La hoja de ruta que nunca abrió

No sabemos cómo salir de aquí. A pesar de haber utilizado bloques de decepción y de miedo para construir nuestras vidas, no queremos abandonar el recinto. Nos aterra abrir la puerta de salida.

Es la historia del feto. Tampoco él quiere salir de la matriz. En ella tiene todo lo que necesita. Se siente protegido, inerte en un espacio placentero, en el que ningún esfuerzo es requerido. Seguramente afuera no haya nada, el vacío, la oscuridad… la extinción. Algo le impide desearla, a pesar de no tener mayor encomienda que la de flotar en el líquido amniótico. ¿Qué razón podría tener para abandonar aquel habitáculo de paz y de quietud?

Sin embargo, hay un destino que le está esperando. Renegar de él implicaría la putrefacción. Debe salir. Debe continuar el viaje existencial que le llevará de una matriz a otra. Él no sabe en qué punto de ese viaje se encuentra. Todavía no se ha desplegado ante su incipiente cognición el futuro. Carece de los programas específicos de la condición humana, y ello le impide buscar la salida, anhelarla. ¿Qué hace ahí, luchando contra la inercia? Nos resulta perturbador que no le incomode esa posición suya –con los miembros plegados, encogidos, paralizados. Mas que no nos sorprenda, pues a ella volveremos una y otra vez en la siguiente matriz. Nada se ha dejado al azar.

Tras cumplirse el plazo predeterminado, se rompe la membrana que contenía las aguas y a él mismo. Es una expulsión, un arrastre. De haber tenido activada la consciencia, se habría ahorcado con el cordón umbilical. No sabe cómo vivir en esa nueva matriz, mucho mayor que la anterior; tan complicada, que no tendrá tiempo de recorrerla ni de comprender su finalidad. Saldrá de ella manteniendo su condición de feto, obnubilado por el alucinante escenario que cada día le separa de la realidad. Irá explotando de trampa en trampa, como si aquel espacio ficticio fuese un campo minado. Irá perdiendo las piezas clave para su correcto funcionamiento.

Su rebeldía, todavía inconsciente, le obliga a llorar. Ese primer llanto desesperado es el que abrirá sus pulmones y le conectará con el nuevo sistema respiratorio. Es una matriz que exige esfuerzo para vivir en ella. Ya no es posible la vuelta atrás –entre las matrices hay barreras invisibles, infranqueables. Ni siquiera recuerda cómo pasó sus primeros nueve meses de vida. Parece que fue ayer lo del llanto y a punto está de cumplirse el plazo que se le dio para vivir en la siguiente matriz. Mas esta vez la salida será consciente.

La boca se estrecha y no queda más horizonte que la oscuridad. Salir ahora sería como saltar de una roca en medio de la noche sin poder calcular el espacio que le separa del suelo. La incertidumbre le atenaza la garganta. El miedo oprime su corazón como si estuviera cayendo al vacío.» ¿Qué me espera al otro lado?» Se olvidó de estudiar esa parte de la geografía existencial. «Es mejor no salir; pudrirse, desaparecer en la tierra.» Mas nadie le ha dado esa opción. Incluso si se convirtiera en polvo, le encontraría el Malak de la Muerte. Nadie puede quedarse en la matriz una vez cumplido el plazo que le haya sido asignado.

Le sorprende este final, pero ¿no es acaso un proyecto portentoso hacerle vivir aquella felicidad de la primera matriz ahora de forma consciente, con una memoria secuencial completa? ¿Acaso no debería el viaje, cualquier viaje, acabar en un puerto para adquirir de esa forma sentido?

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