El espíritu de la araña protege a Israel

Hay algo inquietante en este animal. Ya en sus movimientos arácnidos lo sentimos; en su siniestra espera, pero también en su forma de cazar. Teje redes, telas, a las que luego acude para succionar a las presas sus entrañas. Nunca tiene prisa. Sabe que tarde o temprano quedará atrapada en su pegajosa tela algún despistado volador –quizás una mosca– siempre revoloteando de aquí para allá, sin imaginarse que en alguna esquina –imperceptible, casi transparente– su enemigo mortal ha tejido la trampa que acabará con su vida.

Mas cómo podría un ser libre imaginar que hay otros seres que pasan su tiempo maquinando, tejiendo telas, extendiendo sus redes –trampas, pero también barreras. ¿Cómo podría la mosca dialogar con la araña cuando entre ambas hay un cadalso? Es una barrera que traspasarla, acercarse a su interlocutor, significaría morir.

La mosca decide iniciar de nuevo el vuelo. Piensa: «¿Qué tengo yo que ver con estos arácnidos?» Mas no puede despegarse de la tela. Cuanto más lo intenta, más fuerte se quedan sus patas pegadas a la red. «¿Qué pasará ahora?» Pronto lo sabrá. Ha sonado la alarma y la araña, con sus escalofriantes pasos, se va acercando a la mosca. Lo hace con una aterradora lentitud. Bien sabe que su presa no podrá escapar. No hay protocolo diplomático que suavice la escena.

La araña vuelve a su escondite. Nadie sabe dónde está, y la mosca –intacta, inmóvil– parece seguir viva. Mas en su interior no ha quedado nada.

Israel ha aprendido sus estrategias de la araña. Hay algo arácnido en el carácter de los judíos. Tejen pegajosas telas por todo el mundo y luego van saltando de una a otra succionando las entrañas de sus presas –cuerpos vacíos, países arruinados.

¿Por qué las elites judías no murieron en los trenes de la muerte ni en los campos de exterminio? ¿Dónde estaban cuando todo eso sucedía a sus hermanos? Estaban escondidos, protegidos por las mentiras con las que la historia encubría la otra versión de los hechos.

Hay algo inquietante en estos animales, en sus movimientos, en sus discursos; siempre esperando a que los espíritus libres caigan en sus trampas. Hay algo pegajoso en sus declaraciones de paz. Hay algo arácnido en sus ojos, en su mirada.

Mas ¿cómo podría una mosca dejar de volar? ¿Cómo podría un ser libre arroparse en paranoicas sospechas? Tiene que volar. ¿Podrá algún día entender su vuelo la araña? Ni siquiera la imaginación puede idear tal escenario, pues es el espíritu de la araña el que protege a Israel.

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