El universo no es gigantesco, sino eficiente.

La astrónoma de la NASA, Michelle Thaller, se ha convertido en una estrella de masas –aparece en programas televisivos, da charlas, dicta clases online y cabe esperar que muy pronto nos asombre con picantes fotos en Instagram, si bien la edad ya no da para mucho. A falta de hallazgos interestelares y hastiados de ir anotando cada día nuevas galaxias y nuevos sistemas solares cuya existencia resulta inverificable, se están dedicando últimamente los astrofísicos a promocionarse en el showbusiness, como parte integrante del método científico.

Michelle ha vuelto a deslumbrar al público con una liberadora meditación sobre el por qué no deberíamos sentirnos consternados al caer en la cuenta de nuestra insignificancia comparada con la inmensidad del universo.

Siempre les pasa lo mismo. Insisten en que aceptemos sus teorías fantasiosas y una vez que las aceptamos, se encuentran ante un devastador escenario en el que una buena parte de la humanidad reclama pastillas para soportar la angustiosa realidad que se les ha propuesto.

Michelle, en su liberadora meditación, compartía con el público sus recuerdos de cuando era niña y caminaba ensimismada por algún bosque, quizás encantado, y contemplaba el cielo estrellado en el que miles de luces titilaban a lo lejos. En medio de aquella sobrecogedora inmensidad, Michelle no llegó nunca a preguntarse por el QUIÉN, por el posible Agente creador y diseñador de aquel portentoso mecanismo perfectamente organizado –cada día la luz dejaba paso a la oscuridad; la Luna cambiaba de casa marcando los meses; el Sol aparecía por el Este y desaparecía por el Oeste indicándonos los días y las horas. Caía agua del cielo que penetraba en la tierra y hacía surgir de ella todo tipo de plantas y cereales, variedades infinitas de frutos… Aquellos ciclos, exactos como un reloj cósmico, no lograron impresionar a Michelle, y se hizo astrónoma.

Otro “científico”, Jonathan Carroll, ingeniero informático de la Universidad de Rochester, está intentando abrirse paso también en el mundo del espectáculo galáctico, echando más leña al fuego, casi extinto, de un universo poblado. A pesar de que hace más de 70 años que las agencias espaciales de todo tipo y nacionalidad no han cesado de buscar vida extraterrestre con el resultado de cero absoluto, Carroll parte de la “científica” premisa de que hay vida en el espacio exterior, y prefiere obviar la pregunta de Enrico Fermi “¿Dónde está todo el mundo?” y hacerse, él mismo, otra pregunta: “¿Por qué todavía no hemos contactado con los de afuera?” De todo punto irrelevante mientras no resolvamos la paradoja de Fermi.

Carroll arremete contra la más elemental lógica y coherencia intelectual y nos induce a tomar en consideración el movimiento orbital de nuestro sistema solar dentro de la galaxia, que ocurriría cada 230 millones de años. De esta forma, los extraterrestres estarían esperando a que llegásemos al punto más cercano a ellos para asaltarnos o, simplemente, para tener una charla amistosa, un intercambio, quizás, de logros tecnológicos. Más aún, Carroll acaricia la científica posibilidad de que nuestros semejantes interestelares ya hubieran estado aquí, cuando todavía éramos monos (suponemos que la evolución funciona en todas las galaxias), y hubieran decidido esperar unos cuantos millones de años más hasta ver si lográbamos, como ellos, llegar a la fase de homo sapiens y desarrollar la inteligencia y la consciencia.

Aturdido, quizás, por lo absurdo de sus propios planteamientos, dirige ahora su atención al tiempo –los mundos habitables son tan raros que tienes que esperar más de lo que se espera que dure una civilización antes de que venga la siguiente. Lo esencial aquí, como en antropología, es explicar cómo se logra mantener durante millones de años el mismo deseo, el mismo objetivo, la misma necesidad de hacer algo. Si los norteamericanos han perdido la tecnología para ir a la Luna en tan solo 50 años y ahora piensan en ir a Marte o invertir en Groenlandia, cómo se puede esperar que los otros seres inteligentes extraterrestres mantengan vivo durante años luz el inquebrantable empeño de llegar hasta nuestro insignificante planeta.

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Luces reflejando luces en el agua-base sobre la que va montado el universo.

El estudio termina con la sugerencia de que no deberíamos descorazonarnos –no estamos solos. Conclusión ésta que sigue sin contentar a la inquietante pregunta de Fermi: “¿Dónde está todo el mundo?”

