Las nuevas generaciones cada vez son más eficaces en su autodestrucción

En una habitación decorada al estilo decimonónico, quizás por nostalgia de un tiempo lleno de esperanzas o, simplemente, por mal gusto, un hombre circunspecto sostiene en su mano izquierda una copa de brandy que saborea con decadente parsimonia. Al otro lado de la estancia, un joven ambicioso estrella sus nudillos contra la puerta blindada de la habitación decimonónica. El hombre circunspecto guarda silencio y sigue saboreando su brandy con denodada apatía, una contradicción que sin duda amedrenta a su espíritu. El joven ambicioso entiende que, ante aquella dejadez protocolaria, lo mejor es entrar.

– Disculpe que me presente sin preámbulos.

El hombre circunspecto sabe que se encuentra ante un cínico bien entrenado.

– Pase y siéntese –donde mejor le plazca.

– Si no le importa, me sentaré en este sillón junta a esta bellísima lámpara.

– No hace mucho que la compré en una subasta. Me costó más dinero que toda la casa, pero merece la pena ir haciéndose con los bienes familiares, hoy esparcidos por todo el mundo.

El joven ambicioso gira el cuello hacia ambos lados como haría una jirafa que estuviera buscando la salida de la selva, pero sin tanta elegancia.

– Un detalle por su parte.

El hombre circunspecto deja la copa de brandy encima de una mesa de rincón. Probablemente, otro recuerdo familiar.

– Cuando planeamos dominar el mundo no nos imaginábamos que fuera a ser tan aburrido, tan poco gratificante. De qué sirve ganar una batalla si todo es perecedero.

El joven ambicioso deja, divertido, que su anfitrión desarrolle su retórica entre existencialista y déspota. A él le tienen sin cuidado el mundo y los tesoros familiares. Lo suyo es la pop life. No obstante, decide intervenir para hacer un poco de currículo:

– Tal y como yo lo veo, hay un cierto alivio en no ser inmortales. Ochenta años bien vividos son más que suficientes.

– Usted no tiene un libro que leer, un libro que le explique el funcionamiento del hombre, sus tendencias innatas, sus previsibles reacciones… sus virtudes. Por eso se cree feliz. Pero dejemos estas disquisiciones para otro momento. Hay mucho trabajo por hacer, y no siempre el destino nos concede el tiempo que habíamos previsto.

El joven ambicioso decide dar marcha atrás en su pueril estrategia.

– Usted dirá.

– Seguramente se habrá fijado que empiezan a haber tendencias en nuestras sociedades discrepantes con el sistema tecnológico dominante. Tendencias que pretenden sustituir el cemento por el adobe, la uralita por la madera… y otras disparatadas alternativas.

El hombre circunspecto vuelve a coger la copa de brandy como dándose tiempo antes de pronunciar la sentencia para todas esas tendencias discrepantes.

– Sencillamente, intolerable. Lamentablemente, no tenemos tiempo de explicar nuestro próximo orden mundial y, por lo tanto, debemos actuar de inmediato siguiendo un plan devastador. Su trabajo va a consistir en diseñar una estrategia publicitaria -basada en sitios de Internet, artículos, anuncios, libros y conferencias- que desprestigie los conceptos naturalistas y refuerce la relación modernidad-tecnología, cemento-progreso, Uralita-moda pop… y así sucesivamente.

El hombre circunspecto mira fijamente al hombre ambicioso sin dejar que el menor gesto de misericordia se dibuje en su rostro.

– No me cabe la menor duda de que me ha entendido a la perfección.

– Hasta qué punto puede ser devastadora mi estrategia, si me permite la pregunta.

– Según el informe que nos ha llegado de su personalidad, parece probado que podría usted matar a su madre sin pestañear, solamente por diversión, por disfrutar de un ocurrente espectáculo.

El hombre ambicioso bascula su atlético cuerpo hacia atrás hasta golpear ligeramente su espalda contra el respaldo del sillón. A continuación, esboza una sonrisa burlona que termina en una tímida carcajada.

– No sabía que me hubieran analizado hasta ese punto. No importa. Al contrario, me alegra que conozca mis posibilidades.

– Me complace que lo encuentre divertido. Odio a los susceptibles. Un asesino sabe llegar al corazón de los asuntos escabrosos de la misma forma que un bisturí bien guiado llega al más recóndito vaso sanguíneo de la vesícula. Una vivisección es lo que necesitamos; cortes, tajos definitivos. Usted no tiene mala conciencia porque carece de misión milenaria pesándole sobre las espaldas. No tiene otra familia que sus deseos, todo un logro, la orfandad libertina. Si está de acuerdo con la tarea que se le ha encomendado, podría ofrecerle a cambio un discreto paraíso terrenal.

