Te has comprado un coche y al montarte en él, has caído en la cuenta de que no tienes a dónde ir. No hay ningún viaje especial que quieras realizar, así que lo has dejado aparcado y de vez en cuando lo limpias. Lo has hecho al revés, y esa inversión de principios es la que te pone en acción antes de conocer el sentido de la vida. ¿Hacia dónde entonces de dirigirás? ¿Acaso piensas que lo encontrarás por el camino? Mas ¿qué camino has tomado? ¿Está en tu hoja de ruta, la que te colgaron al cuello al nacer? Antes de desarrollar cualquier proyecto hace falta tener claros los objetivos que se quieran conseguir. Tarde o temprano moverás el coche. Quizás visites a algún amigo, pero el coche que has comprado puede ir mucho más lejos que eso.
El destino al que lleva tu hoja de ruta no es diferente al nuestro, aunque en ambos el itinerario atraviese por distintos accidentes geográficos. No mires al cielo. No te cuelgues de la cosmología de los que te han puesto sobre la mesilla de noche un revólver y un frasco de pastillas.
Vivimos en un mundo cerrado dentro de un universo cerrado, solo comprensibles a través de nuestra cerrada cognición. Todo está encerrado y controlado en su ámbito. Así pues, sigue tu hoja de ruta y lleva contigo suficiente equipaje como para no tener que volver a casa que, como el coche que has comprado, no es tú. Y esa pobreza es la que te hace libre.
Al principio nada te sorprendía. Pasabas la mayor parte de tu tiempo durmiendo. No había conexión entre tú y el coche; no había identificación. Ni siquiera sabías que ese coche podía realizar complicadas funciones. Podía llevarte hasta el otro lado del mundo. Mas tu mundo entonces era demasiado pequeño. Probablemente te hayas olvidado de lo molesto que eras, tocando todos los botones, todas las palancas, sin comprender su verdadera utilidad.
Después, poco a poco, aprendiste a andar y tu mundo se fue estirando; y un día te diste cuenta de que había cielo y de que había en él una luna y un sol. Y aquello sí que te llenó de asombro, y empezaste a preguntar por el funcionamiento del coche –por qué esa luna no se caía; por qué el sol brillaba; por qué no podías alcanzarlo con la mano…
Y, sin embargo, un tiempo después dejaste de hacerte preguntas. Dejó de asombrarte el portentoso mundo en el que estabas inmerso, y el universo entero se redujo al paisaje que veías a través del parabrisas. Tenías proyectos a modo de sueños, pero uno a uno se fueron estampando contra el cristal como se estrellan contra él las mariposas de la noche. Casi te diste cuenta de que en realidad no controlabas nada. Era como si el coche rodase en modo automático.
Ahora te preguntas a dónde voy. ¿Qué sentido tiene seguir este viaje? Llegar a algún lugar en el que habrá lo mismo que en este. Y detienes el coche. Mas tampoco tiene demasiado sentido quedarte parado en el arcén de la carretera. “Quizás ocurra algo,” piensas mientras te enciendes un cigarrillo. Lo apagas. Rebuscas en la bolsa de la comida por si quedare algo. “Es mejor seguir. O quizás no. ¿Estoy dentro de un decorado o soy yo quien lo ha proyectado fuera de mí?”
Ya estás muy cerca de la locura y decides seguir tu camino sin tan siquiera echar una ojeada a la hoja de ruta. Estás desesperado y la angustia te separa de la realidad. Te preguntas si esta carretera tendrá algún final, si en algún momento se acabará. Mas ¿qué puede haber en esa intersección entre algo y nada? Ese posiblemente fuera el punto en el que comenzara todo. Vuelves a salirte de la carretera, detienes el coche y buscas la hoja de ruta. No puedes continuar tu viaje sin ella.
Lo único que te preocupaba era aprender a conducir, utilizar bien los mandos del coche, coger las curvas con profesionalidad… Y durante todo este tiempo pasaste por alto lo más importante –para qué te habías comprado ese coche; a dónde querías ir con él.
Todavía no es tarde para que te hagas esa pregunta. Baja la ventanilla y mira al cielo. Ahí sigue la luna y el sol, las estrellas… ¿Te acuerdas de lo mucho que te sorprendía su ingravidez? Tienes que volver a ese punto, al punto del asombro. Tienes que tomar consciencia de él. Asombrarte de verte viendo, observando. Alguien te está ofreciendo este espectáculo.
¿Por qué frenas? Has visto una bifurcación y no sabes reconocerla en la hoja de ruta. Todo lo has hecho al revés. Ibas a ese gimnasio maloliente a levantar pesas antes de saber para qué. ¿Para qué tenías que hacer semejante esfuerzo? Y te respondías que era para desarrollar una potente musculatura. Y de nuevo te olvidabas de preguntarte para qué querías esa musculatura. ¿Dónde ibas a gastar toda esa energía? ¿Acaso te podía servir para encontrar el buen itinerario en tu hoja de ruta? Algo te poseía. Quizás tu propio destino.
¿Recuerdas aquel amigo íntimo al que abandonaste cuando más te necesitaba? Solía invitarte a las reuniones que periódicamente tenían lugar en su casa. En ellas solo se hablaba de la hoja de ruta, de las bifurcaciones, de las falsas señales. Mas tú siempre encontrabas alguna excusa para no ir. Te parecía complicado ese viaje. Te apetecía más meterte en las grandes avenidas, conducir entre luces de neón. Ibas despacio, mirando a los que vendían droga en alguna esquina o a las mujeres, medio desnudas, que esperaban al último cliente de la noche. Y ahora te preguntas si esas lujosas avenidas estaban en tu hoja de ruta.
La perplejidad de sobrecoge al encontrarte con una red de caminos posibles y te das cuenta de que no tienes ninguna referencia que te ayude a elegir. ¿Estás seguro de que abriste los ojos al nacer? O sigues ciego en la placenta de tu madre, de tu sociedad, de tu tiempo, de las modas que te circundan, de las noticias inverificables que han ido construyendo la arquitectura de tu mundo…
Fíjate ahora en tu coche. ¿Lo reconoces? Le has cambiado los embellecedores, la caja de cambios, los faros. Te parecía poca cosa para tu elevada genealogía. No sé si lograrás llegar al final.
No entiendes la hoja de ruta a pesar de los muchos diplomas que has ido recopilando a lo largo de tu inútil viaje. ¿Cómo es posible que pensaras que este universo se había diseñado y manifestado para que tú le quitases el apéndice a un adolescente? O para ganar un juicio. O para hacer muebles de estilo. ¿Quién es la máquina –tú o el coche? ¿Dónde está la consciencia –en el volante o en tu corazón de la derecha? ¿Cuántos corazones tienes? ¿Tantos como volantes?
Todo lo has hecho al revés. Sal del coche. Apaga el motor y empújalo. Ya casi has llegado al final de la carretera.
