Ĉu vi parolas esperanton?

Tras haber recibido una buena tunda de golpes en el cuadrilátero del conocimiento, la llamada ciencia, eufemismo de tiranía académica, se ha topado con un nuevo misterio, un nuevo enigma –uno más de los muchos que denuncian su incapacidad explicativa: el lenguaje conceptual. Y es un enigma este fenómeno, pues resulta cuanto menos asombroso que el hombre primitivo haya sido capaz de producir un lenguaje de una apabullante sofisticación, y ello a partir de unos cuantos gruñidos. ¿Cómo se comunicaban estos hombres antes de construir un rico y complicado lenguaje conceptual? ¿Cómo hablaban del pasado? ¿Cómo lo diferenciaban del presente? ¿Y éste, del futuro? ¿Cuándo comenzó este hombre a necesitar los condicionales, la forma pasiva? ¿Qué fue antes –el concepto o el término que lo expresaba? El mismo enigma que el del universo –no hay nada, ahora hay algo. El mismo misterio que el de la vida –la materia está muerta, ahora hay vida. ¿Cómo se pasa de un estado a otro, de una situación a otra cuando esos pasos implican un salto ontológico?

Fijémonos por un momento en el proceso mismo del aprendizaje de nuestra propia lengua. Hemos necesitado al menos diez años de escuchar a nuestra madre, a nuestra familia, a nuestros vecinos… hasta poder expresar con una cierta corrección ideas, sentimientos, fantasías. ¿Qué habría pasado si nuestra madre, nuestra familia, nuestros vecinos… nunca nos hubiesen hablado? No podríamos comunicarnos en nuestra propia lengua. ¿De quién, entonces, aprendió su lengua el hombre primitivo? ¿Quién le hablaba? ¿Quién le cantaba canciones de cuna? ¿Quién le mostraba diversos objetos y simultáneamente le decía sus nombres? ¿Pudo este hombre, cuasi mono, diseñarla? ¿Organizar los tiempos verbales, las declinaciones, las preposiciones, el vocabulario en general?

La respuesta habrá que ir a buscarla en el año 1887 cuando L.L. Zamenhof presentaba al mundo una nueva lengua –el esperanto. ¿Se trataba, en realidad, de una nueva lengua? Mejor sería definirla como un coctel Molotov. Sobre una clara base latina se introducían elementos de lenguas germánicas, del ruso, del francés y de otras. Se creaba un nuevo alfabeto, cuyas letras provenían de alfabetos ya existentes. Se utilizaban declinaciones –nominativo, acusativo y genitivo– como en latín, alemán y ruso. Numerosos sufijos que se añadían a las palabras raíz modificaban su significado, como sucede en el turco y en el japonés.

El esperanto resultó ser un coctel, una mezcla, un Frankenstein gramatical, fonético y léxico. Y ello porque el lenguaje es un fenómeno cerrado. Podemos intercambiar algunos de sus elementos, pero no podemos modificar su estructura intrínseca. ¿Cómo, entonces, dio con ella este hombre primitivo y la conformó hasta levantar el edificio del primer idioma, del que han derivado las numerosas lenguas que se han ido generando a lo largo de la historia?

El hombre completo –el insan– posee el dispositivo que podríamos denominar “asimilación del lenguaje”. Mas este dispositivo no es productor, sino receptor. No produce lenguaje, sino que recibe y organiza este programa a través de una continua repetición del vocabulario y las estructuras gramaticales que conlleva. El niño desde su más tierna infancia tiene activado este dispositivo y procesa los sonidos que le llegan del exterior, pero si la gente que está a su alrededor no le hablase, este niño no aprendería la lengua de sus padres. Emitiría gruñidos, pero nunca sonidos articulados –ese mismo fenómeno que vemos en los sordomudos.

Por lo tanto, el hombre no puede producir lenguaje, de la misma forma que un ordenador no puede producir programas. En ambos casos se trata de dispositivos capaces de recibir, decodificar, organizar y expresar los programas que vienen del exterior. El lenguaje le fue dado al hombre, al hombre completo –al insan– junto con todas las técnicas que necesitaba para la vida en este mundo. ¿Podía el Neandertal o el Homo Sapiens dar con la metalurgia? ¿Con la agricultura? ¿Con la fabricación de barcos? ¿Con el calafateado? Si eligiésemos a diez ingenieros, diez físicos, diez químicos, y los llevásemos a un lugar remoto, inhabitado, no podrían comenzar ninguna de estas técnicas, incluso ahora, cuando sabemos que existe metalurgia, que existe agricultura, que existe navegación.

El hombre es, pues, un ensamblaje de dispositivos receptores, no productores, capaces de procesar el input que les llega del exterior. Mientras sigamos buscando la orquesta de hombres diminutos que tocan sus instrumentos dentro de un aparato de radio, continuaremos sin entender el funcionamiento de la vida.

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