Una inquietante ausencia

Nos hemos sentido un tanto defraudados con el Papa Francisco al ver que no estaba con nosotros en el vibrante encuentro que tuvo lugar en Hagia Sofia con motivo del primer acto de adoración, que no se realizaba desde hacía décadas, en este espectacular edificio convertido de nuevo en mezquita. Pensamos que no había mejor ocasión para mostrar y demostrar el beneficio del ecumenismo, de los diálogos interreligiosos, del abrazo fraternal de quienes suben a la cima de la montaña por diferentes caminos… o algo así, o quizás estábamos equivocados y todo se reducía a eufemismos sobreentendidos… o quizás no, o talvez el abrazo es lícito cuando Francisco se lleva un triunfo a la casa que tiene en Roma, y es criticable y perverso cuando son los otros los que se llevan el galardón, arrebatándole al Papa y a sus seguidores algún que otro dogma. En cualquier caso, le hemos echado de menos.

Junto a la de Francisco, por qué no decirlo, se han unido todas las voces cantantes del coro global. Es posible que incluso el príncipe Muhammad bin Salman, más conocido como MBS o el destripador de Estambul, se haya unido a ese mismo coro. Según parece, todos lamentan el tropiezo de Erdogan –sobre todo, porque no se ha caído y es muy posible que el Papa acabe por otorgarle su bendición, teniendo en cuenta que no hay más que un solo y único Dios y, como decía Rumi, todos llevamos en el corazón una mezquita, una sinagoga y una iglesia.

Los judíos se han hecho los suecos, pues en estos casos, tan susceptibles de embarrancar, es mejor pasar desapercibido y dejar que el crimen lo cometan otros. En este caso, no ha habido crimen, sino desilusión al notar la ausencia del “Santo Padre”. “Otra vez será”, declaran los más optimistas; “mejor que no haya venido”, espetan los más radicales.

Lo cierto es que es tiempo de amor, de poner la otra mejilla, de perdonar… Ya están olvidadas las invasiones de Afganistán e Iraq. ¿Quién se acuerda de ellas? Agua pasada. Es tiempo de rasgar esta dolorosa página de la historia. También la de la primavera árabe, otro eufemismo a los que tan dado es Francisco.

En 1934, Ataturk decidió complacer a sus aliados occidentales y cristianos, otrora enemigos, desacralizando la Hagia Sofia y convirtiéndola en museo, aunque ya se sabe que hasta que no formas parte del cuerpo de Cristo, poco importa lo que hagas, seguirás siendo un indeseable hereje. Y de poco le sirvió este gesto al mundo musulmán. Por su parte, Erdogan, viendo la imposibilidad de pasar a la historia ni como estratega ni como tirano, ha decidido inscribir su nombre en tan codiciado libro como aquel que devolvió a Sofia su dignidad de mezquita.

¿Por qué no? Si la intención que le ha movido a tan heroico acto ha sido la correcta, es posible que se libre de las tórridas estancias de yahannam, aunque tendría que devolver a Siria lo que es de Siria y quedarse Turquía con lo que es de Turquía –ni un centímetro más ni un centímetro menos. Esperemos que así sea.

sondas.blog, 26 julio – 2020

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