La locura de no encontrar la puerta de salida

En una antigua cárcel turca todavía en activo en los años 60, había una estancia abovedada de piedra con una enorme columna en el centro. Los presos salían cada día de sus celdas y se dirigían a esa habitación, comenzando un devastador paseo alrededor de ese pilar milenario. No parecía que fuese una tortura, pero uno de sus efectos colaterales era la locura –después de andar más de un kilómetro, los presos se encontraban en el mismo punto de partida. Y por mucho que anduviesen, nunca saldrían de aquel recinto, pues su recorrido era siempre circular. El absurdo de caminar sin realmente desplazarse, sin llegar a ningún sitio, les volvía locos.

Hoy, la locura que asola a las sociedades occidentales proviene del mismo absurdo que el de esa cárcel turca –vivir dando vueltas a la rutina de nacer y morir sin ningún objetivo especial, simplemente caminar alrededor de esa columna, volver, una y otra vez, al punto de partida.

Nada en este mundo tiene sentido si no lo conectamos con el Otro, con el del Más Allá. Navegar sin rumbo lleva a la locura, a la desesperación. Todo viaje debe tener un punto de partida y otro, distinto, de llegada. El punto de partida en este mundo es el nacimiento, y el de llegada, la muerte. ¿Para qué entonces hemos hecho este viaje?

(98) ¡A cuántos pueblos no habremos destruido antes de ellos! ¿Queda algún vestigio de su paso por la Tierra? ¿Oyes sus voces? (Corán 19 – Mariam)

¿Dónde están ahora? ¿Para qué han existido? ¿Para construir lo que el tiempo y las vicisitudes se encargarán de arrasar? ¿Tiene algún sentido aferrarnos a lo impermanente?

(16) Pero no, preferís la vida de este mundo (17) a pesar de que la de Ajirah es mejor y permanece. (Corán 87 – al A’la)

Preferir la vida de este mundo es ya un sinsentido. Nuestra primera y más apremiante aspiración es la inmortalidad. No podemos desaparecer para siempre, pues hemos visto, hemos tomado consciencia de la existencia y ya nada podrá devolvernos a la nada. Debemos seguir camino, mas no alrededor de esa maldita columna, de ese absurdo que nos vuelve locos. Debemos encontrar la puerta de salida.

Y, paradójicamente, es a esa puerta a lo que más tememos. Aborrecemos la muerte, pues hemos tomado este inevitable suceso como el final absoluto del viaje existencial, y no como el paso a otra fase, a lo que permanece y no se acaba.

Preferir la vida de este mundo es preferir dar vueltas a la columna antes que tomar en consideración la opción de escapar.

Debemos escapar porque no tiene sentido girar como una peonza para al cabo desplomarnos en el mismo sitio.

Aspiramos a la inmortalidad porque queremos seguir conociendo, comprendiendo, adentrándonos más y más en el intrincado guión existencial. Mas no es una elección. La inmortalidad es nuestro destino, y es aquí, en este mundo, donde lo estamos construyendo.

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