– Justo lo que necesito.

– Pero no se haga ilusiones. Cuando la vida celestial se trasvasa a este mundo nuestro, la beatitud se convierte en corrupción. Las hermosas huríes se trastocan en prostitutas, y la sumisión a nuestros caprichos, en esclavitud. Nosotros, en cuanto que pueblo elegido, tenemos que seguir cuidando las formas.

– Supongo que no se puede tener todo.

El joven ambicioso achica las órbitas oculares al tiempo que se ajusta el nudo de la corbata.

– Disculpe que cambie de tema. ¿Cuándo puedo empezar y con qué medios cuento? Me refiero… ¿cuál es mi presupuesto?

El hombre circunspecto se mira a las uñas como si la pregunta careciese de importancia.

– Ilimitado.

– Espléndido. Eso me da un buen margen de maniobra. Ahora, si me lo permite, desearía retirarme y comenzar el trabajo lo antes posible.

El hombre circunspecto toma de nuevo su copa de brandy.

– No olvide mantenerme informado de todos los pasos que vaya dando.

– Así lo haré.

Unos minutos después entra en la habitación decimonónica, sin protocolo alguno, un hombre en sus treinta, aunque no estaba claro que se mantuviera en sus cabales, con nariz aguileña y pelo rizado desparramándose por su cabeza.

– ¡Explícame de qué se trata, tío! ¡Dime qué demonios estás haciendo! Todos están intranquilos y molestos. Actúas por tu cuenta sin contar con nadie. No asistes a las reuniones, no lees los informes… La Prieur no está contenta con tu proceder y no está dispuesta a permitir ningún tipo de anarquía.

El hombre circunspecto, visiblemente nervioso, une las manos y se las lleva a la frente como si estuviera reflexionando.

– Tranquilízate, sobrino, y dime cuál es el problema.

– El problema es que no hay ningún problema y, por lo tanto, no hace falta crear uno. No necesitamos atacar públicamente a las tendencias discrepantes. ¿Por qué? Porque son inoperantes, fuera de servicio, en vía muerta… nulas. Es cierto que la gente enferma gravemente a causa de la contaminación; que enloquece debido a las ondas electromagnéticas que inundan nuestra atmósfera; que padece obesidad a consecuencia de la comida basura que ingiere; que contrae neumonías por utilizar el aire acondicionado, pues de lo contrario moriría asfixiado en esas colmenas de cemento en las que pernocta. Sí, todo eso es muy cierto, ¿y bien? La gente lo ha asumido y responde sumisa: “Este es el precio que debemos pagar por la libertad y el progreso”. Ya no se puede volver atrás y ellos lo saben, por ello se consuelan diciéndose que “de algo hay que morir”. El proceso tecnológico es imparable y permitir que los discrepantes hablen y escriban artículos en la prensa, confiere a la gente una sensación de libertad e inteligencia. Te ruego que abandones este asunto y lo dejes en nuestras manos.

A juzgar por la expresión de su rostro se diría que el hombre circunspecto ha decidido defender su posición frente a aquel niñato.

– Si mi generación no hubiera estado atenta al menor movimiento de los discrepantes, tú no estarías ahora aquí, controlando el mundo, las pasiones humanas, sus sueños… sus vidas.

Se incorpora lentamente y pasea por la estancia con las manos recogidas en la espalda.

– Matamos a nuestros profetas, reescribimos el libro y difamamos a la castidad. Hemos desafiado al Creador y, aun así, hemos conseguido una buena posición en la Tierra. No pretendas saberlo todo; no quieras prescindir de nosotros.

El hombre en sus treinta, pero quizás no en sus cabales, ha bajado ligeramente la cabeza ante la gravedad de aquellas palabras.

– Tío, no queremos ir más allá de los límites, sino arrojar a los hombres a lo ilícito, hacer que se hundan en su propia ignorancia. No podemos perder el tiempo en atacar modas pasajeras que nosotros mismos hemos diseñado y difundido. El caos es tan perfecto, tan laberíntico, que nadie podrá ya salir de él. Más aún, nadie querrá abandonarlo, aunque les mostremos la salida.

El hombre circunspecto se gira lentamente hasta situar su mirada frente a la de su sobrino.

– En ese caso, habrá que deshacerse de él.

– Nosotros nos encargaremos de eso.

El hombre circunspecto sonríe con cierta amargura.

– ¡Pobre desgraciado! Contaba con llegar a los ochenta.

sondas.blog, 18 Julio – 2020

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