En este caso, Fermi deja de ser un verdadero científico. No debería haber hecho semejante pregunta. Una pregunta que le separa, irremisiblemente, de la comunidad académica, cuyos miembros, ante una evidente paradoja, prefieren situar el caso en un hipotético futuro, más bien lejano, antes que formularla o tratar de contestarla. Han pasado 70 años desde que Fermi plantease su silogismo: “si hubiera numerosas civilizaciones avanzadas en nuestra galaxia entonces ¿dónde están? ¿Por qué no hemos encontrado trazas de vida extraterrestre inteligente, por ejemplo, sondas, naves espaciales o transmisiones?” Ergo no hay vida extraterrestre. El silencio, también en este caso, parece otorgar la razón a Fermi.

Nosotros tenemos otras preguntas cuyas respuestas nos importan más que resolver su paradoja.

La pregunta fundamental aquí es ¿por qué este empeño en presentar toda esta fantasía espacial como algo real, como algo sobre lo que deberíamos basar el sentido de la vida? ¿Por qué pensamos que el hecho de encontrar vida inteligente en otro planeta iba a resolver todos nuestros problemas y a hacernos inmensamente felices?

Cuando los europeos llegaron a África encontraron allí seres humanos inteligentes y dotados de consciencia –los asesinaron o los llevaron como esclavos a otro continente en el que, previamente, habían exterminado a sus habitantes, también seres humanos inteligentes. China, un inmenso territorio, está poblada de seres humanos inteligentes y con plena consciencia de existir y de que un día habrán de morir. Sin embargo, las naciones que con más ahínco buscan la vida extraterrestre no se han relacionado con la población china, sino a través de sangrientas guerras.

¿Cuál puede ser entonces la razón de que se haya montado un supra estado científico-académico que nos va presentando una realidad siempre cambiante y a la que nos debemos adherir si no queremos permanecer en las tinieblas de la ignorancia y la superstición? Sin embargo, lo que nos propone Carroll es lo que veíamos en las películas de ciencia ficción hollywoodenses de tercera, cuando unos exploradores descubrían un artefacto extraterrestre abandonado por ellos hace miles de años y que en ese preciso momento iba a activarse y bla, bla, bla. Resulta que ahora, esas sandeces impresentables y aburridas se han convertido en científicas, en premisas, en axiomas incuestionables. Podemos llegar a la devastadora conclusión de que lo que más caracteriza a la “ciencia” de hoy es la falta de rigor.

Hay más preguntas. ¿Por qué viviendo en un planeta de sobrecogedora belleza, con climas de una asombrosa y saludable variedad, con paisajes exuberantes, con selvas y desiertos, montañas nevadas, grutas fantásticas, lagos, mares y océanos… preferimos y añoramos vivir en lugares inhóspitos, sin atmósfera respirable, sin agua, sin vegetación, con tormentas asoladoras de arena…? ¿Qué nos lleva a cambiar un cuasi paraíso por un infierno?

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Debe haber algo que se nos escapa en todo este asunto sideral. Sin embargo, algunas de las claves para entender este fiasco astral son evidentes.

La primera hace referencia a la imperiosa necesidad de justificar y demostrar que la propuesta materialista es la única apoyada por la “ciencia”, la única coherente, real y deseable, a pesar de que cada día los nuevos hallazgos y teorías pongan de manifiesto que nada está asentado, verificado, probado.

Investigadores (¿Quiénes?) nos hablan de un exoplaneta, el K218b, a 110 millones de años luz, cuya atmósfera parece contener vapor de agua. Otros investigadores escriben un estudio sobre dos huesos, cuyo análisis de ADN confirma la teoría de la evolución. Tan desesperados están, que han perdido toda noción de la realidad. Del mundo del espectáculo se está pasando al de la más delirante esquizofrenia.

