¿Cómo se dice «espejo» en japonés?… «Osoyyo.»

O quizás no, pues nunca la imagen que vemos en el espejo, la que tenemos de nosotros mismos o la que de nosotros tienen los demás, corresponde a la imagen que proyecta la consciencia en formato «yo»; y ello porque esa imagen no cambia, mientras que la imagen del espejo no cesa de modificarse según los estados por los que atraviesa el «yo» manifestado en un cuerpo físico con densidad suficiente como para reflejarse en el espejo. ¿Qué es lo que se refleja entonces? –podríamos preguntarnos.

Cuando abrimos el ordenador, nos aparece la pantalla de Google, siempre cambiante. Hoy, las letras están en azul, pero hace una semana el logo era multicolor. El propio formato de la pantalla no cesa de transformarse. Se nos muestran tarjetas que ayer no aparecían, o todavía no eran visibles. Sin embargo, la estructura operativa del programa no cambia, aunque continuamente se manifieste de otra forma.

La consciencia es lo que existe en sí, lo que es, y que, por lo tanto, no puede dejar de ser. Lo que cambia es la manifestación de esa consciencia en formato multiplicidad. Mas se trata de una multiplicidad expresada en nafs –en individualizaciones, entidades vivas, cada una de las cuales es única e irrepetible. Mas solo la entidad «hombre» contiene el dispositivo para recibir consciencia, para reflejarse a sí misma y de esta forma activar el fuad –el mecanismo que interrelaciona la reflexión con todos los dispositivos decodificadores.

Tenemos, pues, la imagen del espejo y la imagen del «yo» consciente. La imagen del espejo se desvanece en la oscuridad, cambia según los matices de luz que haya en la estancia; se transforma con el paso del tiempo, con los estados anímicos. Sin embargo, el «yo» consciente no cambia ni envejece. El «yo» que muere es el «yo» del espejo, un «yo» momentáneo, siempre asociado al programa «hombre» –una ilusión, una alucinación que el propio programa sostiene y da coherencia. El programa «hombre»… el programa Google que desaparece cuando apagamos el ordenador. Dejamos de visionar su manifestación, pero sigue existiendo en potencia con todas sus características, con todas sus funciones, y bastará que apretemos el botón de «encendido» para que vuelva a expresarse en la pantalla.

Mas todo parece indicar que el «yo», al menos el de los científicos, tiene dificultades para encontrarse y se busca en el cerebro, lugar éste muy neuronal, en el que también están buscando la consciencia; todo lo cual nos indica la tremenda atracción que esos «yos» sienten por la tarea de Sísifo, por llevar a cabo un trabajo inútil sin más consecuencias que seguir preguntándose –experimento tras experimento– dónde demonios estará el «yo», mi «yo», «yo».

¿Una pregunta retórica? Quizás no. Quizás nos estén diciendo con ese balbuceo delirante que han llegado a vía muerta y no tienen combustible para retroceder –tinieblas sobre tinieblas.

La primera dislocación interpretativa en la que caen biólogos y neuropsicólogos es la de creer que existe algo como la mente, y aún atribuirle la capacidad de producir pensamientos, sentimientos, sensaciones… como si a esta entelequia le quitase el sueño encontrar una buena ideología política o un sistema económico eficaz; un ente, un amasijo de neuronas y de substancias gelatinosas con la capacidad de producir; otro elemento escurridizo que no logran situar en el espacio cerebral –detrás de alguna neurona o en algún repliegue de la masa gris. Y se lamentan que después de haber cartografiado el cerebro, no hayan encontrado el «yo» ni la consciencia ni la mente:

«Tampoco nosotros –les dicen los astrofísicos para consolarles– hemos encontrado la materia ni la energía oscura; y no por ello hemos abandonado la ley de gravitación universal, pues ya dicen que lo que mucho prueba no prueba nada, y el hecho de no haber encontrado ni la materia ni la energía que justifique la gravedad como el elemento cohesionador de los cuerpos celestes que flotan en el universo indica que vamos por buen camino. O algo así.»

Mal de muchos, consuelo de tontos.

La mente, término éste que podríamos reemplazar por «intelecto» o «fuad» es un dispositivo receptor y no productor. Cuando los occidentales encendían un aparato de radio frente a un grupo de indígenas que veían este artilugio por primera vez y éstos escuchaban voces y música, retiraban la carcasa convencidos de que allí dentro debía haber diminutos hombrecillos que hablaban y producían música. Buscaban la orquesta entre transistores y lámparas. Mas no encontraban otra cosa que una complicada arquitectura inerte. La música, las voces humanas que salían por el altavoz de la radio, se generaban en otro lugar muy distante del lugar en el que se encontraba la radio. Todos esos sonidos salían de un estudio de producción en forma de ondas que eran decodificadas en música y otros sonidos por los dispositivos que conformaban esa arquitectura.

Los occidentales se reían al ver a esos indígenas desmantelar el aparato de radio buscando en sus tripas a los productores de la música, a los que hablaban, a los que cantaban… Sin embargo, esos que se burlaban de la ingenuidad de aquellos hombres primitivos caen en la misma dislocación cognitiva al buscar el «yo», la consciencia, la mente… en el cerebro, en las tripas de la radio, en su arquitectura de transistores, en neuronas y masa gris –el mismo delirio, la misma ingenuidad de los «yo» científicos.

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