¡Aaah, la vida!

¡A ver! ¿Qué pasa ahora con la vida? Si no es por una cosa, es por otra, pero el caso es siempre protestar, quejarse de estar vivo. Mas cuando nos llega la noticia de un cáncer de hígado en toda regla, cuando ese monstruo con bata blanca y un estetoscopio alrededor del cuello nos anuncia rutinariamente que nos quedan semanas de vida, comienza la depresión, el lloriqueo, la desesperación… pues siempre es mejor vivir, vivir como sea, que morir, que desaparecer para siempre.

Mas si la vida es un valle de lágrimas, y estadísticamente lo es, pues el 90 % de nuestro tiempo vital lo pasamos maldiciendo, llorando, sufriendo, entonces ¿por qué nos aferramos a ella, a ese 90% de padecimiento, que es como agarrarnos a un hierro candente?

“¡La vida es un asco!” Mas preferimos esa repugnante condición existencial a la muerte. La vida es un asco, pero nos resulta intolerable dejar de existir. Por eso, el suicidio nos parece una grave anomalía en la estructura psicológica del ser humano, pues la consigna es “siempre vivir”, vivir ante todo, vivir por encima de todo.

Nos quejamos de estar vivos, pero aborrecemos la muerte. Mejor yacer tetrapléjico en una cama que morir. Por leve que sea, es mejor la luz que las tinieblas, que la oscuridad; y la vida es luz, es percepción, es una ventana que se abre a un mundo infinito de sensaciones. ¿Por qué querríamos cerrar esa ventana? Y sin embargo, la muerte parece cerrarla definitivamente, inadmisiblemente.

Nos resulta un escándalo morir. Hay algo en nosotros que aspira frenéticamente a la inmortalidad. Incluso parece lógico que sea así. Nadie fabrica un coche para que deje de funcionar. Vemos la muerte a nuestro alrededor, pero no es algo que nos agrade, no es un elemento que nosotros habríamos introducido en la existencia. Vemos que todo se degrada y se destruye, pero no es ese el objetivo que nos lleva a producir artefactos, dispositivo, máquinas… Desearíamos que fuesen, como deseamos ser nosotros mismo –inmortales, que nunca se deteriorasen. Mas la experiencia nos confirma este constante deterioro, y que esa degradación es inevitable. Mas ¿qué sentido tiene construir el universo para luego destruirlo, aniquilarlo, extinguirlo?

La muerte es algo tan universal, quizás el único fenómeno que todas criaturas han de gustar en un momento u otro de su existencia, que ni siquiera nos quedan ganas de rebelarnos, pues sabemos a ciencia cierta que no hay cura para la muerte, que no hay nada por lo que podamos cambiarla. No podemos comprar más vida ni podemos alargar la que nos ha sido asignada. Mas la muerte no solo acaba con la vida, sino que además hace inútil cualquier proyecto vital. ¿De qué sirve tener hijos si todos vamos a morir? ¿De qué sirve levantar un imperio económico si al final las ratas terminarán horadando ese edificio que creíamos eterno? ¿De qué sirven los momentos de dicha si no son otra cosa que un paréntesis –el 10% que completa el 90% del sufrimiento que nos depara la vida? Más aún, al escándalo de la muerte deberíamos añadir el de la consciencia. No solo voy a morir, sino que además sé que voy a morir.

Envidiamos, pues, a los animales, su deliciosa enajenación, su evanescente despreocupación. Mas el hombre hace mal en inquietarse por la muerte cuando lo que debería inquietarle es el viaje post-mortem. Lo que verdaderamente nos resulta perturbador, lo que nos aterra más allá del esteticismo nihilista, no es que la muerte acabe con todo, sino que, precisamente, no acaba con nada.

Al concepto de la muerte va unido, por muy difuminado que se encuentre en nuestra consciencia, el concepto del Juicio, de la Rendición de cuentas. Algo nos dice que alguien escribe nuestras acciones, filma nuestros movimientos y tememos que todo eso pueda testificar en nuestra contra.

(185) Toda nafs probará la muerte. El Día del Resurgimiento se os pagará por las obras que hayáis hecho. A quien se le aparte del fuego y se le haga entrar en el Jardín habrá salido victorioso. No es la vida de este mundo, sino un disfrute engañoso. (Corán 3 – Ali Imran)

(145) Nadie muere si no es por la voluntad de Allah, en el tiempo prescrito. Quien desee obtener el beneficio de su obediencia a lo que rige la vida de este mundo, nos encargaremos de que lo obtenga; y quien desee obtener el beneficio de su obediencia a lo que rige la vida de Ajirah, nos encargaremos de que lo obtenga. Daremos su debido galardón a los agradecidos. (Corán 3 – Ali Imran)

(60) En Nuestro plan está el que la muerte sea para vosotros un destino común, y no podréis evitar (61) que os transformemos, y os originemos en una forma y un estado que no conocéis. (62) Siempre habéis tenido conocimiento de cómo fuisteis producidos la primera vez –¿es que ya lo habéis olvidado y por ello os desentendéis? (Corán 56 – Al Waqiah)

Mas esa imagen es borrosa. Se superpone sobre esta intuición el ateísmo de estado que nos pide que hagamos abstracción de nuestras cuitas, de nuestras miserables ensoñaciones, y ayudemos a construir un mundo feliz para nuestros hijos o para nuestros nietos o para las famosas generaciones venideras. Mas si la muerte es el inicio de nuestra propia desintegración, ¿cómo podría, entonces, haber futuro si tan solo hay un efímero presente que no puede unirse ni al pasado de los muertos ni a un futuro que solo existe en nuestra imaginación?

Supongamos que nuestra intuición que nos habla a través de la voz interior tuviese razón al imaginarnos inmortales. Supongamos que nos hubieran engañado al explicarnos en la escuela que somos un amasijo de átomos y de electrones, algunos, eso sí, cuánticos, que se mantienen unidos por fuerzas gravitatorias u otras, y que la función de la muerte sería detener ese mecanismo de modo que todos sus componentes saliesen disparados por el aire. Supongamos que en las pocas semanas que nos quedan de vida nos dedicásemos a observar el mundo en el que más de una vez nos hemos sentido prisioneros.

(94) Al final habéis venido a Nosotros, uno a uno, como os creamos la primera vez. Habéis dejado atrás todo lo que os dimos en la vida del mundo. No vemos que haya con vosotros ningún intercesor, ésos que afirmabais que tenían el mismo poder que Allah. El vínculo ficticio que os unía se ha roto, y esa ficción que pretendíais que era un poder os ha extraviado.” (Corán 6 – Al Anam)

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