¡Atrapados!

A pesar de haber tomado la precaución de abrir las ventanas de par en par, ahí seguía la mosca con las patas pegadas al marco de la puerta. Quizás le retenía el salir volando los primeros fríos del otoño, las primeras lluvias. De un salto, o de un vuelo, pues sigue siendo un misterio cómo se desplazan estos voladores con una rapidez que desafía los prolegómenos de la física, se posó en el techo de la estancia, para después recorrer las cuatro paredes con vertiginosos cambios de dirección y de altura. Mas en ningún momento vislumbró la red que una araña había tejido en una de las esquinas, casi rozando el suelo. Imperceptible incluso a la mirada de la mosca, yacía la trampa mortal, y no lejos de ella estaba el arácnido –silencioso, paciente, esperando el impacto, la señal de que otra víctima había quedado atrapada en su pegajosa tela. Resultaba imposible avisar a la mosca de la emboscada que se le había preparado desde hacía quizás unas pocas horas.

Desde el sofá rojo púrpura saltó a la lámpara de cristal que colgaba del techo. La recorrió de este a oeste, y desde allí se lanzó como atraída por un imán en dirección a la tela. Nunca llegó a verla. Tan solo sintió que algo desconocido detenía su vuelo. Sus patas habían quedado pegadas a esos finísimos hilos que la araña había segregado desde sus vísceras. Todo permanecía inmóvil.

La araña no parecía tener prisa. De sobras sabía que su víctima no podría escapar. Cuanto más se agitase, más se enredaría en esa red letal. Un tiempo después dejó de moverse. De alguna forma había entendido que era inútil intentar despegarse de aquellos lazos untados con quién sabe qué substancia.

Parecía increíble que hubiera ocurrido algo así. ¿Cuándo había tejido su red la araña? Nadie se había dado cuenta de aquel infortunado acontecimiento. ¡Con qué rapidez había tejido aquella formidable estructura geométrica!

La araña comenzó a moverse lentamente hasta llegar al cuerpo inmóvil de la mosca. Le clavó sus arácnidos colmillos y le inyectó un ácido corrosivo hasta disolverle las entrañas. Después, absorbió aquella substancia informe, dejando la carcasa intacta. Se dio media vuelta y comenzó una lenta marcha hacia su escondite en espera de que otra víctima pronto cayera en su mortífera red.

La mosca parecía estar viva. Todo su exterior permanecía inalterado. Mas dentro de ella no había quedado nada –solo el vacío. Unos instantes después la mosca, por su propio peso, se despegó de la tela y cayó al suelo, desintegrándose y desparramando su vacío por todos los rincones de la estancia.

La inocencia había sucumbido a la maquinación. El vuelo libre de la mosca se había estampado en la red del olvido. Mas ¿cómo podría haberse librado la mosca de aquella infortunada suerte? La araña tenía la respuesta. Se trataba de una cuestión de probabilidades, de cálculo matemático. En uno cualquiera de esos vuelos en zigzag acabarían los voladores chocando contra su red. Si no es hoy, será mañana. Y si no, el verano que aún queda por venir.

Son nuestros hijos los que se han quedado adheridos a la pegajosa red de la araña. También su carcasa ha quedado intacta. Parecen vivos. Se mueven, sonríen, lloran, comen, duermen, pero todas sus vísceras han quedado disueltas y la araña las ha absorbido con tal maestría que parece que no haya ocurrido nada especial, ningún acontecimiento que merezca la pena ser contado. Y, sin embargo, generaciones enteras han sucumbido en la red, disueltas sus entrañas por el ácido de la araña.

Millones de moscas llenas de vacío, millones de jóvenes pegados a la red, obnubilados por su magia, por esos brillantes hilos con los que la araña los ha atrapado. También nosotros estamos pegados en la misma red, observando, inmóviles, a nuestros hijos.

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