etapas sin equipaje. Todo les parece mucho para tan corto viaje. Se confunden con la arena. Son siluetas más que volúmenes. Mas la gente del asfalto no cesa de levantar ciudades, imperios… lo llama civilizaciones. Confían en que los cimientos que han echado serán suficientes para sostener sus montajes. Mas los aliados del desierto, sus entrañas, se encargarán de demoler su soberbia.

Todo es tierra, y la tierra… agua, arenas movedizas.

Ahora intentan salvar las ruinas que van encontrando por el camino. Las exhiben en muesos o sobre el terreno, pero no extraen de ello ninguna enseñanza. Prefieren rentabilizar los hallazgos. Y siguen construyendo ingenuas edificaciones que ni siquiera acabarán en ruinas, pues hoy utilizan materiales de deshecho para levantarlas. ¿Es que no le basta al hombre ver el pasado aventado, esparcido por la arena del desierto, para comprender que todo volverá a ser tierra, polvo… nada?

No le basta porque algo en él aspira a la inmortalidad. Detesta lo perecedero. Busca alcanzar el absoluto. En ese caso es la ignorancia lo que le atormenta. No ha comprendido el mecanismo-hombre ni el ensamblaje de las piezas que lo conforman. Siente que hay división en él, pero se arrastra por la inconsciencia, se traga a sí mismo hasta no quedar otra pieza que un organismo amorfo, repetitivo, agitado, nervioso… como las arenas movedizas del desierto.

Si persiste en ese altercado, no conseguirá la inmortalidad. El mecanismo se desintegrará, segando todos los enlaces. Lo que más distingue al hombre de los demás seres vivos es su observación consciente –fenómeno éste que activa la reflexión. Sin embargo, una exuberante vegetación cultural ha cubierto su visión. Solo percibe un paisaje subterráneo de cables y tuberías. No puede, a partir de esa geografía, componer su propio mecanismo. Ese es el hombre sin deseo. Todo lo convierte en juguetes que le divierten unos instantes y luego le aburren. Inicia guerras como espectáculos, pero no logra estabilizar el día después. Nada puede equilibrarse sobre las arenas del desierto. Su mecanismo es un acoplamiento de “substancias” inmateriales, manifestadas sobre un soporte material; capa sobre capa, cielo sobre cielo… bajo un mismo patrón. Lo inmaterial acoge a lo inmaterial –sobre la nafs, la sutil carcasa que encierra a la entidad “hombre”, insan, se asienta el “yo”, el elemento individualizador de la “nafs” –el que la hace única, singular, distinta a todas las demás. Y en ese “yo” se manifiestan los atributos del Creador esparcidos por los fenómenos, los accidentes, los caracteres.

Mas todavía no es esta entidad un “hombre”, un insan. Necesita otro dispositivo que le permita la reflexión, “el caer en la cuenta” –la consciencia, el oído consciente, la observación consciente… el fuad, el controlador de todas las funciones de los “organelos” inmateriales de la “nafs”. Ahora esa “nafs” ya está preparada para instalarse en el cuerpo, en su soporte material, que al recibirla, recibe la vida –el “ruh” la vivifica.

Es como si estuviéramos hablando de la célula. Y al hablar de esta primera entidad viva independiente, nos parece estar hablando de la gran biblioteca que contiene todos los registros –un ADN cósmico, controlador incluso de la caída de las hojas en otoño.

No cae una sola hoja que Él no conozca y sepa que ha caído, ni hay semilla en la oscuridad de la tierra ni nada húmedo o seco que no esté en un Kitab inalterable. (Corán, sura 6, aleya 59)

Hay como una red en la que todos los elementos están interconectados, un rizoma. Cómo entonces podría morir ese mecanismo, ese hombre, esa nafs transportada por los cuerpos que en cada etapa de viaje necesita… ¡Imposible!

Para cada fase un cuerpo. La misma “nafs”, diferente configuración.

Ahora ya caminas por un desierto estable.

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