Todo ocurre en la Tierra. Intentan convencernos de que es una mera cuestión de tiempo. Eso es lo que le dijeron a Fermi. Las nuevas tecnologías nos permitirán realizar lo que hoy parece inimaginable. Han pasado 70 años y su paradoja sigue sin respuesta. Quizás dentro de 100 años o de mil años… Pero entonces ¿qué pasa con nosotros, con nuestros padres, con nuestros ancestros? ¿Y qué pasará cuando encontremos vida inteligente? ¿Cómo tales encuentros podrían actuar como una eficaz medicina contra el absurdo de vivir en un universo infinito sin finalidad y sin sentido? ¿Por qué es preferible la propuesta materialista a la propuesta creacionista? ¿Para quién es preferible? Para quienes desean construir en este mundo su paraíso; para las elites económicas judías que tienen bajo su control a los poderes políticos y a los medios de comunicación, a través de los cuales proyectan e imponen esa ficticia realidad materialista basada en la casualidad o en leyes de la materia que aún no se han descubierto. Para esas elites no es una cuestión de conocimiento, sino de rebeldía. Se trata de luchar contra Dios y de crear una cosmogonía diferente a la Suya, una cosmogonía artificial, fabricada, en parte por Hollywood y en parte por el sistema educativo dominante. Si no hay Dios, quiénes son Rockefeller, Rothschild, Spielberg, Epstein, Bill Clinton, Trump… Gente envidiable, gente del paraíso. Si no se hubiese eliminado la Deidad, el juicio, el Resurgimiento, el destino final. Si no se hubiera eliminado el fuego eterno, las sociedades nunca habrían elevado al rango de personas laudabilis a estos indeseables.

Mas qué hay de nosotros, los que nunca podremos construir un paraíso en esta Tierra. ¿Por qué apoyamos su propuesta materialista? ¿Por qué estamos dispuestos a perder la Otra Vida a cambio de construirles su paraíso? Lo leemos cada día en los periódicos, en las publicaciones “científicas”, en las web “especializadas”; lo escuchamos en el colegio, en la universidad, en la calle… Forma parte ya de la información genética que nos configura, de nuestra estructura cognoscitiva. Nos resulta imposible poner en tela de juicio su quimérica cosmología. Hay tantas fórmulas matemáticas, físicas, químicas… que demuestran (nadie las entiende) que están en lo cierto. Tantas partículas subatómicas, tantos elementos bioquímicos… tanto encubrimiento, que ya no se puede rebatir sus argumentos.

Sin embargo, hay algo más en este juego macabro. La mayoría de los robotizados terrícolas han sido cómplices de esas elites judías, las constructoras del becerro de oro. Les han apoyado, han trabajado para ellas, han mentido y falsificado las evidencias que encontraban en sus investigaciones fuera de la academia para satisfacer y reforzar sus principios materialistas. Llevamos 500 años de humanismo, 500 años de socavar el sistema profético. Pensaban que sus migajas les llenarían más el estómago que la aburrida Verdad revelada. La impaciencia les consumía y deseaban excitar su imaginación con misterios chamánicos, con estrafalarias ofertas esotéricas, con viajes intergalácticos, con establecer colonias humanas a millones de años luz de la Tierra, de este planeta en el que habían nacido y en el que tendrían, irremisiblemente, que morir sin que el sistema materialista les explicase el por qué. También ellos querían construir su paraíso.

Poco impacto van a tener los análisis socio-políticos que hagamos –alea iacta est. Tras cincuenta mil años tropezando, la caída era inevitable. Mientras se habla de habitar planetas de otras galaxias, de conseguir prolongar la vida humana cientos de años… la gente lucha porque le dejen morir (eutanasia), se cambia de género, se casa con personas del mismo sexo, adoptan hijos, se extiende el incesto… ¿Qué civilización extraterrestre desearía relacionarse con nosotros?

Tenemos que saltar de este tren en el que se ha instalado el becerro de oro y que se dirige a un abismo de fuego a gran velocidad. Un viaje siniestro amenizado con música, baile y fornicación.

Es hora de volver a la cosmogonía profética. La que nos asegura que no somos insignificantes, sino el motivo final de la creación.

(29) Es Él Quien creó para vosotros todo cuanto hay en la Tierra. Luego se dirigió al firmamento y lo conformó en siete Cielos. Es Él Quien tiene el conocimiento de todo cuanto existe y según él actúa.

Qur-an 2 – al Baqarah

*

(20) ¿Acaso no veis que Allah os ha subordinado todo cuanto hay en los Cielos y en la Tierra y os ha colmado de bendiciones manifiestas y ocultas?

Qur-an 31 – Luqman

*

 (13) Os ha subordinado todo cuanto hay en los Cielos y en la Tierra. En eso hay signos para la gente que reflexiona.

Qur-an 45 – al Yaziyah

Comentarios

One comment on “El universo no es gigantesco, sino eficiente.”
  1. ¡Muy bueno, los ateos estarán que trinan con esto!
    ¡Allahu akbar!

    Le gusta a 1 persona

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